domingo, 27 de julio de 2025

 


EL RÉGIMEN OLIGÁRQUICO COLOMBIANO:  violencia, odio y desafíos para GOBIERNO PROGRESISTA y una política de SEGURIDAD HUMANA 

La historia política de Colombia está profundamente marcada por la consolidación y persistencia de un régimen oligárquico que ha sabido reinventarse a lo largo del tiempo para perpetuar sus privilegios. Esta estructura de poder, profundamente excluyente, se ha sostenido sobre pilares de violencia, represión, corrupción y manipulación de la sociedad mediante el odio y la polarización.

En este contexto adverso, los gobiernos progresistas enfrentan enormes obstáculos para impulsar transformaciones que busquen el bienestar general y la consolidación de un modelo de seguridad humana que privilegie la vida, la dignidad y los derechos de las y los ciudadanos.

Las características de dicho régimen, las dificultades que impone a los intentos de transformación social y democrática, y los retos que supone desarrollar una política de seguridad humana en una sociedad atravesada por la violencia estructural y cultural promovida por las élites es el objetivo de esta reflexión

1.      El régimen oligárquico colombiano: raíces y características

El régimen oligárquico colombiano no es una construcción reciente; se gestó desde el siglo XIX, consolidándose a través de la concentración de la tierra, el control de las instituciones políticas y económicas, y la apropiación de los recursos del Estado en beneficio de una élite reducida.

Su estructura básica puede caracterizarse por varios elementos interrelacionados:

1. Concentración del poder político y económico. Un reducido grupo de familias y clanes empresariales han controlado históricamente las principales palancas del poder en Colombia. Esta concentración ha derivado en un sistema clientelista donde los cargos públicos, la contratación estatal y los recursos públicos son utilizados para perpetuar lealtades políticas y económicas.

2. Violencia como instrumento de control. El régimen ha utilizado sistemáticamente la violencia —física, simbólica y estructural— para sofocar las demandas populares y mantener el statu quo. Desde la época de La Violencia (1948-1958), pasando por las masacres contra movimientos sociales, los asesinatos de líderes sindicales y defensores de derechos humanos, hasta el uso de paramilitarismo como brazo extralegal del poder, la represión ha sido una herramienta esencial.

3. Cultura del odio y polarización. Las élites han promovido una cultura del odio para dividir a la sociedad y justificar la represión. La criminalización de la protesta, la estigmatización de líderes sociales, indígenas, campesinos y de cualquier expresión de pensamiento alternativo han sido prácticas constantes. Los medios de comunicación corporativos, controlados por estos mismos sectores, han jugado un papel central en la difusión de narrativas que profundizan la polarización.

4. Corrupción estructural. La corrupción no es una desviación accidental del sistema, sino un componente funcional del régimen oligárquico. A través de redes de corrupción, se canalizan los recursos públicos hacia los bolsillos de las élites, garantizando su reproducción económica y política, mientras se deterioran los servicios públicos y se debilitan las capacidades del Estado para atender las necesidades de la ciudadanía.

5. Privatización de derechos. En este modelo, la educación, la salud, la seguridad social y hasta la justicia se han convertido en mercancías accesibles solo para quienes pueden pagarlas. Las reformas neoliberales impulsadas en las últimas décadas han profundizado esta tendencia, erosionando la idea misma de derechos universales.

En este escenario profundamente desigual y violento, un gobierno progresista que pretenda impulsar reformas en favor de la justicia social y la democracia real enfrenta desafíos colosales:

1)      Captura institucional. El aparato estatal está en buena medida capturado por las élites tradicionales. El poder legislativo, las altas cortes, los organismos de control y las fuerzas militares y de policía están fuertemente influidos, cuando no directamente subordinados, a los intereses oligárquicos. Esto se traduce en bloqueos sistemáticos a cualquier intento de reforma estructural.

2)      Guerra jurídica y mediática. Cualquier iniciativa progresista es sometida a una intensa guerra jurídica y mediática. Las reformas se judicializan, se entorpecen con demandas inconstitucionales o son bloqueadas por tecnicismos legales. Paralelamente, los medios de comunicación despliegan campañas de desinformación para desprestigiar al gobierno, sembrar temor en la población y alimentar la polarización.

3)      Amenazas y violencia contra los cambios. Los actores armados ligados a las mafias, a sectores empresariales corruptos y a estructuras paramilitares actúan como garantes de los intereses oligárquicos en los territorios. Líderes comunitarios, ambientalistas y defensores de derechos humanos son asesinados de manera sistemática, en un intento por frenar los procesos de organización y resistencia popular.

4)      Fragmentación y cooptación social. El régimen OLIGÁRQUICO ha promovido históricamente la fragmentación del tejido social, cooptando organizaciones populares mediante prebendas o dividiéndolas a través de mecanismos clientelistas. Esto dificulta la construcción de un movimiento social unificado que pueda respaldar de manera sostenida un proyecto progresista.

5)      Limitaciones fiscales y dependencia económica. El modelo económico, basado en el extractivismo y el rentismo, limita el margen de maniobra de un gobierno progresista. La presión de los grandes capitales y de los organismos financieros internacionales impone restricciones fiscales que dificultan la ampliación del gasto social y la inversión pública necesaria para transformar las condiciones de vida de la población.

 

2.      Retos para desarrollar una política de seguridad humana

En este contexto, desarrollar una política de seguridad humana resulta no solo necesario, sino profundamente subversivo frente al régimen oligárquico. La seguridad humana implica poner en el centro la protección integral de las personas, garantizando sus derechos, su bienestar y su dignidad, en contraposición a los modelos autoritarios y represivos tradicionales. Entre otros aspectos se requiere:

1)      Desmilitarización de la seguridad. Un primer reto es desmontar el enfoque militarista que ha dominado la política de seguridad en Colombia. Esto implica redefinir el rol de las Fuerzas Armadas, fortalecer los componentes civiles de la seguridad y construir cuerpos policiales democráticos, respetuosos de los derechos humanos y vinculados a las comunidades.

2)      Reconstrucción del tejido social. La seguridad humana no puede lograrse sin una profunda reconstrucción del tejido social. Es necesario promover procesos de organización comunitaria, participación ciudadana y fortalecimiento de las capacidades locales para gestionar los conflictos y promover el desarrollo humano.

3)      Justicia y reparación. La impunidad ha sido uno de los principales motores de la violencia. Una política de seguridad humana debe incluir mecanismos eficaces de justicia, reparación integral a las víctimas y garantías de no repetición. Esto supone enfrentar las resistencias de los sectores que se han beneficiado históricamente de la violencia y la impunidad.

4)      Lucha contra la corrupción. Sin enfrentar de manera frontal la corrupción, cualquier esfuerzo en favor de la seguridad humana estará condenado al fracaso. Es necesario desmontar las redes de corrupción que permean el aparato estatal y que impiden que los recursos públicos lleguen efectivamente a la población.

5)      Democratización de la información. La batalla por la seguridad humana también se libra en el terreno simbólico. Es indispensable promover una democratización de la información, que contrarreste las narrativas de odio y estigmatización promovidas por los medios corporativos y que construya discursos en favor de la convivencia, la solidaridad y el respeto a la diversidad.

6)      Enfoque territorial y diferencial. La política de seguridad humana debe responder a las realidades específicas de cada territorio y tener en cuenta las diversas formas de violencia que afectan de manera diferencial a mujeres, pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, jóvenes y otras poblaciones vulnerables.

