LA ESTUPIDEZ POLÍTICA COMO CIUDADANÍA
DE ODIO
Uno de los
fenómenos más inquietantes de las democracias contemporáneas es la creciente
distancia entre los intereses objetivos de amplios sectores de la población y
las decisiones políticas que estos mismos sectores apoyan electoralmente.
Millones de
ciudadanos votan sistemáticamente contra políticas que podrían mejorar sus
condiciones materiales de existencia, respaldan proyectos que reducen derechos
sociales conquistados históricamente y apoyan liderazgos que promueven
discursos de exclusión, odio o discriminación.
Este fenómeno no
puede explicarse únicamente por la falta de información o por errores de
cálculo electoral. Se trata de un problema más profundo relacionado con la
cultura política, la construcción de identidades colectivas y los mecanismos de
reproducción ideológica del poder.
Cuando aquí
hablamos de "estupidez política" no nos referimos a una condición
intelectual individual ni a una incapacidad cognitiva. Nos referimos a una
práctica social mediante la cual individuos y colectivos terminan actuando en
contra de sus propios intereses democráticos, económicos y ciudadanos. Es una
forma de alienación política que transforma a las víctimas de la desigualdad en
defensoras de las estructuras que la producen y la reproducen.
La estupidez
política constituye, por tanto, una de las formas más eficaces de dominación
contemporánea porque logra que los dominados participen activamente en la
conservación de las condiciones que limitan su bienestar, sus libertades y sus
posibilidades de emancipación.
1. VOTAR CONTRA
UNO MISMO
La esencia de la
ciudadanía democrática consiste en utilizar el poder político para ampliar las
posibilidades de una vida digna. Sin embargo, una parte importante de las
sociedades contemporáneas parece actuar en dirección contraria.
Resulta paradójico observar cómo amplios sectores populares apoyan políticas
que debilitan los sistemas públicos de salud, educación, vivienda o protección
social, aun cuando son precisamente esos sectores quienes más dependen de
dichos servicios. La paradoja se vuelve aún más evidente cuando se respaldan
proyectos políticos que concentran riqueza, reducen la intervención estatal en
favor del interés general y fortalecen mecanismos de exclusión económica.
La estupidez
política aparece cuando la ciudadanía deja de evaluar las políticas públicas a
partir de sus efectos concretos sobre la calidad de vida y comienza a hacerlo
desde emociones negativas, prejuicios ideológicos o identidades construidas
artificialmente.
En estas
circunstancias, el voto deja de ser una herramienta de transformación
democrática para convertirse en un instrumento de autoperjuicio colectivo.
2. LA POLÍTICA
DEL ODIO
Las democracias
saludables se sostienen sobre el pluralismo, el reconocimiento de la diferencia
y la capacidad de tramitar pacíficamente los conflictos sociales. Sin embargo,
durante las últimas décadas se ha expandido una política basada en la construcción
sistemática de enemigos.
El adversario
deja de ser un competidor legítimo y se convierte en una amenaza existencial
que debe ser eliminada, perseguida o silenciada. La política abandona la
deliberación racional y adopta la lógica de la guerra cultural permanente.
Esta
transformación tiene consecuencias profundas. Cuando el odio se convierte en el
principal movilizador político, los ciudadanos dejan de votar por propuestas y
comienzan a votar contra personas, grupos sociales o identidades específicas.La democracia
se degrada porque pierde su capacidad integradora y se transforma en un
escenario de confrontación permanente donde la venganza sustituye a la razón
pública.
Las sociedades
dominadas por la política del resentimiento son especialmente vulnerables al
autoritarismo porque terminan aceptando restricciones a las libertades,
debilitamiento institucional y concentración del poder bajo la promesa de
derrotar al enemigo construido discursivamente.
4. APOROFOBIA y
DESPRECIO POR LOS EXCLUIDOS
Uno de los
síntomas más visibles de la estupidez política contemporánea es la aporofobia,
es decir, el rechazo y desprecio hacia las personas pobres.
Paradójicamente, muchas sociedades muestran altos niveles de tolerancia frente
a la riqueza extrema, incluso cuando esta proviene de privilegios heredados,
corrupción o captura de recursos públicos. Sin embargo, manifiestan una
profunda hostilidad hacia quienes sufren condiciones de pobreza o exclusión.
Esta inversión
moral resulta funcional para la reproducción de la desigualdad. En lugar de
cuestionar las estructuras económicas que generan pobreza, se responsabiliza
individualmente a quienes la padecen. El pobre aparece como culpable de su
situación mientras los mecanismos que producen concentración de riqueza
permanecen invisibles.
La estupidez
política se expresa entonces en la incapacidad para comprender que la pobreza
no constituye una falla moral individual sino un problema estructural
relacionado con las oportunidades, la distribución de recursos y las formas de
organización económica de una sociedad.
5. EL
ATAQUE CONTRA LO PÚBLICO
Otro rasgo
característico de la ciudadanía políticamente alienada es su hostilidad hacia
lo público.
En numerosos
países se ha consolidado una narrativa según la cual el Estado representa
siempre ineficiencia, corrupción o despilfarro, mientras el mercado aparece
como solución universal para todos los problemas colectivos.
