LA GUERRA DESDE EL AIRE
Drones, asimetría tecnológica y
transformación
del conflicto armado colombiano
Una mutación silenciosa de la guerra
La guerra colombiana está
experimentando una transformación que puede resultar tan importante como lo
fueron, en otros momentos, la generalización de las minas antipersonal, los
artefactos explosivos improvisados, los francotiradores, las comunicaciones encriptadas
o la utilización intensiva de inteligencia electrónica. Los grupos armados
ilegales han comenzado a incorporar sistemáticamente sistemas aéreos no
tripulados —UAS o drones— a sus operaciones militares.
No se trata simplemente de la
aparición de una nueva arma. Lo verdaderamente significativo es que los drones
están modificando la relación entre territorio, combatiente, distancia,
información, sorpresa y vulnerabilidad.
La guerra irregular colombiana
había sido predominantemente terrestre. El dominio del terreno, la movilidad de
pequeñas unidades, el conocimiento de caminos y corredores, las emboscadas, los
campos minados y los ataques contra instalaciones constituían componentes
esenciales de su gramática operacional. El dron introduce una tercera dimensión
accesible a organizaciones que históricamente carecieron de poder aéreo.
Por primera vez, una estructura
irregular relativamente pequeña puede adquirir por unos cuantos miles de
dólares una capacidad elemental de observación aérea, inteligencia táctica,
corrección de fuego y ataque desde el aire.
Esto constituye una forma
particular de democratización tecnológica de la guerra.
1. DE LA GUERRILLA TERRESTRE A LA GUERRILLA AÉREA DE BAJO
COSTO
La importancia estratégica del
dron no radica exclusivamente en su potencia destructiva. Un pequeño dron
comercial difícilmente puede compararse con una aeronave militar convencional.
Su ventaja está en otra parte: la extraordinaria relación entre costo,
disponibilidad, precisión relativa y riesgo para quien lo opera.
Las organizaciones ilegales
pueden emplear drones comerciales modificados para realizar, principalmente,
cuatro funciones:
Primera: reconocimiento.
Observar posiciones militares, movimientos de tropas, puestos de policía,
carreteras, bases, campamentos y rutas logísticas.
Segunda: inteligencia táctica.
Identificar horarios, rutinas, concentraciones de personal, movimientos de
vehículos y vulnerabilidades defensivas.
Tercera: lanzamiento de
explosivos. Adaptar mecanismos que permiten transportar y liberar cargas
explosivas sobre posiciones determinadas.
Cuarta: ataque de impacto o
FPV. Convertir el propio dron en un vehículo de ataque que se dirige contra
el objetivo.
Estas funciones pueden
combinarse. El resultado es particularmente preocupante: un grupo irregular
puede observar primero el objetivo, seleccionar el momento de mayor
vulnerabilidad y posteriormente atacarlo sin exponer directamente a sus
combatientes.
Ese fenómeno altera uno de los
principios tradicionales de la guerra de guerrillas: la necesidad de
aproximarse físicamente al adversario.
2. EL CRECIMIENTO EXTRAORDINARIO DEL FENÓMENO
La velocidad con la cual esta
tecnología se ha incorporado al conflicto colombiano constituye quizás el
indicador más preocupante. UNMAS señaló, citando cifras del Ministerio de
Defensa, que durante 2025 se registraron 333 ataques efectivos mediante drones
armados, frente a 61 incidentes durante 2024, lo que representa un incremento
del 445 %.
Existen diferencias entre fuentes
y metodologías. Reuters reportó otra serie oficial según la cual se habían
contabilizado 264 incidentes, con 15 soldados muertos y 153 heridos. Estas
discrepancias probablemente responden a diferencias entre “incidentes”,
“ataques” y “ataques efectivos”, por lo que resulta metodológicamente
incorrecto presentar cualquiera de estas cifras como absolutamente definitiva.
Para 2026, los datos públicos
permiten reconstruir parcialmente la progresión. Al 20 de mayo se informaban
107 ataques, con dos militares muertos y más de cien heridos.
Hacia julio, otra información
periodística situaba el acumulado en 172 ataques con drones cargados de
explosivos, con seis militares muertos, cinco civiles fallecidos y 141 heridos.
Por consiguiente, a agosto de
2026 puede afirmarse con prudencia que la cifra documentada públicamente supera
los 170 ataques durante el año, pero no resulta responsable establecer todavía
un total definitivo.
Más importante que la cifra
exacta es la tendencia. Colombia ha pasado en pocos años de registrar ataques
excepcionales con drones a enfrentar una capacidad operacional relativamente
sistemática de las organizaciones armadas ilegales.
3. ¿QUIÉNES LOS ESTÁN UTILIZANDO?