A manera de cierre de esta reflexión se puede afirmar que el régimen oligárquico colombiano ha hecho de la violencia, el odio, la corrupción y la represión una práctica de gobierno que sacrifica sistemáticamente los derechos, el bienestar y la tranquilidad de las y los colombianos. En este contexto, los gobiernos progresistas enfrentan enormes dificultades para avanzar en reformas que promuevan la justicia social y la democracia real.

Desarrollar una política de seguridad humana en estas condiciones es un acto profundamente transformador que choca de frente con los intereses de las élites tradicionales. No obstante, es un camino indispensable si se quiere construir una sociedad más justa, pacífica e incluyente.

Este proceso requiere valentía política, movilización social y una profunda renovación de las instituciones públicas. Solo así será posible desmontar las estructuras de odio y violencia que han marcado la historia del país y abrir paso a un futuro donde la seguridad de las personas esté garantizada no por el miedo, sino por el respeto a su dignidad y sus derechos.

 




FEMINISMO PUNITIVO Y POLITICA DE GENERO AUTORITARIA

Injusticia y destrucción de vidas...

En las últimas décadas, el auge de la política de género ha significado, sin duda, un avance crucial en la visibilización de las violencias estructurales que históricamente han afectado a las mujeres y diversidades. No obstante, ese mismo discurso, cuando es instrumentalizado y pervertido por intereses particulares o agendas ideológicas radicalizadas, puede convertirse en un arma que corroe los fundamentos de la justicia, vulnera derechos fundamentales y destruye reputaciones, vidas y familias sin que medie el debido proceso.

En diversos contextos institucionales, judiciales y sociales, se ha consolidado una peligrosa modalidad de activismo que opera no como un vehículo de emancipación, sino como un mecanismo de castigo social y disciplinamiento moral. Un sector de activismo de género ha derivado en prácticas profundamente punitivas, sustentadas más en la lógica del linchamiento público que en el imperio de la prueba, el derecho a la defensa y la presunción de inocencia. Se trata de un feminismo mercantilizado y, en no pocos casos, criminal, que ha hecho de la victimización una industria rentable, tanto simbólica como económicamente.

1.      Activismo rentista y fabricación de victimarios

La cultura de la denuncia, sin matices ni procedimientos garantistas, se ha instalado en instituciones educativas, administrativas, laborales y judiciales. Se trata de un modelo de activismo que no busca tanto proteger a las víctimas reales como consolidar un capital de poder simbólico y político basado en la posibilidad de señalar, destruir y excluir.

No son pocos los casos donde denuncias infundadas, maliciosas o simplemente carentes de sustento terminan por desatar procesos disciplinarios, juicios penales, despidos injustificados, cancelaciones sociales y linchamientos mediáticos. Todo ello ocurre sin que los señalados tengan la más mínima posibilidad de defenderse antes de ser estigmatizados como culpables en la plaza pública. Esta lógica de sospecha permanente transforma la política de género en una máquina de fabricar victimarios, sin importar los daños colaterales.

Detrás de muchas de estas sindicaciones hay activistas profesionales que han convertido la militancia de género en una forma de capital político y económico. Existen redes y plataformas que viven de gestionar el dolor ajeno, que monetizan la denuncia, que acumulan poder a través de la ruina ajena y que encuentran su sentido en la repetición permanente del conflicto. A mayor número de enemigos, mayor es su visibilidad y mayor su rentabilidad discursiva. Así, se construye una nueva élite militante que no responde a la ética del cuidado ni de la justicia, sino a la necesidad de perpetuar su hegemonía en el debate público.

2.      Justicia instrumentalizada, derechos vulnerados

La institucionalidad ha cedido peligrosamente a estas lógicas, generando un sistema de justicia paralelo donde no se juzga con pruebas sino con narrativas. Comités de ética, consejos universitarios, oficinas de género, medios de comunicación, todos han sido colonizados por esta lógica que reemplaza la deliberación por la cancelación, la búsqueda de verdad por el imperativo de creer ciegamente, y el respeto al proceso legal por el juicio sumario.

Esto ha tenido consecuencias nefastas para personas que han sido víctimas de falsas acusaciones o de denuncias manipuladas. Profesores que pierden su trabajo, funcionarios que son despedidos sin derecho a defensa, familias estigmatizadas, hijos e hijas marcados por el escarnio social, trayectorias laborales truncadas, e incluso suicidios provocados por la desesperación de no poder limpiar el nombre ante un señalamiento que se asume como verdad absoluta.

Esta situación no sólo afecta a los acusados. Desgasta profundamente la credibilidad de las verdaderas luchas feministas, debilita el sistema judicial y pone en entredicho el debido proceso. Lo que comienza como un acto de justicia puede terminar en una cacería de brujas que mina la legitimidad de toda política de género.

3.      Feminismo crítico y justicia restaurativa

No se trata de negar la violencia que sufren millones de mujeres. Esa violencia es real, estructural y debe ser combatida con decisión y justicia. Lo que se cuestiona aquí es la deriva autoritaria de un sector que ha sustituido la emancipación por el castigo, y que ha hecho del antagonismo una práctica habitual, promoviendo la división y el odio en lugar del diálogo y la reparación.

Es urgente volver a un feminismo crítico, ético, comprometido con la justicia, que no tema al debate ni al disenso, y que no instrumentalice el dolor de las víctimas como herramienta de poder. Un feminismo que respete los principios constitucionales y que reconozca que los derechos humanos no son selectivos: también aplican para los hombres, para los acusados y para quienes aún no han sido vencidos en juicio.

Las políticas de género deben basarse en la verdad, la proporcionalidad, el respeto al debido proceso y la presunción de inocencia. Todo lo contrario, conduce a un modelo autoritario donde el miedo se impone como norma y donde las instituciones ya no funcionan como espacios de justicia sino como escenarios de escarmiento.

4.      El daño irreparable

El daño que este modelo de activismo punitivo genera no es solo individual. Erosionan la confianza social, destruyen el diálogo político, convierten las instituciones en instrumentos de venganza, y abren la puerta a un populismo judicial que, lejos de reparar, solo multiplica el dolor y la fragmentación. Además, refuerzan una cultura del miedo que impide el ejercicio libre del pensamiento y del afecto, criminalizando incluso las relaciones humanas más básicas.

Cuando las políticas de justicia de género se convierten en prácticas disciplinarias absolutistas, cuando la sospecha se convierte en condena, y cuando el activismo se transforma en inquisición, estamos ante una peligrosa inversión de los principios democráticos. No es feminismo lo que allí se practica. Es autoritarismo con disfraz emancipador.

5.      Un llamado al equilibrio

La justicia no puede ser ideológica. La causa de los derechos de las mujeres y la equidad de género exige una transformación social real, pero no puede fundarse sobre la destrucción de inocentes, ni sobre la mercantilización del dolor. Es momento de exigir responsabilidad, no solo a los acusados, sino también a quienes acusan. Es momento de exigir garantías procesales, responsabilidad mediática y ética en el activismo.

Reivindicar la política de género no debe significar callar ante sus excesos. Solo el pensamiento crítico puede corregir sus desviaciones y preservar su sentido original. Porque cuando se destruyen vidas en nombre de la justicia, lo que se consuma no es justicia, sino una nueva forma de opresión y esa es la que lidera ese feminismo instrumental y mercantil carente de toda ética y respeto por los derechos de las personas.

Frente a esto que está haciendo una institucionalidad capturada por el temor y la subordinación política e ideología a esa política criminal: NADA.