Esta visión
ignora una realidad elemental: los principales derechos fundamentales dependen
de instituciones públicas sólidas. La educación pública, la salud pública, la
justicia, la seguridad ciudadana, la infraestructura y los sistemas de
protección social constituyen pilares esenciales de cualquier democracia
moderna.
Atacar
sistemáticamente lo público equivale a debilitar los instrumentos que permiten
garantizar derechos e igualdad de oportunidades.
La paradoja es
evidente: quienes más necesitan de estos servicios suelen convertirse en
algunos de sus principales detractores, apoyando procesos de privatización o
desfinanciación que terminan afectando directamente sus condiciones de vida.
6. GUERRA, PAZ y
RACIONALIDAD POLÍTICA
La historia
demuestra que prácticamente todos los conflictos armados terminan mediante
algún tipo de negociación política.
Sin embargo, una
parte significativa de la ciudadanía suele rechazar cualquier proceso de
diálogo o construcción de paz, incluso cuando las alternativas disponibles son
la prolongación indefinida de la violencia o el aumento del sufrimiento
colectivo en los territorios.
La estupidez
política se manifiesta aquí como incapacidad para reconocer que la paz no es un
acto de ingenuidad sino una necesidad histórica. Apoyar la guerra como
horizonte permanente implica aceptar costos humanos, económicos y sociales
extraordinarios. Significa normalizar la muerte, la destrucción y la
fragmentación del tejido social.
Por supuesto,
los procesos de paz son complejos, imperfectos y están llenos de
contradicciones. Pero rechazar toda posibilidad de diálogo por principio suele
conducir a escenarios mucho más destructivos en una guerra infinita e
indefinida.
La paz
constituye una construcción política difícil; la guerra, en cambio, suele ser
el camino más sencillo para quienes renuncian a la inteligencia colectiva.
7. CORRUPCIÓN,
CLIENTELISMO y CULTURA POLÍTICA
La corrupción no
prospera únicamente por la existencia de funcionarios corruptos. También
requiere entornos culturales que la toleren, la justifiquen o incluso la
premien.
Cuando los
ciudadanos continúan apoyando electoralmente a quienes utilizan prácticas
clientelistas, cuando aceptan el nepotismo como forma normal de ejercicio del
poder o cuando relativizan el saqueo de los recursos públicos por razones
partidistas, contribuyen activamente a la reproducción del problema. La
estupidez política aparece cuando los principios éticos son subordinados a las
lealtades ideológicas.
En esos
contextos, la corrupción deja de ser juzgada por sus efectos sobre la sociedad
y comienza a evaluarse según quién la comete. La democracia pierde entonces uno
de sus fundamentos esenciales: la igualdad de todos ante la ley.
8. PATRIOTISMO y
SUBORDINACIÓN
Una de las
contradicciones más frecuentes de la política contemporánea consiste en la
coexistencia entre discursos intensamente nacionalistas y actitudes
profundamente subordinadas frente a poderes externos. Se habla constantemente
de patria, soberanía e identidad nacional, pero al mismo tiempo se aceptan sin
cuestionamiento relaciones internacionales marcadas por profundas asimetrías
económicas, financieras o geopolíticas.
El patriotismo
auténtico no consiste en repetir consignas ni en exhibir símbolos nacionales.
Consiste en defender la capacidad de una sociedad para decidir soberana y
autónomamente sobre su futuro, proteger sus recursos estratégicos y garantizar
condiciones dignas para su población.
La estupidez
política aparece cuando el lenguaje patriótico es utilizado para encubrir
formas de dependencia o subordinación que terminan debilitando la soberanía
efectiva de las naciones, entregando sus patrimonios estratégicos y sometiendo
su libertad política.
IDEAS PARA
ORIENTAR UNA REFLEXION CRITICA
La estupidez
política no es un problema de inteligencia individual. Es una construcción
cultural que separa a los ciudadanos de sus intereses democráticos más
profundos. Se expresa cuando se vota contra los derechos fundamentales, cuando
se reemplaza la deliberación por el odio, cuando se desprecia a los pobres,
cuando se ataca lo público, cuando se glorifica la guerra, cuando se tolera la
corrupción y cuando se confunde patriotismo con obediencia externa.
Frente a estas
tendencias, la tarea fundamental de las democracias consiste en fortalecer una
ciudadanía crítica, informada y consciente de sus propios intereses colectivos.
La democracia no
puede sobrevivir únicamente mediante elecciones periódicas. Requiere ciudadanos
capaces de comprender que la libertad individual depende también de derechos
sociales, que la igualdad fortalece la convivencia y que la dignidad humana
constituye el fundamento último de cualquier proyecto político legítimo.
La verdadera
inteligencia política consiste precisamente en eso: reconocer que el bienestar
propio está inseparablemente ligado al bienestar de los demás y que ninguna
sociedad puede prosperar cuando convierte el odio, la exclusión y la ignorancia
en principios de organización colectiva.
Ojalá el próximo
21 de junio no llegue a las urnas LA ESTUPIDEZ POLÍTICA COMO CIUDADANÍA
DE ODIO.
CARLOS MEDINA
GALLEGO
Historiador- Analista Político
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