POLÍTICOS
y POLITIQUEROS
Entre el
Servicio Público y la Corrupción del Poder
La política, en su sentido más noble, debería ser la expresión organizada
de la voluntad colectiva, el arte de gobernar para el bien común y la
construcción de un proyecto de nación fundado en la justicia, la igualdad y la
dignidad humana.
Sin embargo, la historia latinoamericana —y particularmente la
colombiana— muestra una distancia abismal entre esa concepción ética del poder
y las prácticas concretas de quienes lo ejercen. En las últimas décadas, la
política se ha degradado en muchos espacios hasta convertirse en oficio,
negocio o instrumento de dominación. En lugar de servir al pueblo, buena parte
de los actores políticos han hecho de él su clientela y de la
institucionalidad, un botín.
Este ensayo analiza críticamente la diferencia entre políticos y
politiqueros; examina el fenómeno de los caciques electorales y las
servidumbres ciudadanas alienadas; denuncia la corrupción estructural y el
oportunismo que han desnaturalizado la función pública; y reivindica,
finalmente, a aquellos hombres y mujeres que entienden la política como una
práctica ética, transformadora y orientada al bienestar colectivo.
I. LA POLÍTICA COMO SERVICIO y VOCACIÓN
En su origen, la política fue concebida como la forma más alta del
compromiso ciudadano. Aristóteles, en La Política, afirmaba que el ser humano
es un “animal político” (zoon politikon), es decir, un ser que solo puede
realizarse plenamente en comunidad. En esa línea, la política no es un oficio
sino una responsabilidad moral frente al destino colectivo.
Max Weber, en su célebre conferencia La política como vocación (1919),
distinguió entre dos éticas que pueden guiar al político: la “ética de la
convicción” —fundada en principios— y la “ética de la responsabilidad”
—orientada a los resultados—. El político verdadero, decía Weber, es aquel que
conjuga ambas, que asume el poder no para sí mismo sino como instrumento de
transformación social, y que está dispuesto a pagar el precio de sus decisiones
sin caer en la manipulación o la mentira.
En contraste, el “politiquero” es aquel que reduce la política a cálculo,
clientela y prebenda. Su interés no es la comunidad, sino su carrera, su
patrimonio o su ego. En palabras del filósofo español José Ortega y Gasset, es
el “hombre-masa” que ha usurpado el espacio de los mejores, degradando la
acción política a un teatro de intereses privados.
II. CACIQUES, CLIENTELAS y SERVIDUMBRES POLÍTICAS
La política colombiana, como otras de América Latina, ha estado marcada
por la persistencia de estructuras caciquiles. Los caciques electorales son
figuras que concentran poder local mediante el control de recursos, favores,
empleos y contratos. En regiones enteras, el voto no se ejerce como derecho
sino como transacción. Las familias dominantes heredan curules, alcaldías y
contratos públicos como si fueran patrimonio personal, perpetuando un sistema
feudal en democracia.
La socióloga María Teresa Uribe describió con precisión este fenómeno al
hablar del “poder local como prolongación del orden patriarcal y clientelista”
(Uribe, 2001). En muchos municipios, la ciudadanía no vota por convicción sino
por dependencia. La pobreza, la falta de educación política y la precariedad
laboral crean un círculo vicioso: los votantes terminan sosteniendo a sus
propios verdugos, votando contra sí mismos, contra sus derechos y contra sus
oportunidades de emancipación.
Este sistema clientelar no se sostiene solo con dinero. Se alimenta
también de la manipulación simbólica: el miedo al cambio, la religiosidad
instrumentalizada, la desinformación y la violencia política. El poder de los
caciques se basa tanto en el control material como en el control del
imaginario. Como señaló Pierre Bourdieu, “la dominación más efectiva es aquella
que se ejerce con la complicidad de los dominados” (La distinción, 1979).