 



LA POLÍTICA DE GÉNERO HACE A LA JUSTICIA TUERTA.

Misandria y negación de la igualdad ante la ley. 

En las últimas décadas, la política de género se ha consolidado como un eje central de las agendas institucionales, académicas y jurídicas. El reconocimiento de las desigualdades históricas que han afectado a las mujeres, así como la necesidad de garantizar sus derechos, dio lugar a un conjunto de transformaciones normativas y culturales que buscaban equilibrar la balanza en sociedades marcadas por siglos de discriminación patriarcal. Sin embargo, en el afán de corregir viejas injusticias, algunos sectores feministas han incurrido en nuevos excesos que amenazan los principios fundamentales del Estado de Derecho, entre ellos la igualdad ante la ley y las garantías del debido proceso.

 Este ensayo propone una reflexión crítica sobre cómo la política de género, en determinadas expresiones institucionalizadas, ha sido utilizada para erigir una justicia parcial, tuerta y profundamente misándrica. Una justicia que no busca equilibrio, sino revancha. Que no persigue la verdad, sino la condena anticipada del varón, al que se presume culpable por su mera condición sexual. Esta deriva autoritaria no representa a todas las corrientes del feminismo, pero sí a una fracción que, con discursos radicales y prácticas institucionales abusivas, ha capturado espacios del sistema judicial, universitario y mediático, construyendo un nuevo tipo de persecución ideológica bajo la fachada de la protección de los derechos de las mujeres.

1.     EL PRINCIPIO DE IGUALDAD ANTE LA LEY: Piedra angular de la justicia

 El artículo 13 de la Constitución Política de Colombia establece claramente que "todas las personas nacen libres e iguales ante la ley". Este principio es, en cualquier Estado de Derecho, un baluarte que protege a los ciudadanos contra el abuso del poder, el prejuicio y la discriminación. En el plano procesal, esa igualdad se traduce en derechos fundamentales como la presunción de inocencia, el derecho a la defensa, al debido proceso, y a una investigación objetiva.

 Sin embargo, al calor del auge de ciertas formas de política de género —en particular aquellas asociadas con un feminismo punitivo, esencialista y excluyente— estos principios han sido erosionados. En lugar de buscar una justicia equitativa, se ha construido un sistema de respuesta institucional que invierte la carga de la prueba, presume culpabilidades, niega el derecho a la defensa efectiva y deshumaniza al señalado por el solo hecho de ser hombre.

2.    FEMINISMO PUNITIVO Y JUSTICIA MISÁNDRICA

La utilización ideológica de la política de género ha dado lugar a un feminismo punitivo que no se contenta con la justicia, sino que exige venganza. Este feminismo no se basa en la búsqueda de igualdad, sino en la perpetuación de una narrativa de antagonismo irreconciliable entre mujeres y hombres. Su estrategia consiste en apropiarse de las instituciones para convertirlas en instrumentos de castigo selectivo y parcial.

 Uno de los elementos más peligrosos de esta deriva es la revictimización instrumentalizada. Se alega que cualquier intento por garantizar el derecho a la defensa del sindicado —usualmente un hombre— constituye una forma de violencia institucional contra la víctima. Esta narrativa impide el desarrollo de investigaciones imparciales, y condena a quien ha sido acusado antes de que siquiera se haya producido una audiencia formal. En esta lógica, no importa la verdad, ni las pruebas, ni la legalidad del proceso. Importa la emoción, la denuncia pública, el linchamiento mediático y el rédito político o económico que de ello se derive.

3.    LA INDUSTRIA DE LA VICTIMIZACIÓN

En algunas esferas, la narrativa de género se ha transformado en una industria simbólica y material de victimización. Instituciones académicas, organizaciones no gubernamentales e incluso oficinas estatales reproducen sin crítica ni matices la noción de que toda mujer que denuncia ha de ser creída sin cuestionamiento, sin necesidad de pruebas, sin margen para el análisis crítico de los hechos. Así, se cancela la posibilidad de una investigación justa, y se lesiona profundamente la legitimidad de los procedimientos.

 Esta industria vive de la consolidación de la "víctima perfecta" y del "victimario irredimible", desconociendo que la condición humana es compleja, contradictoria, y no se acomoda a esquemas tan rígidos. Se criminaliza la duda, se patologiza la defensa, se descalifica al abogado defensor y se estigmatiza a quienes exigen respeto por las garantías legales.

 Más grave aún, se ha convertido en una práctica recurrente el uso estratégico de las denuncias como herramientas de poder. En contextos académicos y laborales, son cada vez más frecuentes los casos en los que se activan mecanismos disciplinarios sin pruebas, en procesos carentes de contradicción y sometidos a presiones externas provenientes de colectivos feministas que actúan como inquisiciones modernas. Se ha instaurado una especie de justicia sumaria que niega el principio de presunción de inocencia y promueve la culpabilidad mediática como forma de castigo social.

4.    LA JUSTICIA DISCIPLINARIA: un campo minado

Un ámbito particularmente sensible a estas prácticas es el disciplinario, en el que los funcionarios públicos, docentes y trabajadores del Estado pueden ser objeto de investigaciones que no se rigen por el Código Penal, sino por códigos internos o normas especiales. Allí, la política de género ha sido instrumentalizada como un criterio de excepcionalidad procesal, donde las garantías procesales pueden ser suspendidas bajo el argumento de proteger a la víctima.

 La Ley 1952 de 2019 —Código General Disciplinario— establece claramente los principios del debido proceso, pero en la práctica muchas veedurías, comités de ética y oficinas de asuntos de género se apartan de estos lineamientos, guiadas por criterios ideológicos antes que por normas jurídicas. La subjetividad se impone sobre la objetividad; la narrativa se impone sobre la prueba; el dogma se impone sobre el derecho.

Los instructores disciplinarios, en vez de actuar como garantes de justicia, asumen posturas de parte, dictan providencias anticipadas y desestiman el testimonio del sindicado. La idea de una investigación integral y equilibrada se pierde ante la presión de grupos que consideran cualquier duda como una forma de agresión adicional contra la víctima.

5.     EL COSTO DE UNA JUSTICIA TUERTA

Las consecuencias de esta situación son alarmantes. Se destruyen reputaciones sin pruebas, se afectan proyectos de vida, se vulneran derechos fundamentales, se instaura una cultura del miedo y el silencio, especialmente entre los hombres. Nadie quiere contradecir una denuncia, ni pedir garantías, por temor a ser tachado de machista, encubridor o cómplice.

Se ha generado un ambiente inquisitorial donde la justicia ya no es ciega, sino tuerta: sólo ve a la supuesta víctima, y niega ver al señalado. Esta parcialidad no sólo viola derechos humanos básicos, sino que también deslegitima las verdaderas luchas por la equidad de género. Una justicia que excluye, que niega la defensa, que opera como un instrumento ideológico, es una justicia que no sirve a la democracia, sino al autoritarismo.

6.      HACIA UNA POLÍTICA DE GÉNERO DEMOCRÁTICA Y GARANTISTA

Es urgente recuperar una política de género que no sea utilizada como arma, sino como herramienta de equidad y justicia. Una política que reconozca las asimetrías históricas sin por ello negar la humanidad y los derechos del otro. Que entienda que la lucha por la igualdad no puede convertirse en una nueva forma de discriminación. Que reconozca que toda persona, sin importar su sexo o género, merece un juicio justo, imparcial y respetuoso de las garantías legales.

