LA
POLÍTICA COMO NEGOCIO
Degradación
democrática, precarización del liderazgo y fractura del proyecto colectivo
nacional
La política, concebida originalmente como el arte y la responsabilidad de
gobernar en función del bien común, ha sido progresivamente vaciada de
contenido ético, de visión estratégica y de vocación pública.
En las últimas décadas —y con mayor intensidad en los años recientes— ha
emergido un fenómeno particularmente nocivo para la democracia latinoamericana:
la mercantilización de la política, entendida como la transformación de los
cargos públicos en instrumentos de enriquecimiento personal, ascenso social,
protección de intereses privados o satisfacción de ambiciones individuales, sin
que sea menos importante la instrumentalización que hace de ella las empresas
de contratistas, la delincuencia común y los grupos armados ilegales de todo
tipo.
Este fenómeno ha permitido que “cualquiera” —sin preparación, sin
pensamiento estratégico, sin comprensión del Estado y sin compromiso con las
mayorías excluidas— se postule, ocupe cargos o ejerza poder, amparado en un
discurso superficial, emocional y desprovisto de un proyecto de país.
En este ensayo se examinan las condiciones histórico-políticas que han
permitido esta degradación; los mecanismos contemporáneos que han reforzado la
política como negocio; el impacto sobre la institucionalidad democrática; y los
efectos sobre la producción de políticas públicas. Finalmente, se plantea una
crítica contundente a la tendencia transversal —derecha e izquierda por igual—
de precarizar el ejercicio político y sustituir el proyecto nacional por
intereses faccionales, identitarios o clientelares.
1. CONTEXTO HISTÓRICO: de la política como servicio público a la política
como botín
La política latinoamericana ha sufrido procesos cíclicos de captura,
privatización y corrupción del espacio público desde el siglo XIX. En Colombia,
la tradición bipartidista consolidó durante más de un siglo un sistema político
basado en clientelas, intercambios prebendales, lealtades personales y no en
méritos o programas. Sin embargo, esta forma de hacer política, si bien
excluyente, poseía reglas internas relativamente claras: las élites
tradicionales se formaban en el ejercicio de gobierno, seguían trayectorias
institucionales y asumían —aunque de manera limitada y paternalista— cierta
responsabilidad por la estabilidad del Estado.
Este modelo entró en crisis en la segunda mitad del siglo XX. La
violencia bipartidista, el Frente Nacional, el crecimiento urbano, la
ampliación del sufragio y la irrupción de nuevos actores (movimientos sociales,
insurgencias, guerrillas desmovilizadas, empresarios emergentes, mafias
económicas, iglesias, medios de comunicación y ahora influenciadores digitales)
reconfiguraron el campo político. A partir de los años ochenta, la política se
democratizó numéricamente pero se degradó éticamente.
Con la Constitución de 1991 se buscó profesionalizar la actividad
pública, garantizar participación y abrir el sistema político. Sin embargo, la
apertura coincidió con procesos de captura del Estado por parte de élites
económicas criminales —especialmente las ligadas al narcotráfico— que vieron en
la política una vía para legitimar fortunas, obtener protección institucional,
influir en decisiones o monopolizar territorios. El fenómeno conocido como
“narcopolítica” demostró que el acceso al poder dejó de depender de la
preparación o la visión de país, y pasó a depender de la capacidad de financiar
campañas, controlar votos o intimidar opositores.
Este histórico deterioro produjo un escenario en el que “cualquiera”
podría llegar a la política, no porque se democratizara la meritocracia, sino
porque se precarizó la exigencia mínima para gobernar.
2. LA POLÍTICA COMO NEGOCIO: Clientelismo, nepotismo y corrupción
estructural
Hoy la política funciona como una economía política del intercambio,
donde tres lógicas convergen:
a) El clientelismo moderno
El clientelismo ya no es solo la entrega de favores o bienes a cambio de
votos. Se ha sofisticado como un sistema de administración de contratos, cargos
y recursos destinados a financiar maquinarias electorales. La contratación
estatal —particularmente en alcaldías, gobernaciones y entidades
descentralizadas— se convirtió en un mercado, donde cada actor político maneja
“cuotas” y “bolsas de contratación”.
En este modelo, un candidato no necesita una visión de país, sino un
patrocinador con capacidad de financiar su campaña. La política se convierte
así en una inversión económica que debe recuperarse mediante el acceso al
presupuesto público.
b) El nepotismo como mecanismo de control
La naturalización del nepotismo —familias enteras que gobiernan regiones,
ocupan curules, administran alcaldías y gestionan contratos— se ha convertido
en una forma de concentración del poder que bloquea la renovación generacional,
impide el ingreso de perfiles preparados y reproduce prácticas patrimoniales.
