PAZ TOTAL
FRENTE AL CAPITALISMO CRIMINAL
La política de “Paz Total” se ha presentado como uno de los proyectos más
ambiciosos del Estado colombiano en las últimas décadas. Su aspiración es
integral: negociar simultáneamente con diversos actores armados, reducir la
violencia estructural, recuperar el control territorial y ofrecer alternativas
legales que permitan desactivar las economías ilícitas que sostienen el
conflicto.
Sin embargo, más allá de su formulación normativa y de su potencia
discursiva, la Paz Total enfrenta un obstáculo estructural que no puede ser
ignorado: la profunda imbricación entre conflicto armado y economías ilegales
que operan como verdaderos sistemas de acumulación capitalista criminal.
En efecto, el principal límite de la Paz Total no radica exclusivamente
en la falta de voluntad política ni en la resistencia de ciertos sectores, sino
en la incapacidad del Estado para ofrecer una alternativa económica, social y
política que compita con los beneficios materiales, simbólicos y de poder que
generan el narcotráfico, la minería ilegal y otras economías ilícitas.
En vastas regiones del país, estas economías no son marginales ni
accesorias: estructuran la vida social, organizan el territorio, determinan
jerarquías de poder y configuran formas de gobernanza paralela que, en muchos
casos, resultan más eficaces que la presencia estatal.
Así, mientras el Estado propone procesos de sometimiento, reintegración o
negociación, los actores armados y las redes criminales operan bajo lógicas
económicas consolidadas que garantizan ingresos constantes, protección armada,
control social y, en algunos casos, movilidad social.
La pregunta que subyace es ineludible: ¿cómo puede la oferta estatal
competir con economías que generan rentas significativas, que tienen acceso a
mercados globales y que han logrado diversificar sus portafolios delictivos?
La respuesta, hasta ahora, parece insuficiente. Las políticas de
sustitución de cultivos, los programas de desarrollo alternativo y las
iniciativas de inclusión social no han alcanzado la escala ni la eficacia
necesarias para desestructurar estos sistemas. En muchos territorios, la oferta
estatal llega fragmentada, tardía o desconectada de las realidades locales,
mientras que las economías ilegales ofrecen soluciones inmediatas, aunque
violentas y depredadoras. Esta asimetría constituye uno de los núcleos duros
del problema.
Pero la dificultad no es únicamente económica. También es analítica. La
Paz Total requiere una caracterización rigurosa y diferenciada de los
conflictos y de los actores que operan en los territorios. Sin embargo, uno de
los déficits más evidentes ha sido la ausencia de equipos suficientemente
robustos, interdisciplinarios y autónomos que logren comprender la complejidad
de estas dinámicas.
No todos los actores armados responden a lógicas ideológicas ni a
proyectos políticos coherentes; muchos de ellos están profundamente insertos en
economías criminales y actúan como empresas ilegales con estructuras flexibles,
redes transnacionales y capacidad de adaptación.
Negociar con estos actores bajo esquemas tradicionales implica un riesgo
considerable: el de aplicar categorías analíticas inadecuadas y, por ende,
diseñar estrategias de intervención que no corresponden a la naturaleza del
problema. La distinción entre insurgencia, criminalidad organizada y economías
ilegales se ha vuelto difusa, y esa ambigüedad afecta directamente la eficacia
de la política de paz.
A ello se suma un fenómeno aún más preocupante: la creciente capacidad de
estas organizaciones para incidir en las estructuras del Estado. Lejos de ser
actores externos o marginales, muchos grupos vinculados al narcotráfico y a la
minería ilegal han logrado permear instituciones públicas, influir en
decisiones administrativas y, en algunos casos, participar indirectamente en
escenarios de representación política. Esta captura parcial de la
institucionalidad redefine el conflicto y complejiza cualquier intento de
resolución.
En este contexto, las viejas fórmulas de negociación —basadas en
beneficios jurídicos, participación política o garantías de reincorporación—
resultan cada vez menos atractivas para organizaciones que ya ejercen poder
real en los territorios y que han logrado insertarse en circuitos económicos y
políticos más amplios. Para estos actores, el costo de abandonar las economías
ilegales puede ser significativamente mayor que los beneficios ofrecidos por el
Estado.