El feminismo no puede convertirse en una ideología de persecución. Su legitimidad se juega en su capacidad para construir igualdad sin exclusión, para defender derechos sin vulnerar otros, para promover la dignidad sin erigirse en tribunal moral. Una política de género democrática debe defender tanto a la mujer que denuncia como al hombre que es señalado, sin prejuzgar a ninguno, sin sacrificar la verdad en el altar de los relatos.

7.       ACABAR CON LA JUSTICIA TUERTA Y SORDA

 La justicia no puede tener un solo ojo, ni un solo oído. Debe mirar y escuchar a ambas partes. El avance de ciertos feminismos autoritarios, que utilizan la política de género como un dispositivo punitivo y excluyente, representa una grave amenaza a los principios jurídicos que sostienen una sociedad democrática. La revictimización no puede servir de excusa para abolir el derecho a la defensa; la denuncia no puede sustituir a la prueba; la ideología no puede reemplazar al derecho.

 Una sociedad justa se construye con equidad, no con venganza. Con verdad, no con dogma. Con justicia plena, no con parcialidad ideológica. Si queremos realmente avanzar hacia una igualdad sustantiva, necesitamos una política de género que no excluya, que no castigue sin pruebas, que no niegue derechos en nombre de otros. Sólo así, hombres y mujeres, podremos vivir en una sociedad donde la justicia sea verdaderamente justa.

 




FEMINISMO INTERSECCIONAL

Crítica al feminismo hegemónico y apuesta por la justicia social integral

 

El feminismo interseccional ha emergido en las últimas décadas como una de las corrientes más potentes, renovadoras y radicales dentro del pensamiento feminista contemporáneo. En contraste con el feminismo hegemónico —blanco, liberal, burgués, eurocéntrico y muchas veces excluyente—, el feminismo interseccional pone en el centro las múltiples formas de opresión que experimentan las mujeres y disidencias en función no sólo de su género, sino también de su raza, clase, orientación sexual, etnia, discapacidad, territorio o condición migrante. Este enfoque plantea una crítica contundente al feminismo tradicional por su incapacidad de representar la complejidad del sujeto político femenino en contextos diversos, especialmente en el sur global.

1.      El feminismo hegemónico: una genealogía del privilegio 

El feminismo hegemónico, dominante en los relatos académicos y mediáticos, se desarrolló principalmente en Europa y Estados Unidos. Nacido de las luchas sufragistas y luego expandido con el feminismo de la segunda ola en las décadas de 1960 y 1970, este feminismo estuvo protagonizado por mujeres blancas, de clase media-alta, educadas y generalmente urbanas. Su horizonte de lucha, aunque fundamental para conquistas como el derecho al voto, al trabajo y a la educación, se limitó en muchos casos a demandas centradas en la experiencia femenina blanca, invisibilizando los sistemas de dominación cruzada que afectaban a otras mujeres, particularmente negras, indígenas, pobres, trans, lesbianas o migrantes. 

El feminismo blanco asumió la categoría “mujer” como un sujeto universal sin cuestionar las diferencias estructurales que moldeaban su experiencia. En nombre de esa supuesta universalidad, terminó reproduciendo mecanismos de exclusión y de supremacía cultural: impuso agendas, jerarquizó luchas, subordinó otras voces y, en muchos casos, colaboró con proyectos coloniales y capitalistas que oprimían a otras mujeres en nombre de su liberación.

Así, el feminismo hegemónico terminó aliado con los valores del liberalismo moderno: autonomía individual, acceso meritocrático positivo, igualdad formal ante la ley, inclusión en los mercados laborales. De esta forma, perdió su vocación transformadora al reducir la lucha feminista a una integración dentro del sistema capitalista sin cuestionar sus bases patriarcales, racistas y coloniales.

2.       La emergencia del feminismo interseccional

 La interseccionalidad surge como una crítica teórica y política a estas limitaciones. Fue acuñada por la jurista afroamericana Kimberlé Crenshaw en 1989, quien, analizando casos de discriminación judicial en Estados Unidos, mostró cómo las mujeres negras eran doblemente discriminadas: por ser mujeres y por ser negras. Ni las leyes antirracistas ni las leyes feministas respondían a esta intersección de opresiones.

 El feminismo interseccional no es simplemente una ampliación del sujeto feminista. Es una ruptura epistemológica. Pone en evidencia que las opresiones no son aditivas (raza + género + clase), sino que se articulan en un sistema complejo donde la experiencia de una mujer negra y pobre, por ejemplo, no es reductible a la suma de discriminaciones, sino que constituye una forma específica de exclusión.

 Esta perspectiva se nutre del pensamiento decolonial, los feminismos negros (Angela Davis, bell hooks), los feminismos indígenas, comunitarios, campesinos, populares y trans. Todas estas vertientes señalan que la liberación no puede darse al margen de las luchas por la justicia social, la autodeterminación de los pueblos, la soberanía alimentaria, el antirracismo, el antipatriarcado y la crítica al capitalismo neoliberal.

3.   Choque entre feminismo interseccional y feminismo hegemónico

Este encuentro entre el feminismo interseccional y el feminismo hegemónico ha sido más bien un choque de paradigmas. Mientras el feminismo blanco liberal aspira a romper el “techo de cristal” para que más mujeres lleguen al poder en las mismas estructuras patriarcales, el feminismo interseccional se interesa por desmontar las jerarquías que impiden que millones de mujeres siquiera accedan al “piso de derechos básicos”.

La crítica interseccional denuncia que el feminismo blanco ha colonizado la agenda política feminista, apropiándose de los discursos de derechos humanos, cooperación internacional o igualdad de género, y reproduciendo una lógica verticalista y filantrópica que “ayuda” a otras mujeres sin reconocerlas como sujetas políticas autónomas.

En muchos casos, las ONGs feministas del norte global han promovido políticas de género que no dialogan con las realidades culturales y materiales de las comunidades del sur. Así, la lucha contra la violencia de género, por ejemplo, se convierte en una excusa para intervenir políticamente territorios y culturas, sin combatir las estructuras económicas globales que mantienen la desigualdad.

4.      Virtudes del feminismo interseccional

Frente a estas limitaciones, el feminismo interseccional ofrece varias virtudes fundamentales:

  • 1.      Visibiliza la multiplicidad de opresiones: rompe con la mirada monolítica de “la mujer” y permite reconocer la diversidad de condiciones, contextos y luchas.
  • 2.      Articula las luchas sociales: no separa el feminismo de las luchas anticapitalistas, antirracistas, anticoloniales y ecologistas, sino que las integra en una visión común de transformación estructural.
  • 3.      Descentraliza el sujeto político: reconoce a las mujeres campesinas, indígenas, trans, afrodescendientes, trabajadoras informales, migrantes, etc., como protagonistas de su propia emancipación.
  • 4.      Denuncia el capitalismo neoliberal y sus alianzas con el patriarcado: revela cómo el modelo económico neoliberal —con su lógica de acumulación, precarización, privatización y extractivismo— se sustenta sobre cuerpos feminizados, racializados y empobrecidos. Las mujeres pobres del sur global, muchas veces, son las que cargan con el peso de la economía del cuidado, la violencia extractiva y la exclusión estructural.
  • 5.      Propone una ética de la solidaridad: no busca homogeneizar las luchas, sino crear alianzas desde la diferencia, con respeto mutuo, reconociendo privilegios y descentrando los protagonismos tradicionales.

