martes, 29 de septiembre de 2026

 


POLÍTICOS y POLITIQUEROS

Entre el Servicio Público y la Corrupción del Poder

 La política, en su sentido más noble, debería ser la expresión organizada de la voluntad colectiva, el arte de gobernar para el bien común y la construcción de un proyecto de nación fundado en la justicia, la igualdad y la dignidad humana.

  Sin embargo, la historia latinoamericana —y particularmente la colombiana— muestra una distancia abismal entre esa concepción ética del poder y las prácticas concretas de quienes lo ejercen. En las últimas décadas, la política se ha degradado en muchos espacios hasta convertirse en oficio, negocio o instrumento de dominación. En lugar de servir al pueblo, buena parte de los actores políticos han hecho de él su clientela y de la institucionalidad, un botín.

 Este ensayo analiza críticamente la diferencia entre políticos y politiqueros; examina el fenómeno de los caciques electorales y las servidumbres ciudadanas alienadas; denuncia la corrupción estructural y el oportunismo que han desnaturalizado la función pública; y reivindica, finalmente, a aquellos hombres y mujeres que entienden la política como una práctica ética, transformadora y orientada al bienestar colectivo.

 I. LA POLÍTICA COMO SERVICIO y VOCACIÓN 

 En su origen, la política fue concebida como la forma más alta del compromiso ciudadano. Aristóteles, en La Política, afirmaba que el ser humano es un “animal político” (zoon politikon), es decir, un ser que solo puede realizarse plenamente en comunidad. En esa línea, la política no es un oficio sino una responsabilidad moral frente al destino colectivo.

 Max Weber, en su célebre conferencia La política como vocación (1919), distinguió entre dos éticas que pueden guiar al político: la “ética de la convicción” —fundada en principios— y la “ética de la responsabilidad” —orientada a los resultados—. El político verdadero, decía Weber, es aquel que conjuga ambas, que asume el poder no para sí mismo sino como instrumento de transformación social, y que está dispuesto a pagar el precio de sus decisiones sin caer en la manipulación o la mentira.

 En contraste, el “politiquero” es aquel que reduce la política a cálculo, clientela y prebenda. Su interés no es la comunidad, sino su carrera, su patrimonio o su ego. En palabras del filósofo español José Ortega y Gasset, es el “hombre-masa” que ha usurpado el espacio de los mejores, degradando la acción política a un teatro de intereses privados.

 II. CACIQUES, CLIENTELAS y SERVIDUMBRES POLÍTICAS 

 La política colombiana, como otras de América Latina, ha estado marcada por la persistencia de estructuras caciquiles. Los caciques electorales son figuras que concentran poder local mediante el control de recursos, favores, empleos y contratos. En regiones enteras, el voto no se ejerce como derecho sino como transacción. Las familias dominantes heredan curules, alcaldías y contratos públicos como si fueran patrimonio personal, perpetuando un sistema feudal en democracia.

 La socióloga María Teresa Uribe describió con precisión este fenómeno al hablar del “poder local como prolongación del orden patriarcal y clientelista” (Uribe, 2001). En muchos municipios, la ciudadanía no vota por convicción sino por dependencia. La pobreza, la falta de educación política y la precariedad laboral crean un círculo vicioso: los votantes terminan sosteniendo a sus propios verdugos, votando contra sí mismos, contra sus derechos y contra sus oportunidades de emancipación.

 Este sistema clientelar no se sostiene solo con dinero. Se alimenta también de la manipulación simbólica: el miedo al cambio, la religiosidad instrumentalizada, la desinformación y la violencia política. El poder de los caciques se basa tanto en el control material como en el control del imaginario. Como señaló Pierre Bourdieu, “la dominación más efectiva es aquella que se ejerce con la complicidad de los dominados” (La distinción, 1979).

