LA
IGUALDAD SIN TUTELA
Contra la infantilización política de
las mujeres
Hay una paradoja incómoda en el debate contemporáneo sobre género que
pocos se atreven a nombrar con claridad: mientras más se habla de
empoderamiento, más se multiplican los dispositivos institucionales que tratan
a las mujeres como sujetos incapaces de competir en condiciones de igualdad.
Esta contradicción no es menor. Es, de hecho, el síntoma de una deriva
ideológica que ha desplazado la idea de igualdad —como conquista histórica
basada en la autonomía y el mérito— hacia una concepción tutelar de los
derechos, donde el Estado y las instituciones actúan como garantes permanentes
de una supuesta fragilidad estructural femenina.
Pero la realidad es más compleja —y más incómoda— que ese relato.
LAS MUJERES QUE NO PIDIERON PERMISO.
Existen —y han existido siempre— mujeres que alcanzaron posiciones de
excelencia en la ciencia, la política, la economía y la cultura sin cuotas, sin
privilegios normativos y sin discursos de victimización. Lo hicieron
enfrentando obstáculos reales, sin duda, pero sin convertir esos obstáculos en
el eje de su identidad política.
No construyeron su lugar en el mundo a partir de la denuncia permanente,
sino desde la capacidad. No necesitaron declarar a los hombres como adversarios
estructurales para afirmarse. No reclamaron ser protegidas: exigieron ser
reconocidas.
Ese tipo de trayectoria encarna una idea de igualdad radicalmente
distinta: una igualdad que no se concede, sino que se ejerce. Y justamente por
eso resulta incómoda para ciertos discursos contemporáneos.
CUANDO LA POLÍTICA SUSTITUYE AL MÉRITO
El problema no es el feminismo en sí —que ha sido una fuerza histórica
imprescindible—, sino su mutación en una gramática institucional de la
compensación permanente. Bajo esta lógica, la desigualdad ya no se combate
ampliando capacidades, sino redistribuyendo posiciones mediante criterios
identitarios.
El resultado es una inversión peligrosa: el derecho deja de estar anclado
en la condición de ciudadanía y comienza a depender de la pertenencia a una
categoría.
Esto tiene efectos concretos: se erosiona la legitimidad del mérito, se introduce sospecha sobre los
logros alcanzados, se consolida una cultura de la excepción en lugar de la
igualdad. En nombre de la equidad, se termina debilitando la idea misma de
igualdad.
LA EXPANSIÓN INFINITA DE LA VIOLENCIA
Uno de los terrenos donde esta deriva se hace más visible es en la
expansión del concepto de violencia de género. Lo que comenzó como una lucha
legítima contra formas graves de violencia ha evolucionado, en ciertos
contextos, hacia una inflación conceptual donde casi cualquier interacción
puede ser susceptible de reinterpretación punitiva.
La incorporación de categorías como violencia simbólica, psicológica o
cultural no es problemática en sí misma. El problema aparece cuando esas
categorías se vuelven difusas, operativamente ambiguas y susceptibles de uso
estratégico con fines punitivos.
En ese punto, el derecho deja de ser un instrumento de justicia y se
convierte en un campo de disputa moral. Y cuando eso ocurre, los principios
básicos —presunción de inocencia, carga de la prueba, debido proceso— empiezan
a tensionarse peligrosamente.
No es un detalle técnico. Es una cuestión de civilización jurídica.
UNIVERSIDADES: DEL PENSAMIENTO CRÍTICO AL CONTROL MORAL
El fenómeno no se limita al ámbito judicial. En muchas universidades —que
deberían ser espacios de pensamiento libre y crítico— se ha instalado un clima
de vigilancia simbólica donde disentir puede implicar sanción social o
institucional.
Bajo el lenguaje de la inclusión, se han construido dispositivos que
operan como filtros ideológicos. No se trata solo de proteger derechos, sino de
definir qué se puede decir, cómo se puede decir y quién está autorizado a
decirlo y eso en una universidad como la Nacional es supremamente
grave.
El resultado es una paradoja: instituciones que históricamente fueron
motores de crítica terminan funcionando como espacios de conformidad en una
envoltura de supuesta inconformidad.
LA FRAGMENTACIÓN COMO FORMA DE CONTROL
Esta transformación no ocurre en el vacío. Se inscribe en una lógica más
amplia del capitalismo contemporáneo, donde las luchas sociales tienden a
fragmentarse en múltiples agendas identitarias.
Como advierte Nancy Fraser, el desplazamiento desde la redistribución
hacia el reconocimiento puede terminar siendo funcional a un orden que integra
demandas simbólicas sin alterar estructuras económicas profundas.
La consecuencia es doble: se intensifican conflictos horizontales (entre grupos sociales); se
debilita la capacidad de confrontar las desigualdades estructurales En otras palabras: se pelea más entre iguales y menos contra las
condiciones que producen la desigualdad.
EL RIESGO DE LA POLÍTICA DE LA VICTIMIZACIÓN
Nada de esto implica negar la existencia de violencias reales ni las
condiciones difíciles que enfrentan millones de mujeres, especialmente en
contextos populares. Sería absurdo hacerlo. Pero una cosa es reconocer la violencia, y otra muy distinta construir
una identidad política basada exclusivamente en la victimización.
Cuando eso ocurre, emergen riesgos claros: dependencia de la protección
institucional, debilitamiento de la agencia individual, incentivos perversos en
la disputa por el reconocimiento. En su versión más extrema, la política deja de orientarse a transformar
condiciones y se convierte en una competencia por estatus de víctima.
LA TRAMPA DE LA FALSA PROTECCIÓN
Hay algo profundamente problemático en la idea de que la igualdad deba
alcanzarse a través de mecanismos que, implícitamente, sugieren incapacidad.
Porque, aunque no se diga explícitamente, el mensaje subyacente es claro:
sin intervención especial, las mujeres no podrían competir en igualdad. Ese no es un discurso emancipador. Es una forma sofisticada de
paternalismo. Y como todo paternalismo, termina reproduciendo aquello que dice
combatir.
OTRA FORMA DE FEMINISMO ES POSIBLE.
Frente a esta deriva, existen corrientes —particularmente en el feminismo
popular— que mantienen una perspectiva distinta: articulada con luchas sociales
más amplias, menos centrada en la disputa simbólica y más en las condiciones
materiales de existencia.
Ese feminismo no fragmenta: conecta. No victimiza: organiza. No tutela:
potencia. Y sobre todo, no convierte la diferencia en un campo de confrontación
permanente, sino en una base para la construcción colectiva.
VOLVER A LA IGUALDAD SIN ADJETIVOS.
La pregunta de fondo es incómoda pero inevitable: ¿queremos una sociedad
de individuos libres e iguales o una sociedad de categorías protegidas de
manera diferencial?. Porque no son lo mismo.
La igualdad real no puede construirse desde la infantilización política
ni desde la sospecha permanente entre hombres y mujeres. Tampoco desde la
expansión indefinida de categorías punitivas ni desde la fragmentación de las
luchas sociales.
Se construye desde otro lugar: desde la autonomía, desde la
responsabilidad, desde el reconocimiento mutuo. Y, sobre todo, desde una idea
simple pero poderosa: que los derechos no se conceden por pertenecer a una
identidad, sino por ser parte de la humanidad.
CARLOS MEDINA GALLEGO Historiador- Analista Político
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