 

5.      Interseccionalidad contra el patriarcalismo neoliberal y la derecha radical

 La interseccionalidad también representa una forma de resistencia contra los fundamentalismos políticos de derecha que se han fortalecido en el mundo en la última década. Personajes como Donald Trump o Javier Milei encarnan una ofensiva reaccionaria que combina neoliberalismo radical, machismo explícito, desprecio por los derechos de las mujeres y negacionismo de las luchas sociales.

 Estos discursos reviven un modelo de masculinidad autoritaria, viril, violenta y antisocial que se burla del feminismo, promueve la regresión de derechos y legitima formas de exclusión y odio. En ese contexto, el feminismo interseccional no sólo es un proyecto emancipador, sino una trinchera de resistencia ética, cultural y política frente al ascenso del neoconservadurismo global.

 El discurso antifeminista, homofóbico y racista de estos líderes no es anecdótico: es un proyecto de restauración del poder patriarcal y de blanqueamiento de la sociedad, donde las mujeres deben volver al hogar, los migrantes ser expulsados y las disidencias sexuales reducidas al silencio. Frente a eso, el feminismo interseccional ofrece una alternativa civilizatoria fundada en la dignidad humana, la justicia estructural y la igualdad radical.

6.    Hacia un feminismo de todos y para todas

 El feminismo interseccional no es un simple complemento del feminismo tradicional. Es una reconfiguración del campo de lucha. Nos obliga a pensar la opresión no como un fenómeno aislado, sino como una red de estructuras de poder que se entrelazan y se reproducen mutuamente. Y nos exige una ética política que no se conforme con el avance de algunas, sino con la justicia para todas.

 En una época donde el feminismo corre el riesgo de convertirse en una marca, un eslogan institucional o una herramienta del capitalismo inclusivo, el feminismo interseccional nos recuerda que la verdadera liberación será antirracista, anticapitalista, antipatriarcal y anticolonial, o no será. No basta con hablar de igualdad si no se lucha contra las bases estructurales de la desigualdad. No basta con incluir mujeres en el poder si no se transforma el poder mismo.

 En definitiva, el feminismo interseccional se erige como una apuesta por un mundo distinto: uno donde la vida esté en el centro, donde la justicia no se mida en cuotas sino en derechos, y donde la dignidad no dependa del color de piel, el lugar de nacimiento o la identidad de género. Es un feminismo que no divide, sino que suma; que no domestica la rabia, sino que la convierte en horizonte de esperanza.

 




PATRIARCALISMO, MACHISMO Y MASCULINIDADES EN RESISTENCIA

Entre la dominación y la búsqueda de una nueva humanidad

 

El patriarcalismo no es una sombra del pasado ni una estructura agónica que se disuelve con el progreso: es una fuerza activa, una arquitectura de dominación profundamente anclada en las raíces de nuestras instituciones, nuestras economías y nuestras representaciones culturales. Su expresión más brutal y cotidiana es el machismo, esa ideología encarnada en prácticas, gestos, discursos y normas que someten, silencian, estigmatizan y cosifican, no solo a las mujeres, sino a todo aquello que se aleje del patrón hegemónico de dominación.

Desde el hogar hasta los altos mandos del poder político, el patriarcado configura relaciones jerárquicas y de propiedad sobre los cuerpos, sobre las decisiones, sobre los afectos. Se expresa en la desigualdad salarial, en el reparto inequitativo del trabajo doméstico y de cuidado, en la sobre representación de los hombres en el poder político y empresarial, y en la violencia física y simbólica ejercida contra mujeres, personas trans, homosexuales y también contra aquellos hombres que no se ajustan a los moldes viriles establecidos.

        I.        Patriarcalismo y machismo como dispositivos de control estructural 

El patriarcalismo no es solo una herencia ideológica: es un sistema funcional al orden económico capitalista. La economía, estructurada sobre la explotación del trabajo y la acumulación de riqueza, ha hecho del cuerpo femenino un recurso múltiple: fuerza de trabajo precarizada, sujeto del cuidado no remunerado, y objeto de consumo sexual y estético. En este sistema, el machismo opera como ideología reproductora de dicha estructura: valida la desigualdad, legitima la supremacía del varón y consolida la naturalización de los roles de género. Pero el machismo no solo oprime a las mujeres, también somete, explota y oprime a los hombres porque encarna el modelo de dominación capitalista y sus correspondientes formas de explotación y opresión de las formas de alienación del trabajo.

 

En la política, el patriarcado se manifiesta en la exclusión sistemática de las mujeres de los espacios de poder, en la subrepresentación legislativa, en la resistencia institucional a políticas de equidad, y en la criminalización de los cuerpos y las decisiones femeninas –como ocurre con los debates sobre aborto y salud sexual y reproductiva.

En el plano social y cultural, los imaginarios machistas persisten a través de los medios, la publicidad, la religión y la educación. La cultura popular reproduce la figura del “macho exitoso” como aquel que posee mujeres, dinero y poder, mientras ridiculiza o margina otras formas de ser hombre, otras expresiones de género y sexualidad, y otros proyectos de vida no centrados en la dominación.

     II.            Feminismos emancipadores y sus tensiones internas

Las luchas de las mujeres han sido y siguen siendo fundamentales en la conquista de derechos y en la crítica estructural a las opresiones de género. Gracias al feminismo, se han derrumbado mitos, conquistado espacios, modificado leyes y transformado subjetividades. El feminismo, en su esencia más profunda, no es un proyecto de revancha ni de inversión de jerarquías, sino una lucha por la emancipación y la dignidad humana. Es una propuesta de justicia radical que trasciende el género para cuestionar toda forma de desigualdad y dominación. Solo el feminismo recalcitrante, fundamentalista y autoritario que se ve reflejado en el espejo del machismo piensa que la lucha es contra los hombres y que es una guerra de odios.

Sin embargo, como todo movimiento histórico, el feminismo ha experimentado fracturas, desviaciones y apropiaciones. En los últimos años, ciertas corrientes han desarrollado una actitud punitivista, esencialista y excluyente que reemplaza el análisis estructural por la condena individual, y que ha derivado en prácticas inquisitoriales hacia los hombres, la heterosexualidad e incluso hacia las propias mujeres que no se adhieren a sus códigos ideológicos. Estas expresiones, alimentadas por redes sociales, discursos de corrección política extrema y ciertas formas de victimismo performativo, distorsionan los objetivos del feminismo emancipador y lo convierten en una herramienta de censura, exclusión y división social.

No puede haber justicia sin escucha, sin diálogo, sin matices. No puede haber transformación si sustituimos una forma de opresión por otra. La cancelación, la sospecha sistemática sobre los hombres por su género, y la deslegitimación de la heterosexualidad como opción válida de vida, no son avances: son retrocesos. 

   III.            Las masculinidades en resistencia: un proyecto ético y político

Frente a la hegemonía del machismo y a las caricaturas de lo masculino que lo refuerzan o lo demonizan, emergen formas de ser hombre que cuestionan el mandato de la fuerza, del silencio emocional, de la competencia voraz y de la negación del cuidado. Estas formas son las masculinidades en resistencia: hombres que, desde el dolor, la conciencia y el deseo de justicia, se rebelan contra el patriarcalismo y el feminismo radical, autoritario y fundamentalistas que también los mutila, que los obliga a reprimir sus emociones, a vivir en permanente tensión, a desconectarse de lo afectivo y a cargar con el peso de una virilidad tóxica

Estas masculinidades no buscan “renunciar a ser hombres”, sino redefinir profundamente lo que eso significa. Son hombres que crían, que cuidan, que lloran, que escuchan, que denuncian el machismo y el feminismo fundamentalista y autoritario, que construyen relaciones de respeto y equidad con las mujeres y con otras masculinidades. No temen a la ternura, al deseo, ni a la vulnerabilidad, ni al diálogo. No necesitan imponerse, ni competir por el poder simbólico que otorga la violencia.