 III. POLÍTICOS DE OFICIO y NEGOCIOS DEL PODER 

 La profesionalización de la política, en términos modernos, no debería ser un problema. Que alguien se dedique a la política como actividad vital es legítimo si su propósito es servir. El problema surge cuando la política se convierte en “oficio rentable” o en plataforma de enriquecimiento. En Colombia, los escándalos de corrupción se cuentan por decenas: la parapolítica, la yidispolítica, el carrusel de la contratación, Odebrecht, la UNGRD, las coimas del Congreso, entre otros.

 El politólogo Fernando Giraldo (2018) define este fenómeno como “la captura del Estado por redes político-económicas que lo usan como mecanismo de acumulación”. Los partidos tradicionales, debilitados ideológicamente, se han transformado en maquinarias electorales cuya finalidad es acceder al presupuesto público. En palabras de Antanas Mockus, “la política se volvió un negocio, y la corrupción, su modelo de rentabilidad”.

 De esta forma, los politiqueros han convertido los cargos en mercancías: se compran avales, se negocian votos, se subastan contratos y se distribuyen puestos. El mérito, la ética y la capacidad son reemplazados por la lealtad servil, la complicidad y el pago de favores. La política deja de ser espacio de deliberación para convertirse en mercado de influencias.

 IV. VIOLENCIA, ODIO y LA DEGRADACIÓN DEL ADVERSARIO 

 Uno de los rasgos más preocupantes de la política contemporánea es la naturalización del odio. La historia de Colombia muestra que la violencia política no es un accidente sino una constante. Desde la época de La Violencia en los años cincuenta, hasta los asesinatos de líderes sociales en la actualidad, el país ha vivido una persistente asociación entre poder, exclusión y muerte. El adversario político no se debate: se elimina, se estigmatiza o se silencia.

 El sociólogo Daniel Pécaut describió esta patología como “la politización de la muerte y la despolitización de la vida” (Orden y violencia en Colombia, 2001). La violencia, en sus múltiples formas, ha sido funcional a la perpetuación de las élites y a la destrucción del pensamiento crítico. El miedo se convierte en herramienta de gobierno.

 El uso de la mentira y la calumnia como armas políticas —intensificado por las redes sociales— profundiza esta crisis. Los fake news y las campañas de difamación desfiguran el debate público, reemplazando la argumentación por la manipulación emocional. Hannah Arendt advertía que “cuando la verdad factual se destruye, la libertad política se vuelve imposible” (Verdad y política, 1967). En contextos donde los ciudadanos ya no distinguen entre verdad y propaganda, la democracia se convierte en espectáculo y el populismo en su caricatura.

 V. SERVIDUMBRES CIUDADANAS y ALIENACIÓN POLÍTICA 

 Las servidumbres ciudadanas son producto tanto de la manipulación externa como de la renuncia interna. En muchos sectores populares, la política se percibe como un terreno ajeno, corrupto e inalcanzable. Esa desafección fortalece el dominio de las maquinarias, pues los espacios vacíos de ciudadanía activa son ocupados por clientelas organizadas. Como escribió Paulo Freire en La pedagogía del oprimido (1970), “la alienación política se alimenta del miedo y de la falta de conciencia crítica; quien no se reconoce como sujeto de la historia, termina sirviendo a los intereses de otros”.

 El voto libre y consciente —núcleo del pacto democrático— se ve sustituido por el voto condicionado, comprado o inducido por la violencia. La ciudadanía se convierte en espectadora de su propia exclusión. Esta dinámica se agrava cuando los medios de comunicación, controlados por conglomerados económicos, legitiman a los mismos actores políticos responsables de la desigualdad y la violencia estructural. La alienación, entonces, no es solo material, sino cultural y simbólica.

 VI. OPORTUNISMO y CAMALEÓN ISMO IDEOLÓGICO 

 El oportunismo político se expresa en la capacidad de ciertos actores para adaptarse a cualquier corriente dominante, sin convicciones ni coherencia. Cambian de partido, de discurso y de lealtades según la conveniencia del momento. El fenómeno del “transfuguismo” o “voltearepismo” es recurrente en la historia política colombiana: liberales que se vuelven conservadores, uribistas que se vuelven petristas, izquierdistas que negocian con la derecha. No por reflexión ideológica, sino por cálculo electoral.

