lunes, 3 de agosto de 2015

MEXICO: Narcoterrorismo y Derechos Humanos
CARLOS MEDINA GALLEGO
Docente Investigador
Universidad Nacional de Colombia

México vive hoy una situación crítica en materia de Derechos Humanos que se ha visibilizado de manera contundente con el secuestro, desaparición y asesinato de 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa,  Estado de Guerrero, desaparecidos desde el 26 de septiembre en Iguala, asesinados y posteriormente quemados, según las primeras declaraciones de los implicados,   por el grupo criminal Guerreros Unidos, en connivencia con la fuerza pública y la complicidad autista del gobierno Federal.  

Ese doloroso y lamentable juvenicidio lo que coloca al centro de la problemática mexicana es la existencia de unas precarias condiciones de gobernabilidad frente a la acción desestabilizadora de los carteles de la droga, el crimen organizado trasnacional  y el narcoterrorismo que unido a los problemas migratorios y de pobreza generalizada va arrastrando el país a un indetenible espiral de violencia que afecta al común de las familias mexicanas y en general a toda la sociedad.

No se trata de un caso excepcional esta masacre, una oleada de crímenes azota todo el territorio mexicano comprometiendo de manera directa a la fuerza pública y a funcionarios del Estado que permeados por la capacidad de fuego y corrupción de la delincuencia organizada participan y/o permiten que se produzcan asesinatos, masacres y desplazamiento forzado de población que se encuentra en condiciones de absoluta desprotección en regiones donde el poder de la delincuencia está por encima del  Estado .
La impunidad, corrupción e infiltración del narcotráfico en cuerpos de seguridad que se agudizaron durante el combate militar antidrogas de Felipe Calderón (2006-2012) permanecen bajo el mandato de Enrique Peña Nieto, que permanece inmune ante las violaciones de derechos humanos, conforme lo ha expresado José Miguel Vivanco, director para las Américas de HRW. Más de 80,000 personas han sido asesinadas en México y 22,000 desaparecidas en el corto periodo de 8 años.
En este país, las autoridades hablan de la existencia de siete carteles de tráfico de drogas: los carteles de Sinaloa, Juárez, Tijuana, los Beltrán Leyva, El Golfo, Milenio y La Familia, pero es necesario sumar a estas organizaciones criminales a sectores de la fuerza pública,  la clase política y  empresarial, así como a las empresas trasnacionales que operan en el país y que desarrollan de manera directa, por acción o por omisión, practicas de complicidad con las olas de criminalidad que azotan distintas regiones del territorio mexicano ensañándose con los activistas sociales y la población más desprotegida .  
Estos cartel están organizados a través de grupos más pequeños que operan coordinadamente en acciones de narcotráfico, practicas de sicariato y acciones de bandas criminales, delincuencia común y organizada que  desarrollan entre ellos permanentes guerras por rutas y territorios, negocios y transacciones financieras, en las que van involucrando la institucionalidad de la nación mexicana, dada a las prácticas de corrupción e impunidad, a la clase política cómplice, a los sectores económicos que hacen el papel de testaferros calificados y cada vez con más fuerza a la población que frente a las dificultades generadas por la pobreza no encuentra otra ruta para sobrevivir que la informalidad y la delincuencia.
La precarización de la situación de seguridad ha conducido a los dos ultimos gobiernos (Calderón - Peña Nieto) a desarrollar una guerra militar contra el crimen organizado que ha tenido un fuerte impacto en materia de derechos humanos y la degradación institucional con la irrupción del fenómeno paramilitar como práctica de terrorismo de Estado y el cometimiento de crímenes de lesa humanidad.
La administración de justicia mexicana tiene un entramado de nexos corruptos con la delincuencia que afecta las decisiones judiciales; las presiones políticas e institucionales ha deshumanizado a los servidores federales, quienes por dar resultados y llenar estadísticas, recurren a tratos crueles e inhumanos para obtener confesiones de parte de quienes están siendo procesados por un delito que tenga probablemente incidencia internacional como lo es el lavado de activos o el narcotráfico.