III. POLÍTICOS DE OFICIO y NEGOCIOS DEL PODER
La profesionalización de la política, en términos modernos, no debería
ser un problema. Que alguien se dedique a la política como actividad vital es
legítimo si su propósito es servir. El problema surge cuando la política se
convierte en “oficio rentable” o en plataforma de enriquecimiento. En Colombia,
los escándalos de corrupción se cuentan por decenas: la parapolítica, la
yidispolítica, el carrusel de la contratación, Odebrecht, la UNGRD, las coimas
del Congreso, entre otros.
El politólogo Fernando Giraldo (2018) define este fenómeno como “la
captura del Estado por redes político-económicas que lo usan como mecanismo de
acumulación”. Los partidos tradicionales, debilitados ideológicamente, se han
transformado en maquinarias electorales cuya finalidad es acceder al
presupuesto público. En palabras de Antanas Mockus, “la política se volvió un
negocio, y la corrupción, su modelo de rentabilidad”.
De esta forma, los politiqueros han convertido los cargos en mercancías:
se compran avales, se negocian votos, se subastan contratos y se distribuyen
puestos. El mérito, la ética y la capacidad son reemplazados por la lealtad
servil, la complicidad y el pago de favores. La política deja de ser espacio de
deliberación para convertirse en mercado de influencias.
IV. VIOLENCIA, ODIO y LA DEGRADACIÓN DEL ADVERSARIO
Uno de los rasgos más preocupantes de la política contemporánea es la
naturalización del odio. La historia de Colombia muestra que la violencia
política no es un accidente sino una constante. Desde la época de La Violencia
en los años cincuenta, hasta los asesinatos de líderes sociales en la
actualidad, el país ha vivido una persistente asociación entre poder, exclusión
y muerte. El adversario político no se debate: se elimina, se estigmatiza o se
silencia.
El sociólogo Daniel Pécaut describió esta patología como “la politización
de la muerte y la despolitización de la vida” (Orden y violencia en Colombia,
2001). La violencia, en sus múltiples formas, ha sido funcional a la
perpetuación de las élites y a la destrucción del pensamiento crítico. El miedo
se convierte en herramienta de gobierno.
El uso de la mentira y la calumnia como armas políticas —intensificado
por las redes sociales— profundiza esta crisis. Los fake news y las campañas de
difamación desfiguran el debate público, reemplazando la argumentación por la
manipulación emocional. Hannah Arendt advertía que “cuando la verdad factual se
destruye, la libertad política se vuelve imposible” (Verdad y política, 1967).
En contextos donde los ciudadanos ya no distinguen entre verdad y propaganda,
la democracia se convierte en espectáculo y el populismo en su caricatura.
V. SERVIDUMBRES CIUDADANAS y ALIENACIÓN POLÍTICA
Las servidumbres ciudadanas son producto tanto de la manipulación externa
como de la renuncia interna. En muchos sectores populares, la política se
percibe como un terreno ajeno, corrupto e inalcanzable. Esa desafección
fortalece el dominio de las maquinarias, pues los espacios vacíos de ciudadanía
activa son ocupados por clientelas organizadas. Como escribió Paulo Freire en
La pedagogía del oprimido (1970), “la alienación política se alimenta del miedo
y de la falta de conciencia crítica; quien no se reconoce como sujeto de la
historia, termina sirviendo a los intereses de otros”.
El voto libre y consciente —núcleo del pacto democrático— se ve
sustituido por el voto condicionado, comprado o inducido por la violencia. La
ciudadanía se convierte en espectadora de su propia exclusión. Esta dinámica se
agrava cuando los medios de comunicación, controlados por conglomerados
económicos, legitiman a los mismos actores políticos responsables de la
desigualdad y la violencia estructural. La alienación, entonces, no es solo
material, sino cultural y simbólica.
VI. OPORTUNISMO y CAMALEÓN ISMO IDEOLÓGICO
El oportunismo político se expresa en la capacidad de ciertos actores
para adaptarse a cualquier corriente dominante, sin convicciones ni coherencia.