La utilización se encuentra
principalmente asociada a estructuras de las disidencias de las antiguas FARC y
al ELN. La mayor concentración se ha observado en territorios donde estas
organizaciones mantienen capacidad de control territorial o confrontación
abierta: Cauca, Nariño, Valle del Cauca, Norte de Santander, Antioquia, sur de
Bolívar, Meta y zonas del suroriente colombiano.
En el Catatumbo, por ejemplo, la
Fundación Paz y Reconciliación documentó once acciones durante el primer
semestre de 2026 relacionadas con esta modalidad, en el contexto de la
confrontación entre el ELN y el Frente 33. Esto demuestra otro fenómeno
significativo: los drones no solamente están siendo empleados contra el Estado.
También están entrando en las guerras entre organizaciones armadas ilegales.
La tecnología puede convertirse
entonces en instrumento para disputar corredores del narcotráfico, enclaves
productivos, rutas de movilidad y control territorial.
4. ¿QUÉ DRONES ESTÁN UTILIZANDO?
No parece existir un único modelo
estandarizado. Precisamente allí reside una de las dificultades para
combatirlos. Se utilizan principalmente plataformas comerciales multirrotor
modificadas, adquiridas inicialmente para fotografía, agricultura, inspección o
actividades recreativas. También aparecen plataformas de mayor capacidad y
configuraciones adaptadas artesanalmente.
Reportes técnicos divulgados en
enero de 2026 indican que algunas plataformas detectadas tendrían
aproximadamente: alturas operacionales de 380 a 500 metros; alcances
aproximados de 4 a 8 kilómetros; autonomías de 30 a 60 minutos según
configuración; capacidades de carga que pueden alcanzar unos cinco kilogramos,
e incluso algo más en determinadas plataformas modificadas.
No significa que todos los drones
utilizados por los grupos ilegales tengan esas capacidades. Los modelos
pequeños transportan cargas considerablemente menores. El problema estratégico
consiste precisamente en la diversidad. Un aparato relativamente pequeño puede
utilizarse para vigilancia; uno mediano puede transportar una munición
improvisada; y plataformas mayores pueden incrementar significativamente la
carga útil.
Además, durante 2026 apareció una
innovación particularmente preocupante: drones controlados mediante fibra
óptica. Esta tecnología disminuye la eficacia de determinados sistemas
tradicionales de interferencia electrónica, porque el vínculo entre operador y
aeronave no depende exclusivamente de una señal de radio convencional. En
febrero de 2026 se reportó un ataque contra el cantón militar San Jorge
utilizando esta modalidad.
Incluso fue localizado en Bogotá
un dron que incorporaba cableado de fibra óptica y transportaba 258 gramos de
C4, a unos 5,4 kilómetros del Comando Aéreo de Transporte Militar, cerca de El
Dorado.
Este hecho posee una enorme
significación estratégica: la amenaza dejó de estar circunscrita exclusivamente
a zonas rurales periféricas.
5. LOS DRONES COMO ARTILLERÍA AÉREA IMPROVISADA
Una parte importante de los
ataques consiste en convertir drones comerciales en plataformas capaces de
transportar municiones modificadas. Las autoridades encontraron en febrero de
2026, en El Castillo, Meta, 190 granadas adaptadas para ser utilizadas desde
drones, además de granadas de mortero, minas antipersonal y detonadores.
Esto permite comprender que no
estamos frente a experimentos aislados. Existe una incipiente cadena logística
de guerra con drones: adquisición de aeronaves; modificación de componentes; fabricación
o adaptación de mecanismos; preparación de municiones; entrenamiento de
operadores; observación de objetivos; planificación; y ejecución de ataques.
La aparición de piezas producidas
mediante impresión 3D añade otro elemento: algunas organizaciones están
aprendiendo a reducir costos y sustituir componentes utilizando fabricación
descentralizada. La consecuencia estratégica es importante. Destruir un dron no
necesariamente destruye la capacidad enemiga. La plataforma puede ser
reemplazada rápidamente.
6. ALGUNOS ATAQUES QUE ILUSTRAN EL CAMBIO
Un episodio precursor ocurrió el
1 de junio de 2024 en Suárez, Cauca, cuando fueron utilizados doce drones de
manera coordinada contra una base militar; cinco alcanzaron el objetivo. El
valor militar del episodio estuvo menos en el daño producido que en demostrar
la posibilidad de efectuar ataques simultáneos destinados a saturar defensas.
Otro episodio significativo
ocurrió el 28 de febrero de 2026 en el sur de Bolívar, cuando un helicóptero
del Ejército fue atacado mediante explosivos transportados por drones y ocho
militares resultaron heridos.