El fenómeno de las “casas políticas” muestra que buena parte de los cargos no
están diseñados para servir a la sociedad, sino para preservar redes familiares
de poder.
c) La corrupción estructural
La corrupción no es un accidente, sino un sistema integrado en la forma
actual de hacer política. Se articula con la financiación irregular de
campañas, el sobrecosto en contratos, la manipulación de regalías, la captura
de órganos de control, el cabildeo empresarial y la colusión institucional. En
este escenario, la preparación profesional del candidato es irrelevante: lo que
importa es su capacidad de intermediar intereses.
3. LA FIGURA DEL CANDIDATO “CUALQUIERA”: Vaciamiento intelectual y
precarización del liderazgo
En Colombia (y buena parte de la región) asistimos a la proliferación de
candidatos improvisados: influenciadores, presentadores de televisión,
pastores, actores, empresarios, activistas coyunturales, outsiders sin
experiencia pública, líderes con discursos mesiánicos o figuras emergentes sin
trayectoria.
Este “cualquiera” no accede a la política por compromiso social, sino por
tres razones principales: 1. Interés económico: ver la política como una
profesión rentable. 2. Escalamiento simbólico: buscar fama, visibilidad o
prestigio social. 3. Ambición personal: sentirse “con derecho” a gobernar sin
demostrar capacidad.
Este fenómeno está ligado a un vaciamiento conceptual de lo político: Se
reemplaza el conocimiento del Estado por anécdotas personales; se sustituye la
visión de país por discursos emocionales de coyuntura; se reduce el debate
programático a slogans superficiales; se trivializan los problemas
estructurales —desigualdad, pobreza, informalidad, violencia, transformación
productiva— en promesas simplistas.
Hoy cualquiera cree que puede ser presidente o presidenta porque la
política dejó de exigir preparación, experiencia, lectura del mundo y ética
pública. En vez de ser una responsabilidad, se convirtió en una plataforma.
4. LA SEGURIDAD CIUDADANA COMO EXCUSA PARA LA PRECARIZACIÓN
PROGRAMÁTICA
Una característica recurrente en esta nueva clase política es que sus
discursos giran casi exclusivamente en torno a la seguridad ciudadana, pero de
forma reactiva, populista y desarticulada de un proyecto estratégico nacional.
La seguridad se convierte en un eslogan electoral, no en una política pública
integral.
El énfasis en la seguridad responde a cuatro tendencias:
1. Es un tema de alto impacto emocional: miedo, angustia y percepción de
inseguridad son fácilmente instrumentalizables.
2. Permite discursos simples: “más policías”, “mano dura”, “cárcel para
todos”.
3. Oculta la falta de propuesta económica, social o ambiental.
4. Evita la complejidad de discutir reformas estructurales: tributaria
progresiva, transición energética, industrialización, salud, educación,
justicia y distribución del poder.
Al centrarse en la seguridad como único eje programático, los candidatos
ocultan su falta de formación en Estado, historia económica, política
internacional, gestión pública, derechos humanos y desarrollo territorial.
La política quedaría así reducida a administrar miedos en lugar de
construir futuro como bienestar, justicia social, democracia autentica y, desde
luego, seguridad en un sentido amplio.
5. LA AUSENCIA DE PROYECTO DE PAÍS: desarticulación con lo regional y lo
global
Los nuevos candidatos de la política-negocio carecen de visión sistémica:
no entienden la posición de Colombia en América Latina, la importancia de la
integración regional, la diplomacia económica, los retos de la transición
productiva mundial, ni el impacto de la geopolítica contemporánea.
La consecuencia es grave: Colombia queda gobernada por líderes que solo
piensan en la próxima elección, no en las próximas décadas.
No existen diagnósticos sobre: la transformación del modelo extractivo;
la crisis climática; la economía digital; las cadenas globales de valor; la
reconfiguración del conflicto armado; la revolución tecnológica; la fragilidad
de la democracia en el continente.
La política sin visión se traduce en improvisación, oportunismo y
parálisis institucional.