Cambian de partido, de discurso y de lealtades según la conveniencia del
momento. El fenómeno del “transfuguismo” o “voltearepismo” es recurrente en la
historia política colombiana: liberales que se vuelven conservadores, uribistas
que se vuelven petristas, izquierdistas que negocian con la derecha. No por
reflexión ideológica, sino por cálculo electoral.
Como ha señalado el maestro Medófilo Medina (2022), “la ausencia de
partidos con identidad programática ha convertido a la política en un carnaval
de oportunismos”. El discurso del cambio, por ejemplo, ha sido cooptado por
actores que, tras décadas de corrupción, se reinventan como “alternativos” o
“renovadores” para seguir usufructuando del poder. Esta elasticidad moral
destruye la confianza pública y perpetúa el cinismo ciudadano.
VII. LA ESPERANZA en LOS POLÍTICOS QUE SIRVEN
Frente a este panorama de degradación, es necesario reivindicar a quienes
conciben la política como servicio, no como negocio. Existen líderes y
lideresas que, desde lo local o lo nacional, ejercen el poder con ética,
transparencia y compromiso social. Son los que entienden que gobernar es cuidar
la vida, promover la convivencia y garantizar derechos.
Ejemplos abundan: alcaldes comunitarios que promueven presupuestos
participativos, congresistas que denuncian la corrupción, defensores de
derechos humanos que arriesgan su vida por la justicia, movimientos sociales
que reclaman democracia desde los territorios. Estas figuras —frecuentemente
invisibilizadas o amenazadas— encarnan la dimensión más humana de la política:
la del servicio.
Como expresó el papa Francisco en Fratelli Tutti (2020), “la política es
una de las formas más altas de la solidaridad, porque busca el bien común”. En
sociedades atravesadas por la desigualdad y la violencia, el político ético no
es ingenuo: sabe que su labor implica enfrentar intereses poderosos, resistir
al pragmatismo corrupto y sostener la esperanza en medio del desencanto.
VIII. DEMOCRACIA, ÉTICA y RECONSTRUCCIÓN del SENTIDO POLÍTICO
La reconstrucción de la política como práctica ética exige tres tareas
fundamentales:
1. Repolitizar la ciudadanía, es decir, devolverle a las personas el
sentido de pertenencia y poder sobre lo público. Sin participación consciente,
no hay democracia real.
2. Desmercantilizar la política, erradicando el clientelismo y el uso
patrimonial del Estado. Esto implica reformas profundas en la financiación de
campañas, la contratación pública y la educación cívica.
3. Rehumanizar el debate público, superando la lógica del odio y
recuperando el respeto por la diferencia. La política democrática no se funda
en la unanimidad, sino en el reconocimiento del otro como interlocutor válido.
Solo así podrá recuperarse el sentido original de la política como
proyecto civilizatorio, como arte de construir juntos un destino común basado
en la justicia y la dignidad.
IDEAS FUERZA A MANERA DE CIERRE
Políticos y politiqueros representan dos formas antagónicas de entender
el poder. Los primeros lo asumen como responsabilidad; los segundos, como
botín. Mientras los caciques electorales perpetúan servidumbres y pobreza
moral, los verdaderos servidores públicos trabajan silenciosamente por la
libertad y la dignidad de su pueblo. En una sociedad cruzada por la violencia y
la muerte, hacer política para la vida, la paz y la justicia es un acto de
resistencia ética.
Recuperar la política de las manos de los oportunistas y corruptos no es
solo tarea de los gobernantes, sino de toda la ciudadanía. Implica educar,
organizar y participar. Porque, como advertía Bertolt Brecht, “el peor
analfabeto es el analfabeto político: no sabe que de su ignorancia nace la
prostitución, la miseria y la peor de todas las corrupciones: la del político
corrupto”.
La tarea, por tanto, es clara: transformar la indignación en conciencia,
la conciencia en organización, y la organización en poder popular para refundar
la política como lo que siempre debió ser: el servicio más noble a la vida y al
bien común.
CARLOS MEDINA GALLEGO - Historiador-Analista Político
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