Esta resistencia masculina es política porque disputa los sentidos que el sistema ha naturalizado; es ética porque exige responsabilidad sobre el privilegio; y es pedagógica porque enseña con el ejemplo que otra forma de ser hombre es posible y deseable.

   IV.            El reto de una nueva convivencia: diálogo, respeto y justicia

La construcción de una sociedad más justa, incluyente y equitativa pasa por desmontar toda forma de violencia y exclusión, venga de donde venga. La dominación masculina es inaceptable, pero también lo es cualquier forma de odio, desprecio o exclusión por razones de sexo, género u orientación sexual. El respeto debe ser recíproco, profundo, no condicionado por ideologías ni coyunturas.

No se trata de crear una guerra de géneros, ni de levantar muros entre opciones sexuales o identidades políticas. Se trata de levantar puentes: puentes para el diálogo, la empatía, la reparación y la transformación conjunta. La violencia de género no se combate con más violencia simbólica; se desarma con cultura, con escucha, con política del cuidado, con igualdad de condiciones y reconocimiento mutuo.

El feminismo que necesitamos es aquel que incluye, que emancipa, que transforma. La masculinidad que urge es aquella que renuncia al poder como dominación y lo convierte en servicio. La sociedad por la que vale la pena luchar es aquella que no excluye a nadie por ser quien es, que no castiga la diferencia, que no teme a la diversidad.

     V.            Hacia una ética de la dignidad humana

El patriarcalismo y el machismo, así como el feminismo fundamentalista y autoritario deben ser desmontados no solo por el daño que hacen a las mujeres, sino por el daño que hacen a la humanidad entera. No hay libertad posible en un mundo donde un género es subordinado al otro, ni hay justicia en un mundo donde el castigo reemplaza al diálogo. 

Las masculinidades en resistencia, así como los feminismos comprometidos con la equidad, son faros en medio del naufragio moral que vivimos. Nos invitan a repensar lo humano más allá del binarismo de poder, y a construir juntos –mujeres, hombres y disidencias sexuales– un horizonte común de respeto, dignidad y convivencia pacífica.

Reivindicar el derecho al deseo y a ser hombre heterosexual implica reconocer que la diversidad sexual y de género debe sostenerse sobre la base del respeto mutuo y no sobre la exclusión de identidades que, aunque mayoritarias en términos estadísticos, también han sido objeto de estigmatización en ciertos discursos contemporáneos. Ser hombre heterosexual no debe ser una categoría sometida a sospecha permanente ni a culpabilización generalizada. El deseo heterosexual, en tanto forma legítima de expresión afectiva y erótica, no debe ser condenado ni vigilado, sino entendido como parte del amplio espectro de la condición humana. El respeto a la diversidad empieza por reconocer que nadie debe ser obligado a renunciar a su identidad para ser aceptado, incluido aquel que se asume desde una masculinidad tradicional, no violenta y respetuosa.

Este derecho al deseo y a la identidad heterosexual también conlleva la posibilidad de construir masculinidades libres del mandato de dominación, abiertas a la ternura, a la equidad y a la solidaridad con otras luchas. Ser hombre no puede ser un estigma ni una categoría a deconstruir por defecto; debe ser, en cambio, una posibilidad digna de asumirse con responsabilidad y con libertad. Así como es inadmisible reprimir u hostigar a una persona por su orientación diversa, lo es también imponer un silencio o una vergüenza sobre quienes viven su deseo desde la heterosexualidad. La lucha por una sociedad justa y plural exige el reconocimiento mutuo, no la sustitución de viejos dogmas por nuevas ortodoxias excluyentes.

La lucha por la igualdad de género no será verdadera mientras uno de los géneros tenga que pedir permiso para existir o se imponga de manera fundamentalista y autoritaria en una guerra de odios. Y esa igualdad solo será real si es inclusiva, si escucha, si se rehúsa a usar el odio como método y la victimización como bandera. Que vivan las mujeres libres. Que vivan los hombres justos. Que vivan todas las personas diversas que luchan por un mundo sin exclusiones ni violencias.

Solo desde allí podremos construir un nuevo pacto social: un pacto fundado no en la revancha, sino en el reconocimiento mutuo. Un pacto donde nadie tenga que avergonzarse de su sexo, su género o su deseo. Un pacto para vivir con dignidad.

 

 


LA PRENSA DEL CAPITAL

Agentes corporativos del odio y la polarización

En una sociedad donde la información se convierte en un arma y la narrativa en un campo de batalla, los medios corporativos han dejado de ser simples observadores del acontecer social para convertirse en actores protagónicos de una cruzada ideológica. Su papel, lejos de la neutralidad que pregonan, se ha transformado en el de agentes de oposición disfrazados de periodistas, que manipulan los hechos, distorsionan los procesos históricos y alimentan, con deliberada perversidad, una polarización que amenaza con incendiar el tejido social. En este contexto, urge una lectura crítica de estos medios, no como actores pasivos de la democracia, sino como herramientas de poder al servicio del gran capital

1. Medios corporativos: de informadores a operadores políticos

La concentración mediática en manos de conglomerados empresariales ha convertido a la información en un bien mercantil, y a los medios, en plataformas de poder político. En Colombia, América Latina y gran parte del mundo, los principales periódicos, canales de televisión y plataformas radiales pertenecen a poderosos grupos económicos con intereses cruzados en sectores como la banca, la construcción, el extractivismo o el comercio internacional. Esta estructura implica que la información que circula en la opinión pública no responde a una ética periodística basada en la verdad, la investigación rigurosa o el pluralismo, sino a la defensa de un modelo económico y social que preserva privilegios y excluye alternativas.

Los medios ya no "relatan" la realidad: la moldean, la jerarquizan, la censuran o la inflaman según las necesidades de quienes los financian. Los periodistas, muchas veces conscientes de ello, se convierten en voceros de una narrativa interesada, donde los líderes sociales son "agitadores", las organizaciones populares son "radicales", los gobiernos alternativos son "ineptos" o "autoritarios", y las propuestas transformadoras son "peligrosas", "populistas" o "inviables".

2. La fabricación de la polarización: mentiras, calumnias y guerras de sentido

La polarización, lejos de ser una consecuencia inevitable de las diferencias políticas, es una estrategia deliberada de los medios corporativos. A través de titulares sensacionalistas, columnas de opinión incendiarias y noticieros plagados de omisiones y encuadres manipuladores, se fabrica una atmósfera de confrontación permanente. En lugar de promover el debate racional, se cultiva el odio. En lugar de informar con matices, se ofrece una realidad en blanco y negro: buenos contra malos, civilización contra barbarie, desarrollo contra atraso, "ciudadanía decente" contra "vandálicos". 

La mentira y la calumnia, disfrazadas de análisis o "información exclusiva", son herramientas cotidianas. Se manipulan cifras, se descontextualizan declaraciones, se entrevistan únicamente voces afines, se ignoran hechos incómodos y se exageran otros. Se entroniza a personajes mediáticos sin rigor investigativo, pero con una retórica venenosa, cuya función no es construir ciudadanía sino alimentar el resentimiento. 