6. DEGRADACIÓN DEL SENTIDO DE LO PÚBLICO: la política ya no es para
servir, sino para servirse
Un rasgo central de esta precarización política es el desplazamiento del
sentido ético del servicio público. Antes, incluso en contextos de desigualdad
extrema, la política tenía un mínimo reconocimiento como espacio de
responsabilidad. Hoy predominan tres concepciones degradadas:
a) La política como carrera privada. Los cargos públicos se convierten en
un trampolín laboral. Un concejal busca ser representante; un representante
busca ser senador; un senador busca ser ministro; un ministro busca ser
presidente. No por compromiso, sino por acumulación de poder.
b) La política como inversión. El candidato invierte recursos —propios o
de terceros— esperando un retorno: contratos, secretarías, puestos,
participación en negocios, concesiones, licencias.
c) La política como protección. El acceso a un cargo otorga fueros,
influencia, capacidad de evitar investigaciones y poder de negociación con
agentes estatales y privados.
En este modelo, la política dejó de ser un mecanismo para resolver
problemas públicos y se transforma en un negocio personalista que reproduce
desigualdades y bloquea el desarrollo nacional.
7. LA CRISIS ES TRANSVERSAL: Derecha e izquierda participan por igual en
la degradación
Es un error creer que este fenómeno es patrimonio exclusivo de la derecha
tradicional. La izquierda —o quienes se autodenominan progresistas— también ha
reproducido prácticas clientelistas, nepotistas o improvisadas cuando acceden
al poder. En muchos casos: replican las lógicas que antes criticaban; nombran
amigos sin idoneidad; construyen maquinarias territoriales; manipulan discursos
identitarios para ocultar vacíos programáticos; administran el Estado con
improvisación técnica.
La derecha instrumentaliza el miedo; la izquierda instrumentaliza la
indignación. Ambas se alejan de la construcción de un proyecto colectivo, ambas
se refugian en relatos emocionales, ambas descuidan la formación de cuadros
políticos y ambas han permitido que la política se convierta en un campo de
disputa entre intereses faccionales y no de construcción de bienestar.
8. CONSECUENCIAS PARA LA DEMOCRACIA y EL ESTADO
La degradación de la política genera cinco impactos estructurales:
a) Desconfianza creciente de la ciudadanía. La gente percibe que la
política no resuelve, no transforma, no protege. La abstención crece y la
legitimidad del sistema democrático se erosiona.
b) Fragmentación del proyecto nacional. Sin visión estratégica, el Estado
se convierte en un conjunto de decisiones aisladas y contradictorias.
c) Incapacidad para enfrentar problemas estructurales. La
política-negocio no puede diseñar ni ejecutar políticas de largo plazo: ni
desarrollo productivo, ni reforma fiscal, ni paz territorial, ni transición
energética.
d) Penetración de intereses criminales y empresariales. Cuando la
política está en venta, quien posee recursos —legales o ilegales— puede
capturar decisiones públicas.
e) Pérdida del sentido republicano del poder. El poder deja de ser una
responsabilidad ética para convertirse en una mercancía.
IDEAS FUERZA A MANERA DE CIERRE
La política, en su forma más noble, debería ser un proceso de
construcción colectiva orientado a garantizar derechos, distribuir
oportunidades, resolver conflictos y proyectar el destino de un país.
En Colombia, sin embargo, se ha convertido en un negocio que atrae
a individuos movidos por el ego, la codicia, el oportunismo o el deseo de
poder. Esta degradación no distingue entre derecha e izquierda: ambas han
contribuido, con diferentes lenguajes y estéticas, a la precarización del
liderazgo y al vaciamiento del sentido público.
La derecha ha fomentado un modelo empresarial de la política, donde el
Estado es un botín corporativo, la seguridad es un producto comercial y el
ciudadano es un cliente. La izquierda, por su parte, en lugar de construir
alternativas éticas y programáticas sólidas, ha caído muchas veces en prácticas
faccionales, identitarias y clientelares que reproducen las mismas lógicas que
denuncian.
Ambas orillas han permitido que la política se convierta en un escenario
donde cualquiera —sin formación, sin visión, sin responsabilidad social— pueda
aspirar, ganar y gobernar.
La crítica debe ser contundente: un país no puede ser conducido por
improvisados, oportunistas o mercaderes del miedo y la indignación. La política
no es un escenario para el lucro personal ni un teatro donde se interpreta un
personaje por temporadas electorales. Es una función pública que exige
preparación, ética, visión estratégica, responsabilidad histórica y compromiso
profundo con la dignidad humana.
Mientras la política siga siendo tratada como negocio y no como servicio,
Colombia seguirá atrapada en un ciclo de mediocridad, desconfianza y
retrocesos. El desafío es recuperar la política como instrumento de
transformación, reconstruir la legitimidad del Estado y devolver al liderazgo
público su sentido más noble: servir a la sociedad a través del ejercicio del
poder del Estado y NO servirse del Estado para degradar cada vez más la
sociedad.
CARLOS MEDINA GALLEGO Historiador - Analista Político
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