Pero el mayor detonante esta dado por las precarias condiciones de existencia a la que están abocados los mexicanos, no muy distintas de inmensas masa de pobres de América Latina, que se ven reflejadas en condiciones laborales precarias, índices considerables de desocupación y mendicidad, inadecuado sistema de salud que garantice atención integral a las personas más vulnerables como mujeres gestantes y niños. Una población que se encuentra cesante sin modo de proveerse lo necesario para su sustento suele ser víctima de incorporación “forzada” a grupos delincuenciales.

Human Rigths Watch ha reportado en varios de sus informes que se presenta una situación insostenible e ingobernable en el llamado “paso” y sus zonas rivereñas, que está constituido físicamente en su mayoría por zonas desérticas y hostiles, donde bandas organizadas y agentes federales operan de manera despiadada; se ha establecido en un sinnúmero de casos en que migrantes ilegales son capturados, secuestrados bien para ser explotados sexualmente, para ser vendidos como esclavos o simplemente desaparecidos torturados , asesinados y arrojados a fosas comunes.  

Sobre estas problemáticas no han sido pasivos los que propenden por el respeto de los Derechos Humanos, no obstante cientos de líderes o activistas sociales han sido masacrados cuando han intentado llamar la atención sobre estos crímenes o generar movilización social para denunciar los vejámenes de los que son víctimas los niños, las mujeres, los ancianos y los hombres en general con la acción combinada del terrorismo de Estado y el crimen organizado del narcoterrorismo.

México sufre, sin duda, graves problemas en la defensa y protección de los Derechos Humanos. Las violaciones de derechos como el derecho a la vida, a la integridad, a la libertad de expresión, a las garantías y protección judiciales, ha sido motivo de preocupación de las organizaciones civiles de Derechos Humanos, las cuales están en una permanente lucha en la que no pocos defensores han sido víctimas de amenaza, persecución y asesinatos. El Sur de México es la zona más afectada por la violencia, en especial los Estados de Chiapas, Guerrero y Oaxaca, y en las Huastecas de Veracruz e Hidalgo, pero no lo son menos los Estados Fronterizos y ciudad de México. Las causas que provocan esta situación están vinculadas a conflictos locales, regionales y de carácter político, económico y religioso, como, a la pobreza, la discriminación y la impunidad de la que gozan las autoridades públicas y el creciente poder del narcotráfico y el crimen organizado trasnacional que ha permeado ante la impotencia del Estado y la sociedad mexicana distintos sectores y actividades de la sociedad y la economía convencional.

Gran parte de la población no tiene acceso a sus derechos económicos, sociales y culturales, especialmente mujeres, indígenas, adultos mayores, niños en situación de calle y personas discapacitadas; sufriendo en muchos de estos lugares  condiciones deplorables de empobrecimiento, hambruna y acceso casi nulo a servicios sociales y de salud. En México a la sombra de la impunidad, se practica actos de tortura de forma sistemática, ejecuciones, detenciones arbitrarias y ataques contra la población civil por parte de los policías judiciales y de las fuerzas de seguridad estatal y federal. La impunidad impide la vigencia del Estado de Derecho y lleva a los ciudadanos a desconfiar tanto del desempeño de las instituciones, como de la efectividad de los sistemas de protección de los derechos humanos.

La alarmante situación de inseguridad en muchos lugares del país y las consecuencias del combate al crimen organizado y a los cárteles de la droga por parte de las fuerzas armadas, han aumentado la inseguridad y la violencia en muchas regiones, dejando a las comunidades desprotegidas. Los reportes sobre abusos y violación  de derechos humanos cometidos por la policía y las fuerzas de seguridad, incluyendo desapariciones forzadas, tortura y detenciones arbitrarias continúan y la impunidad en todos los crímenes sigue siendo la misma.

Los defensores de derechos humanos y periodistas, quienes frecuentemente tratan de apoyar a las víctimas y revelan los abusos, enfrentan cada vez mayores ataques. Las mujeres, los pueblos indígenas, los niños y personas de la tercera edad, sufren discriminación y violencia, y al ser comunidades excluidas, sus posibilidades de obtener atención son casi nulas.