Los medios no informan: adoctrinan. Y lo hacen desde una perspectiva clasista, racista, patriarcal y colonial. En sus páginas y pantallas, las voces de las comunidades indígenas, negras, campesinas, populares o disidentes son invisibilizadas o criminalizadas. La protesta social es sistemáticamente estigmatizada. El conflicto armado se reduce a narrativas que legitiman el uso de la fuerza estatal y silencian las causas estructurales. El pasado se tergiversa para justificar el presente de desigualdad.

3. Periodismo mercenario: cuando la ética se vende al mejor postor

 El llamado "cuarto poder" ha dejado de ser un contrapeso democrático para convertirse en un brazo ideológico del gran capital. Los escándalos de corrupción mediática, la publicación de "noticias pagadas", las campañas de desprestigio contra líderes sociales, y el ocultamiento de hechos clave para la ciudadanía, son prácticas recurrentes. En muchos casos, la línea editorial de un medio no está dictada por la búsqueda de la verdad, sino por las órdenes de una junta directiva que responde a bancos, multinacionales o intereses políticos afines a las élites tradicionales. 

Esto explica por qué los medios masivos se movilizan con furia frente a cualquier intento de redistribución económica, justicia social o memoria histórica. No es que "defiendan la democracia", como ellos afirman: lo que realmente hacen es defender un orden socioeconómico que garantiza la acumulación de riqueza en pocas manos y margina a las mayorías. Por eso, cuando un gobierno plantea reformas sociales, los medios no actúan como fiscalizadores responsables, sino como francotiradores ideológicos.

4. La narrativa histórica como botín: falsificación y borramiento

Los medios corporativos también ejercen violencia sobre la historia. Reescriben el pasado a conveniencia, borran las luchas populares, glorifican dictaduras, suavizan crímenes de Estado y presentan a las élites como salvadoras de la patria. En sus relatos, los verdaderos protagonistas del cambio —movimientos sociales, comunidades insurgentes, resistencias indígenas o feministas— son deslegitimados, y en su lugar se ensalzan figuras del establecimiento, convertidas en héroes por decreto.

Este revisionismo histórico no es inocente: busca perpetuar un imaginario colectivo que justifique el presente desigual y niegue las posibilidades de transformación. Al negar el pasado violento de los poderes dominantes, se niega también el derecho de las víctimas a la memoria, la justicia y la reparación.

5. Violencia mediática: el negocio de la sangre

Uno de los aspectos más cínicos del accionar mediático es su relación con la violencia. En sociedades atravesadas por el conflicto, como la colombiana, los medios viven de la sangre. Explotan la tragedia, cosifican a las víctimas, reducen los hechos dolorosos a estadísticas o escándalos momentáneos, y luego los archivan. No hay una pedagogía de la paz en sus emisiones, sino una dramaturgia del miedo.

Pero no solo viven de narrar la violencia: también la fomentan. Alimentan prejuicios, reproducen estigmas, exacerban emociones, promueven discursos de odio. En este sentido, los medios no solo reflejan la violencia estructural: la amplifican y la validan. En lugar de contribuir a la reconciliación, siembran desconfianza. En lugar de tender puentes, levantan muros.

6. Alternativas posibles: medios populares, comunitarios y críticos

Frente a esta hegemonía mediática que se disfraza de libertad de prensa, emergen voces alternativas que construyen una comunicación ética, comprometida y transformadora. Los medios comunitarios, alternativos, digitales e independientes —muchos de ellos con escasos recursos, pero con profundo compromiso— se han convertido en trincheras de resistencia. Informan desde los territorios, visibilizan luchas, cuestionan las narrativas oficiales y abren espacio a las voces históricamente silenciadas.

Estas experiencias nos demuestran que otra comunicación es posible: una que no responda al mercado, sino al pueblo. Una que no propague el odio, sino la dignidad. Una que no distorsione la realidad, sino la explique. Una que no tematice el dolor desde la espectacularización, sino desde la empatía.

 7. Un llamado a la conciencia crítica

Denunciar a los medios corporativos no es una postura radical o paranoica: es un acto de lucidez política. No se trata de negar la importancia del periodismo, sino de exigir que cumpla su función social con honestidad y responsabilidad. La ciudadanía no puede seguir consumiendo pasivamente información como si fuera entretenimiento. Necesitamos lectores, oyentes y espectadores críticos, capaces de identificar la manipulación, cuestionar los encuadres, buscar otras fuentes, y no dejarse arrastrar por la corriente del odio inducido.

 La democracia no se defiende con golpes de opinión fabricados en redacciones corporativas, sino con participación real, con pensamiento autónomo y con la construcción de un sentido común que no se alimente del miedo ni del rencor. 

Romper el cerco mediático

Los medios corporativos son parte del engranaje de dominación. No están ahí para proteger la libertad, sino para garantizar que las estructuras de poder no sean desafiadas. Sus periodistas estrella no son guardianes de la verdad, sino soldados del establishment. Sus líneas editoriales no son ejercicios de reflexión, sino estrategias de intervención ideológica.

En sociedades profundamente desiguales y heridas como la colombiana, los medios no pueden seguir siendo intocables. Su responsabilidad en la reproducción de la violencia simbólica, política y social debe ser puesta en evidencia. Romper el cerco mediático no es un acto de censura: es un acto de liberación.

Frente al odio planificado, necesitamos relatos de dignidad. Frente a la calumnia disfrazada de noticia, necesitamos voces verdaderas. Frente a la industria del miedo, necesitamos la esperanza organizada. Y frente a los medios del capital, necesitamos medios del pueblo. Porque solo en la verdad compartida, en la palabra digna, en la comunicación liberadora, puede nacer una democracia real.

 

 


jueves, 19 de junio de 2025

 





EL PODER POPULAR COMO CIMIENTO DE TRANSFORMACIONES DEMOCRÁTICAS Y CONSTRUCTOR DE PAZ EN LOS TERRITORIOS.

 

En sociedades atravesadas por la violencia estructural, el odio político y la desigualdad, como la colombiana, construir un modelo de convivencia democrática exige ir más allá de las fórmulas institucionales tradicionales. La democracia representativa, cautiva muchas veces de intereses oligárquicos y corporativos, ha demostrado ser insuficiente para garantizar el ejercicio pleno de los derechos y las condiciones de bienestar de las mayorías populares, especialmente en los territorios más abandonados y violentados del país. En este contexto, la construcción del poder popular se presenta no sólo como una estrategia legítima de resistencia y transformación social, sino como un fundamento indispensable para consolidar una paz duradera, democrática e incluyente. 

El poder popular no es un eslogan ideológico ni una categoría reservada a los discursos radicales; es la expresión concreta de la soberanía ciudadana en acción. Es el ejercicio autónomo, deliberativo y organizado de las comunidades para decidir sobre los asuntos que afectan su vida colectiva, gestionar sus recursos, defender sus derechos y construir territorios de paz. Su propósito central es garantizar que la democracia deje de ser una ficción institucional y se convierta en un instrumento real de dignificación y bienestar, en especial para los sectores históricamente excluidos: campesinos, pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, poblaciones urbanas marginalizadas, mujeres, juventudes y diversidades.

I. El poder popular frente a la violencia estructural y la desigualdad

Colombia es un país marcado por una profunda desigualdad territorial, étnica y socioeconómica. Durante décadas, el modelo de desarrollo ha favorecido la concentración de la riqueza en manos de una minoría y ha abandonado vastas regiones a la pobreza, el atraso y la violencia. En estos territorios, la presencia estatal ha sido intermitente, cooptada o represiva, cuando no directamente funcional a los intereses de élites locales y redes criminales.