 Como ha señalado el maestro  Medófilo Medina (2022), “la ausencia de partidos con identidad programática ha convertido a la política en un carnaval de oportunismos”. El discurso del cambio, por ejemplo, ha sido cooptado por actores que, tras décadas de corrupción, se reinventan como “alternativos” o “renovadores” para seguir usufructuando del poder. Esta elasticidad moral destruye la confianza pública y perpetúa el cinismo ciudadano.

 VII. LA ESPERANZA en LOS POLÍTICOS QUE SIRVEN 

 Frente a este panorama de degradación, es necesario reivindicar a quienes conciben la política como servicio, no como negocio. Existen líderes y lideresas que, desde lo local o lo nacional, ejercen el poder con ética, transparencia y compromiso social. Son los que entienden que gobernar es cuidar la vida, promover la convivencia y garantizar derechos.

 Ejemplos abundan: alcaldes comunitarios que promueven presupuestos participativos, congresistas que denuncian la corrupción, defensores de derechos humanos que arriesgan su vida por la justicia, movimientos sociales que reclaman democracia desde los territorios. Estas figuras —frecuentemente invisibilizadas o amenazadas— encarnan la dimensión más humana de la política: la del servicio.

 Como expresó el papa Francisco en Fratelli Tutti (2020), “la política es una de las formas más altas de la solidaridad, porque busca el bien común”. En sociedades atravesadas por la desigualdad y la violencia, el político ético no es ingenuo: sabe que su labor implica enfrentar intereses poderosos, resistir al pragmatismo corrupto y sostener la esperanza en medio del desencanto.

 VIII. DEMOCRACIA, ÉTICA y  RECONSTRUCCIÓN del SENTIDO POLÍTICO 

 La reconstrucción de la política como práctica ética exige tres tareas fundamentales:

 1. Repolitizar la ciudadanía, es decir, devolverle a las personas el sentido de pertenencia y poder sobre lo público. Sin participación consciente, no hay democracia real.

2. Desmercantilizar la política, erradicando el clientelismo y el uso patrimonial del Estado. Esto implica reformas profundas en la financiación de campañas, la contratación pública y la educación cívica.

 3. Rehumanizar el debate público, superando la lógica del odio y recuperando el respeto por la diferencia. La política democrática no se funda en la unanimidad, sino en el reconocimiento del otro como interlocutor válido.

 Solo así podrá recuperarse el sentido original de la política como proyecto civilizatorio, como arte de construir juntos un destino común basado en la justicia y la dignidad.

 IDEAS FUERZA A MANERA DE CIERRE 

 Políticos y politiqueros representan dos formas antagónicas de entender el poder. Los primeros lo asumen como responsabilidad; los segundos, como botín. Mientras los caciques electorales perpetúan servidumbres y pobreza moral, los verdaderos servidores públicos trabajan silenciosamente por la libertad y la dignidad de su pueblo. En una sociedad cruzada por la violencia y la muerte, hacer política para la vida, la paz y la justicia es un acto de resistencia ética.

 Recuperar la política de las manos de los oportunistas y corruptos no es solo tarea de los gobernantes, sino de toda la ciudadanía. Implica educar, organizar y participar. Porque, como advertía Bertolt Brecht, “el peor analfabeto es el analfabeto político: no sabe que de su ignorancia nace la prostitución, la miseria y la peor de todas las corrupciones: la del político corrupto”.

 La tarea, por tanto, es clara: transformar la indignación en conciencia, la conciencia en organización, y la organización en poder popular para refundar la política como lo que siempre debió ser: el servicio más noble a la vida y al bien común.

 

CARLOS MEDINA GALLEGO - Historiador-Analista Político

 

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