LA FUSIÓN
ARTIFICIAL ENTRE EL CARTEL DE LOS SOLES y el GOBIERNO VENEZOLANO COMO
ESTRATEGIA DE ESTIGMATIZACIÓN GEOPOLÍTICA
La insistencia del gobierno de Estados Unidos —en especial en la
narrativa impulsada por Donald Trump y sus círculos de seguridad— de presentar
al Cartel de los Soles y al gobierno de Nicolás Maduro como una misma entidad
constituye una estrategia política profundamente arbitraria, poco sustentada y
abiertamente funcional a los intereses geopolíticos estadounidenses en el
Caribe y la región andino-amazónica.
No se trata de una afirmación ingenua ni de una lectura aislada: es parte
de un libreto histórico en el que Washington transforma problemas complejos en
etiquetas simplificadoras que legitiman intervenciones, sanciones y operaciones
de control regional como “Lanza del Sur”.
El primer problema es metodológico: equiparar un gobierno —con
instituciones, burocracia civil, fuerzas armadas formalmente constituidas,
legitimidad interna y reconocimiento internacional parcial— con un cartel
criminal supone borrar la distinción básica entre Estado y crimen organizado.
Es una maniobra discursiva que busca despolitizar el conflicto venezolano
y reducirlo a una narrativa de narcoterrorismo. Al hacerlo, Estados Unidos se
asigna a sí mismo el papel de “restaurador del orden”, como ya lo ha hecho en
otras coyunturas donde la estigmatización precedió a la intervención (Panamá
1989, Irak 2003, e innumerables operaciones encubiertas en Centroamérica).
Asignar al gobierno venezolano la etiqueta de “organización criminal”
también opera como herramienta diplomática para justificar sanciones
extraterritoriales, presiones financieras, bloqueos comerciales y acciones
militares de vigilancia en el Caribe.
La Operación Lanza del Sur, presentada como un esfuerzo contra el
narcotráfico, encubre en gran parte un despliegue geoestratégico de control
marítimo y aéreo en una región donde la presencia militar estadounidense ha
sido constante, aunque pocas veces tan abierta y justificada en términos de
“amenaza hemisférica”.
Esta operación no solo busca controlar flujos de narcóticos; busca
someter políticamente a Venezuela, cercarla militarmente y proyectar un mensaje
a otros gobiernos que se aparten de la alianza hemisférica liderada por
Washington.
La política trumpista exacerba esta tendencia. El discurso de Trump
convierte cualquier matiz en sospecha; cualquier funcionario venezolano se
vuelve automáticamente parte del cartel; cualquier negociación política es
presentada como complicidad con el crimen. Este mecanismo de estigmatización no
es accidental: se articula con la agenda electoral interna estadounidense,
donde Venezuela sirve como símbolo útil para movilizar sectores conservadores y
de la diáspora. Un díscurso favorecido por la APATRIDA de Corina Machado
La arbitrariedad de esta equiparación produce efectos reales: dificulta
salidas políticas negociadas, alimenta la confrontación interna venezolana y
legitima una presencia militar desproporcionada en el Caribe. En lugar de
contribuir a una solución democrática, profundiza la lógica de enemistad
absoluta y normaliza la idea de que la presión militar es un mecanismo válido
para “resolver” crisis políticas.
Frente a ello, es urgente desmontar la narrativa simplificadora y
denunciar que esta estrategia no combate el narcotráfico: lo instrumentaliza
para justificar una política de dominación regional.
No es Venezuela, es toda América Latina la que está amenazada.
CARLOS MEDINA GALLEGO
Historiador- Analista Político
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