En mayo se produjeron otros dos
ataques en Bolívar, uno atribuido a disidencias y otro al ELN; uno de ellos
produjo la muerte de un soldado. Pero quizás el dato más importante es
acumulativo. Desde 2024 hasta comienzos de marzo de 2026 se habían registrado,
según una recopilación publicada entonces, 449 atentados con drones, 435
heridos y 53 uniformados muertos.
El daño tampoco debe medirse
exclusivamente mediante muertos y heridos. Los drones producen daño
operacional, psicológico y territorial. Obligan a las tropas a dispersarse,
modifican rutinas, dificultan concentraciones, amenazan puestos fijos, generan
temor durante desplazamientos y aumentan la vulnerabilidad de helicópteros,
vehículos e instalaciones.
Y existe un problema todavía más
grave: la población civil.
UNMAS ha advertido que la
utilización de sistemas aéreos no tripulados con cargas explosivas incrementa
los riesgos humanitarios, particularmente cuando se emplean municiones
improvisadas cuya precisión y confiabilidad son limitadas.
7. UNA REVOLUCIÓN DE LA ASIMETRÍA
El fenómeno debe comprenderse
dentro de una transformación mundial de la guerra. Ucrania demostró a escala
industrial que una plataforma comercial relativamente barata puede destruir o
inutilizar equipos cuyo valor económico es cientos o miles de veces superior. Las
organizaciones colombianas están extrayendo lecciones de esos conflictos.
Esto produce una paradoja
estratégica: el Estado posee superioridad aérea, pero el actor irregular está
adquiriendo micro- capacidad aérea distribuida.La Fuerza Aeroespacial puede
controlar el espacio aéreo convencional y, simultáneamente, una patrulla
terrestre puede resultar vulnerable frente a un pequeño cuadricóptero que
aparece a pocos centenares de metros. No existe contradicción. Son dos escalas
diferentes de poder aéreo. La aviación militar tradicional controla grandes
espacios; el dron comercial armado disputa el espacio aéreo táctico inmediato
situado sobre las tropas.
8. ¿ESTÁ PREPARADA LA FUERZA PÚBLICA?
La respuesta debe ser matizada. Colombia
ya reconoció formalmente la amenaza y comenzó a desarrollar una arquitectura
específica de defensa. El proyecto Escudo Nacional Antidrones fue concebido con
una inversión anunciada superior a 6,3 billones de pesos, con aproximadamente
un billón destinado inicialmente a su primera fase.
El Ministerio de Defensa
estructuró una combinación de sistemas: fijos; semifijos; tácticos vehiculares;
equipos para unidades a flote; sistemas portátiles; y detectores portátiles de
UAS. Esto representa conceptualmente la dirección correcta: no existe una única
arma antidron capaz de resolver todo el problema. Sin embargo, la velocidad de
adaptación de las organizaciones ilegales ha sido superior a la velocidad
institucional de adquisición y despliegue tecnológico. Las propias
informaciones disponibles han señalado deficiencias históricas en cobertura,
detección e interferencia. Sistemas anteriores resultaron insuficientes o
presentaron problemas operacionales.
En julio de 2026, además, se
conocieron dificultades relacionadas con un contrato destinado a proporcionar
equipos antidrones para Norte de Santander. Por tanto, el problema colombiano
no consiste únicamente en comprar sistemas antidrones. Consiste en construir
una verdadera doctrina nacional de guerra contra sistemas aéreos no tripulados.
9. UNA ESTRATEGIA INTEGRAL ANTIDRON
Colombia necesita una estrategia
construida mediante capas sucesivas de protección.
Primera capa: inteligencia.
La mejor forma de neutralizar un ataque es impedir que sea preparado. Esto
requiere identificar redes de adquisición, talleres clandestinos, operadores
especializados, rutas de suministro, importadores irregulares y lugares de
entrenamiento. La inteligencia debe considerar al operador y la cadena
logística como elementos centrales del sistema.
Segunda capa: detección.
Las unidades desplegadas en territorios críticos necesitan capacidad
permanente para advertir tempranamente la presencia de UAS. La respuesta debe
combinar diferentes tipos de sensores porque ningún sistema aislado garantiza
cobertura completa.
Tercera capa: neutralización.
La defensa debe disponer de alternativas escalonadas y jurídicamente
controladas para interrumpir o neutralizar aeronaves hostiles. La
aparición de sistemas guiados por fibra óptica demuestra por qué depender
exclusivamente de interferencia electrónica sería insuficiente.
Cuarta capa: protección
pasiva. Esta probablemente sea la medida más económica e inmediata. Las
posiciones militares deben rediseñarse pensando también verticalmente. Durante
décadas las bases colombianas fueron construidas para enfrentar ataques
terrestres. Ahora necesitan reducir exposición aérea mediante cubiertas,
dispersión, protección de puntos críticos, ocultamiento, reducción de firmas y
protocolos específicos de alarma.
