La IZQUIERDA ante el CAMBIO de ÉPOCA
Entre la ortodoxia y el progresismo
democrático
La izquierda atraviesa uno de los momentos más decisivos de su historia.
No solo porque enfrenta el ascenso de proyectos autoritarios de derecha que
buscan restringir derechos y concentrar el poder, sino porque también debe
responder a una pregunta mucho más profunda: ¿puede seguir interpretando el
siglo XXI con las categorías políticas del siglo XX?
Durante décadas, una parte importante de la izquierda latinoamericana se
estructuró alrededor del marxismo - leninismo – maoísmo en sus versiones más
ortodoxas. Aquella tradición realizó aportes significativos a la comprensión de
las relaciones de explotación, la concentración de la riqueza, la dominación
imperial y la organización de los sectores populares. Su legado en la defensa
de los trabajadores, de la justicia social y de la igualdad forma parte de la
historia democrática de muchos países.
Sin embargo, esa misma tradición también desarrolló expresiones marcadas
por el dogmatismo, el sectarismo y una comprensión excesivamente rígida de la
realidad histórica. En numerosos casos terminó reduciendo la complejidad de las
sociedades contemporáneas a esquemas ideológicos incapaces de interpretar las
transformaciones tecnológicas, culturales, ambientales y geopolíticas que hoy
configuran el mundo.
El capitalismo contemporáneo ya no es únicamente industrial. Es
financiero, digital, algorítmico, biotecnológico y global. Las formas de
explotación se transforman permanentemente. Las desigualdades ya no se explican
solamente por la relación entre capital y trabajo, sino también por el acceso
al conocimiento, la tecnología, la información, la educación, el ambiente sano,
la participación política y el reconocimiento efectivo de los derechos humanos.
Frente a este escenario emerge una izquierda progresista que no renuncia
a la búsqueda de la justicia social, pero comprende que la democracia, las
libertades públicas y los derechos fundamentales no constituyen concesiones
burguesas sino conquistas irrenunciables de la humanidad.
Esta izquierda entiende que la igualdad no puede construirse sacrificando
la libertad y que la libertad pierde contenido cuando se convierte en
privilegio de unos pocos. Su horizonte no consiste en sustituir un
autoritarismo por otro, sino en ampliar permanentemente los espacios
democráticos y fortalecer la ciudadanía. Su principal patrimonio no es una
doctrina cerrada sino una ética política basada en la dignidad humana.
Esta izquierda reconoce que las nuevas luchas sociales incorporan
dimensiones que durante mucho tiempo permanecieron invisibilizadas: la defensa
del ambiente, la igualdad de género, los derechos de las minorías, el
reconocimiento étnico y cultural, la economía del cuidado, la soberanía
alimentaria, la protección de los bienes comunes, la democratización del
conocimiento y la regulación democrática del poder tecnológico.
No abandona la crítica al capitalismo, pero comprende que la construcción
de alternativas exige gobernar sociedades diversas, complejas y profundamente
interdependientes. Por ello, el reto principal del progresismo no consiste
únicamente en disputar elecciones. Consiste en construir poder social, PODER
POPULAR.
El poder democrático no puede depender exclusivamente de las
instituciones del Estado ni de los liderazgos individuales. Debe nacer de una
ciudadanía organizada, consciente y capaz de defender colectivamente los
derechos conquistados durante décadas de luchas sociales. La historia demuestra
que ningún derecho permanece garantizado para siempre. Los derechos laborales,
las libertades civiles, la educación pública, la salud, la participación
política y los mecanismos de protección constitucional pueden retroceder cuando
la sociedad renuncia a defenderlos.
Por esa razón, la izquierda progresista necesita cohesionarse alrededor
de un proyecto democrático común. Las diferencias ideológicas, programáticas o
electorales no pueden convertirse en factores permanentes de fragmentación
cuando enfrente existen proyectos políticos que buscan debilitar el Estado
social de derecho, restringir libertades, desinstitucionalizar los controles
democráticos y gobernar mediante la polarización, el miedo y la construcción de
enemigos internos.
La unidad no significa unanimidad. Significa reconocer prioridades
históricas compartidas. Entre ellas, la defensa de la Constitución, de los
derechos humanos, de la independencia judicial, de las universidades públicas,
de la libertad de expresión, de las organizaciones sociales, del sindicalismo,
de la participación ciudadana y de todos aquellos espacios que permiten la
existencia de una democracia plural.
En esa tarea resulta igualmente indispensable cerrar filas en torno a los
liderazgos democráticos que han surgido de los procesos sociales y populares.
No para construir personalismos ni caudillismos, sino para proteger proyectos
colectivos frente a campañas sistemáticas de deslegitimación, persecución
política, desinformación y violencia simbólica que buscan fracturar las
posibilidades de transformación democrática.
Pero la resistencia del siglo XXI tampoco puede reducirse exclusivamente
a la movilización callejera. La protesta social seguirá siendo un derecho
fundamental y un instrumento legítimo de las sociedades democráticas. Cuando
los gobiernos desconocen derechos, incumplen compromisos o afectan gravemente
el interés público, la movilización constituye una expresión legítima de
participación ciudadana.
Del mismo modo, la desobediencia civil, entendida como una acción
pública, no violenta y orientada a cuestionar normas o decisiones consideradas
injustas, mantiene un lugar relevante dentro de las tradiciones democráticas
siempre que se ejerza de manera responsable y dentro de los principios propios
de un Estado de derecho.
Sin embargo, la resistencia contemporánea exige mucho más. Implica
construir comunidad. Crear economías solidarias. Fortalecer cooperativas.
Impulsar redes territoriales de producción. Promover sistemas comunitarios de
cuidado. Defender la educación pública. Producir conocimiento. Consolidar
medios alternativos de comunicación. Impulsar procesos culturales. Fortalecer
organizaciones juveniles, campesinas, indígenas, afrodescendientes, feministas,
sindicales y ambientales.
La verdadera fortaleza del progresismo no reside únicamente en su
capacidad para protestar, sino en su capacidad para demostrar que existen
formas más justas, solidarias y democráticas de organizar la vida colectiva.
Cada territorio debe convertirse en un escenario de construcción democrática.
Cada organización social debe ser una escuela de ciudadanía. Cada comunidad
debe avanzar hacia mayores niveles de autonomía, bienestar, participación y
dignidad. Porque el poder democrático se construye desde abajo, no únicamente
desde los gobiernos.
El cambio de época exige abandonar las viejas disputas doctrinarias que
consumieron durante décadas buena parte de las energías transformadoras de la
izquierda. Hoy la discusión fundamental ya no consiste en decidir quién
interpreta con mayor fidelidad los textos clásicos, sino quién logra responder
con mayor eficacia a los desafíos de un mundo atravesado por la inteligencia
artificial, la crisis climática, las nuevas desigualdades, la concentración
tecnológica, la desinformación digital y la expansión de proyectos políticos
autoritarios.
La izquierda progresista tiene la oportunidad histórica de convertirse en
una fuerza capaz de articular justicia social, democracia, pluralismo y
libertad. Su mayor desafío no consiste únicamente en ganar el próximo gobierno.
Consiste en construir una sociedad capaz de defender la democracia incluso
cuando quienes gobiernan pretendan debilitarla. Porque la democracia no
sobrevive solamente gracias a las instituciones. Sobrevive cuando existe una
ciudadanía organizada, crítica, solidaria y consciente de que los derechos
conquistados nunca son definitivos y que toda generación tiene la
responsabilidad de defenderlos, ampliarlos y transmitirlos fortalecidos a
quienes vendrán después.
Bogotá, 21 de julio de 2026
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