Esta situación ha producido un círculo vicioso de deslegitimación institucional, polarización social y reproducción de la violencia. Los acuerdos de paz y las políticas de seguridad ciudadana resultan insuficientes si no se acompañan de una estrategia integral de empoderamiento popular y transformación democrática en el nivel local. De ahí que la construcción de poder popular se plantee como una condición sine qua non para romper con las lógicas de exclusión, clientelismo y represión.

En comunidades donde el Estado llega principalmente con policías, fiscales o militares, fortalecer la capacidad organizativa y deliberativa de la ciudadanía es el primer paso para revertir la desconfianza y tejer relaciones sociales basadas en el respeto, la solidaridad y el diálogo. El poder popular permite así crear territorios de paz desde abajo, cimentados en el ejercicio consciente y colectivo de los derechos.

II. Democracia participativa y directa como sustento del poder popular

El marco constitucional colombiano, particularmente tras la Constitución de 1991, reconoce mecanismos de democracia participativa y directa: cabildos abiertos, consultas populares, presupuestos participativos, juntas de acción comunal, veedurías ciudadanas, entre otros. Sin embargo, estos instrumentos han sido muchas veces vaciados de contenido por prácticas burocráticas, tecnocráticas o clientelistas.

La construcción de poder popular implica revitalizar y profundizar estos mecanismos, pero también trascenderlos hacia formas más sustantivas de autogobierno comunitario y gestión participativa de los territorios. No se trata de suplantar al Estado, sino de democratizarlo desde sus bases, promoviendo un modelo de gobernanza en el que el pueblo sea protagonista activo y no mero espectador.

Una democracia participativa y directa exige reconocer la diversidad de formas organizativas populares: consejos comunitarios afrocolombianos, cabildos indígenas, organizaciones campesinas, procesos urbanos barriales, redes feministas y de juventudes, entre otras. El respeto a la diferencia y la construcción del consenso son elementos fundamentales en este proceso. La pluralidad cultural, étnica y política del país debe ser vista como una riqueza y no como un obstáculo, lo que requiere una pedagogía democrática sostenida y una ética del diálogo y el reconocimiento mutuo.

III. El poder popular como garante de derechos y bienestar

El ejercicio del poder popular tiene como propósito central garantizar los derechos de la población, particularmente de los más desfavorecidos. Esto implica ir más allá de la defensa simbólica de los derechos y avanzar hacia su realización concreta en los territorios. Entre las funciones prioritarias del poder popular están:

1. Defender el territorio frente a la depredación extractivista, la militarización y el despojo. Los pueblos y comunidades tienen el derecho de decidir sobre el uso de sus tierras y recursos, así como de proteger sus culturas y formas de vida.

2. Promover economías solidarias y alternativas. El poder popular impulsa modelos económicos basados en la autogestión, la soberanía alimentaria, el comercio justo y el bienestar colectivo, desafiando las lógicas de acumulación y exclusión del capitalismo neoliberal.

3. Fortalecer la educación, la salud y los servicios públicos con control comunitario. Las comunidades organizadas pueden desempeñar un papel clave en la vigilancia y gestión de los servicios sociales, garantizando su calidad, equidad y pertinencia cultural.

4. Garantizar la seguridad humana desde enfoques no represivos. El poder popular contribuye a construir formas de seguridad comunitaria basadas en la prevención, la mediación de conflictos y la justicia restaurativa, superando la militarización de la vida cotidiana.

5. Fomentar una cultura democrática y de paz. A través de prácticas deliberativas, educación política y procesos de memoria y reconciliación, el poder popular puede contribuir a desactivar los discursos de odio, superar las heridas del conflicto y promover la convivencia pacífica.

IV. Retos de la construcción del poder popular en una sociedad polarizada

Construir poder popular en Colombia enfrenta desafíos significativos, derivados tanto de la estructura social del país como de dinámicas políticas e ideológicas recientes.

La fragmentación social y el individualismo. Décadas de neoliberalismo han erosionado los lazos comunitarios y promovido una cultura del éxito individual, que dificulta la construcción de proyectos colectivos.

La criminalización de la protesta y la estigmatización del liderazgo social. En muchos territorios, quienes promueven procesos de poder popular son objeto de amenazas, persecuciones y violencia letal. Defender la vida de los líderes y lideresas sociales es una condición básica para avanzar.

La cooptación clientelista de las organizaciones populares. Parte del desafío es resistir la instrumentalización de las formas de organización popular por parte de partidos y gobiernos que buscan convertirlas en maquinaria electoral o redes de cooptación.

La diversidad cultural y la construcción del consenso. En una sociedad plurietnica y multicultural como la colombiana, la construcción del consenso democrático no puede basarse en imposiciones homogéneas. Se requiere una ética intercultural que respete las diferencias y construya acuerdos desde el reconocimiento de los derechos y la dignidad de todos los pueblos.

La polarización política y mediática. El clima de odio y confrontación exacerbado por sectores extremistas, incluidos medios corporativos y redes sociales, dificulta la construcción de diálogos democráticos y alimenta percepciones distorsionadas sobre el poder popular, al que se caricaturiza como amenaza subversiva o populista.

V. Horizontes estratégicos: hacia una democracia radicalmente democrática

Frente a estos retos, la construcción de poder popular debe pensarse como parte de un horizonte estratégico más amplio: avanzar hacia una "democracia" radicalmente democrática, capaz de devolverle al pueblo el control sobre su destino colectivo. Esto supone:

  1. Constituir redes territoriales de poder popular que articulen experiencias locales, intercambien aprendizajes y fortalezcan capacidades organizativas.
  2. Promover reformas institucionales que reconozcan y garanticen el autogobierno comunitario, así como el derecho de las comunidades a participar en la planificación, presupuesto y gestión de los asuntos públicos.
  3. Impulsar una pedagogía política y cultural orientada a la construcción de ciudadanía crítica, solidaria y pluralista.
  4. Construir alianzas amplias entre movimientos sociales, sectores progresistas, gobiernos locales y nacionales comprometidos con la democratización real del país.
  5. Combatir toda forma de violencia, sectarismo o exclusión en los procesos de construcción de poder popular, asegurando que estos sean siempre espacios de respeto a la dignidad y los derechos de todos y todas.

VI. El poder popular como horizonte de paz y bienestar

En una sociedad como la colombiana, atravesada por profundas heridas históricas, violencias persistentes y desigualdades estructurales, construir un modelo de paz y bienestar sostenible exige democratizar el poder en todos los niveles. No bastan las reformas desde arriba ni la buena voluntad de los gobiernos: es necesario que el pueblo organizado se constituya en protagonista activo de las transformaciones.

 El poder popular no es sólo un instrumento de resistencia frente a la opresión; es también un horizonte de construcción democrática, de recuperación del sentido colectivo de la vida, de afirmación de la dignidad de los pueblos. Allí donde el poder popular se fortalece, la violencia cede terreno frente a la convivencia, el miedo se transforma en esperanza, y la democracia deja de ser una promesa vacía para convertirse en una práctica cotidiana.

 Por ello, el desafío de nuestro tiempo no es meramente reformar las instituciones, sino refundar el pacto social desde abajo, construyendo desde los territorios una democracia participativa, directa y pluralista que garantice a todos los colombianos y colombianas el ejercicio pleno de sus derechos, el bienestar y la tranquilidad. Esa es, en última instancia, la verdadera paz: la que se construye desde el pueblo, con el pueblo y para el pueblo.