Quinta capa: movilidad.
Una unidad estática y predecible constituye un blanco mucho más sencillo.
Debe reducirse la previsibilidad de horarios, desplazamientos,
abastecimientos y concentraciones de personal.
Sexta capa: entrenamiento. Cada
soldado y policía desplegado en zonas críticas debe reconocer que el cielo
inmediato forma parte del campo de batalla. La reacción frente a
drones debe convertirse en entrenamiento básico, del mismo modo que durante
décadas se enseñaron procedimientos frente a emboscadas, minas y
francotiradores.
Séptima capa: mando
especializado. Colombia necesita consolidar una capacidad conjunta
permanente que reúna Fuerzas Militares, Policía, inteligencia, industria
nacional, universidades y organismos especializados. No basta con
comprar tecnología extranjera. Debe construirse capacidad nacional de
investigación, mantenimiento, actualización y producción tecnológica.
Octava capa: protección de
civiles y Derecho Internacional Humanitario. La respuesta estatal no
puede reproducir la lógica indiscriminada del adversario. La estrategia
debe incorporar sistemas de alerta comunitaria, protocolos para instalaciones
civiles, hospitales, escuelas y poblaciones situadas cerca de instalaciones
militares.
La OEA ha señalado precisamente
la necesidad de complementar las capacidades estatales antidrones con medidas
que permitan a las comunidades adoptar comportamientos seguros frente a estas
amenazas.
10. LA GUERRA QUE VIENE
El error más grave sería pensar
que el problema consiste simplemente en comprar mejores inhibidores. Estamos
frente a una competencia permanente de innovación. Cada defensa produce una
adaptación.
Si se bloquean frecuencias,
aparecen alternativas de navegación o enlaces diferentes. Si se protegen las
instalaciones, aumentan los ataques contra unidades móviles. Si mejora la
detección, pueden aparecer plataformas más pequeñas o vuelos con perfiles diferentes.
La ventaja estratégica estará entonces en la velocidad del aprendizaje.
Las Fuerzas Armadas deberán
desarrollar una organización capaz de detectar, aprender, modificar
procedimientos y desplegar soluciones más rápidamente que las organizaciones
ilegales. Ese es probablemente el principal desafío.
A MANERA DE CIERRE: EL CIELO BAJO TAMBIÉN SE CONVIRTIÓ EN
TERRITORIO DE DISPUTA
Durante décadas, la Fuerza
Pública colombiana tuvo una ventaja decisiva frente a las guerrillas: el
dominio prácticamente absoluto del aire. Esa superioridad estratégica continúa
existiendo. Pero debajo del espacio aéreo controlado por aviones y helicópteros
ha aparecido otro espacio: el cielo bajo de los pequeños drones.
Allí las diferencias tecnológicas
entre Estado e insurgencia se reducen dramáticamente. Un grupo armado que no
puede comprar un avión de combate puede adquirir centenares de drones
comerciales. No necesita construir una pista, formar pilotos durante años ni
mantener una compleja infraestructura aeronáutica. Necesita operadores,
talleres, componentes electrónicos, explosivos y conocimiento técnico.
Ese cambio altera profundamente
la economía política de la violencia. La guerra aérea, históricamente
monopolizada por los Estados, comienza a fragmentarse. Los drones convierten el
aire inmediato sobre una patrulla, una estación de policía, un puesto militar o
una comunidad rural en un nuevo territorio de confrontación. Por eso Colombia
no enfrenta simplemente una nueva arma, sino una modificación de la gramática
de su conflicto armado.
La respuesta tampoco puede
limitarse a comprar aparatos. Debe combinar inteligencia, detección, guerra
electrónica, protección física, innovación nacional, entrenamiento,
reorganización operacional, persecución de las cadenas logísticas y protección
rigurosa de la población civil.
Pero existe una enseñanza
adicional. Los drones no sustituyen las formas tradicionales de guerra: las
complementan. Pueden actuar junto a minas, francotiradores, explosivos
improvisados, ataques terrestres y acciones de hostigamiento. Esa integración
multiplica su capacidad de producir incertidumbre y desgaste. La transformación
fundamental puede resumirse en una frase: la guerra irregular colombiana dejó
de desarrollarse exclusivamente sobre el territorio; ahora también se libra
sobre las cabezas de quienes lo disputan. Y quien comprenda primero esa
transformación, construya doctrina alrededor de ella y aprenda más rápido que
su adversario tendrá una ventaja decisiva en la nueva etapa del conflicto
colombiano.
CARLOS
MEDINA GALLEGO
Historiador –
Analista Político
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