De hecho, el tránsito de estructuras armadas hacia formas más
sofisticadas de criminalidad ha generado una transformación en las expectativas
de los actores ilegales. Ya no se trata únicamente de obtener reconocimiento
político o de garantizar la seguridad jurídica de sus miembros, sino de
preservar —o incluso ampliar— sus niveles de acumulación económica. En este
sentido, la paz se enfrenta a una paradoja: desactivar la violencia implica, en
muchos casos, desmantelar estructuras económicas que resultan altamente
rentables para quienes las controlan.
Otro elemento central en este análisis es la dimensión territorial. Las
economías ilegales no operan en abstracto; se arraigan en contextos específicos
donde confluyen factores históricos, geográficos, sociales y culturales. La
ausencia del Estado, la precariedad de las infraestructuras, la debilidad
institucional y la exclusión social han creado condiciones propicias para la
expansión de estas economías. En muchos casos, las comunidades locales dependen
directa o indirectamente de estas actividades para su subsistencia, lo que
introduce un componente adicional de complejidad.
En consecuencia, cualquier estrategia de paz que no tenga en cuenta estas
realidades territoriales está condenada a fracasar o, en el mejor de los casos,
a producir resultados limitados y temporales. La homogeneización de las
políticas públicas, la aplicación de modelos estandarizados y la falta de
participación efectiva de las comunidades son errores recurrentes que deben ser
superados.
Asimismo, es necesario reconocer que la economía ilegal ha desarrollado
mecanismos de legitimación social en ciertos contextos. A través de la
provisión de empleo, la financiación de obras comunitarias o la imposición de
formas de orden social, estos actores han logrado construir relaciones de
dependencia y, en algunos casos, de aceptación. Esto no implica una legitimidad
plena, pero sí una tolerancia que dificulta la intervención estatal.
Frente a este panorama, la Paz Total requiere una reconfiguración
profunda de sus enfoques y estrategias. En primer lugar, es indispensable
fortalecer la capacidad del Estado para comprender las dinámicas territoriales,
lo que implica invertir en investigación, en inteligencia social y en equipos
interdisciplinarios que integren saberes locales. La construcción de
diagnósticos precisos no es un lujo académico, sino una condición necesaria
para la formulación de políticas efectivas.
En segundo lugar, es urgente replantear la oferta estatal en términos
económicos. No basta con programas de asistencia o con incentivos temporales;
se requiere una transformación estructural que genere oportunidades
sostenibles, que integre a las comunidades en circuitos económicos legales y
que reduzca las brechas de desigualdad. Esto implica, entre otras cosas,
inversiones significativas en infraestructura, educación, acceso a mercados y
fortalecimiento institucional.
En tercer lugar, es fundamental abordar la problemática de la captura
institucional. La lucha contra la corrupción, la transparencia en la gestión
pública y el fortalecimiento de los mecanismos de control son elementos clave
para recuperar la legitimidad del Estado y garantizar que las políticas de paz
no sean cooptadas por intereses ilegales.
Finalmente, la Paz Total debe explorar nuevas rutas que superen los
enfoques tradicionales de negociación. Esto no significa abandonar el diálogo,
sino complementarlo con estrategias más complejas que integren dimensiones
económicas, sociales, políticas y culturales. La diferenciación territorial, la
identificación precisa de los actores y la comprensión de sus motivaciones son
elementos esenciales para diseñar intervenciones adecuadas.
En este sentido, la paz no puede ser concebida únicamente como la
ausencia de violencia armada, sino como la construcción de un orden social en
el que las economías ilegales pierdan su centralidad y en el que el Estado
logre ofrecer alternativas reales y sostenibles. Este es, sin duda, un desafío
de largo aliento que requiere coherencia, persistencia y una visión estratégica
que vaya más allá de los ciclos políticos.
En conclusión, la Paz Total enfrenta límites estructurales que no pueden
ser resueltos con instrumentos convencionales. La existencia de un capitalismo
criminal profundamente arraigado en los territorios, la debilidad de la oferta
estatal, las dificultades de caracterización de los conflictos y la captura
parcial de la institucionalidad configuran un escenario complejo que exige
respuestas innovadoras. Solo a través de una comprensión integral de estas
dinámicas y de la implementación de políticas diferenciadas y sostenibles será
posible avanzar hacia una paz que no sea simplemente declarativa, sino efectiva
y duradera.
CARLOS MEDINA GALLEGO Historiador- Analista Político
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