Las organizaciones de Derechos Humanos, la prensa y los movimientos sociales y políticos democráticos adelantan una aguerrida lucha para que la situación de crisis humanitaria que genera la violación sistemática y continua de los derechos fundamentales de la población, se coloque al frente de las preocupaciones del gobierno y en general de las instituciones del Estado para que se definan no solo políticas públicas acorde con la gravedad de los hechos, sino, sobre todo acciones de protección y salvaguarda de las poblaciones más vulnerable. Se le reclama al gobierno actual demostrar que está preparado para hacer de ésta situación una verdadera prioridad política, no una mera postura retórica sobre compromisos internacionales de derechos humanos que en la práctica son discurso y letra muerta.

Las mujeres mexicanas están en proceso de lucha, por la igualdad de género, una meta aún lejana en esta sociedad reconocidamente machista y en la que el feminicidio ha convocado la atención solidaria de la comunidad mundial. La violencia y la discriminación el desconocimiento de los derechos humanos de las mujeres y las niñas, comprometen su seguridad y salud. La violencia de género sigue golpeando  las vidas de mujeres y niñas en todo México al amparo de la impunidad,  la violencia de todo tipo y el abuso sexual, es generalizado. Las leyes promulgadas por el gobierno mexicano para investigar los crímenes y prevenir la violencia son totalmente ineficaces dejando a las mujeres y a las niñas en un riesgo constante.

No es menos crítica la situación de muchas comunidades indígenas en México que sufren de discriminación, acceso limitado a la justicia, a la salud, a la educación, la vivienda y la tierra. Las medidas que ha tomado el gobierno no han sido las adecuadas para enfrentar los obstáculos estructurales que les impiden disfrutar de estos derechos. El aumento de los proyectos extractivos y de desarrollo económico que impactan directamente las tierras, territorios y recursos de los pueblos indígenas representa el mayor problema que tienen que afrontar estas comunidades cuando no se siguen los procedimientos que han sido establecidos para intervenir en estos territorios generalmente objeto de grandes macroproyectos . Las autoridades deben proporcionar información imparcial y adecuada, y conducir procesos de consulta previa y transparente con el fin de obtener el consentimiento libre e informado de las comunidades afectadas.

El avance de las practicas de terrorismo de Estado unidas con las practicas criminales del narcoterrorismo le vaticinan al pueblo mexicano una época de terror de la que solo puede librarse a través de la movilización social generalizada y decidida y la solidaridad y el acompañamiento humanitario de los países de América Latina y del Mundo.

Para el pueblo Mexicano y sus defensores de Derechos Humanos toda nuestra solidaridad.
      

     



La delincuencia, empresarialmente organizada, de la contratación publica

CARLOS MEDINA GALLEGO
Docente-Investigador
Universidad Nacional de Colombia 

Lo que podía llamarse la mafia de la industria criminal de la contratación pública compromete reconocido empresarios, abogados, políticos, funcionarios públicos y ese abominable engendro de las prácticas de la corrupción que son los lobbystas. Nada más trágico para un país lleno de necesidades sociales y de urgencias de desarrollo que encontrar que los presupuestos públicos, los que se constituyen con el aporte de todos los ciudadanos y los provenientes de la cada vez menos actividades de las empresas productivas del Estado,  se van por la vena rota de la corrupción hacia los bolsillos de la delincuencia organizada en sociedad anónimas, empresas de contratistas, bufetes de abogados especializados en demandar al Estado y una elite política  y de funcionarios que se especializaron en saquear el presupuesto y enriquecerse de manera ilícita.

Es absolutamente claro que el blanco de las acciones criminales de estos delincuentes son los sectores que requieren de mayor atención y a los que por lo tanto se les destina mayor presupuesto. La construcción de vías estratégicas para el desarrollo nacional y los ordenamientos urbanos, la salud y la educación, los gastos en seguridad, los servicios públicos, el desarrollo agrario y rural y en general todas las actividades de la gestión pública a las que se les asignan presupuesto para que generen bienestar, convivencia y desarrollo.

Existe una extensa red de inteligencia criminal al interior del Estado, conformada por funcionarios de las clientelas de los partidos que pone a mano de quienes puedan contratar la información que se requiera y hacen lo que este a su alcance, incluyendo establecer los criterios de los pliegos de contratación,  para mantener contentos a sus patrones políticos y favorecer a las empresas de contratistas a través de las cuales esta alianza asaltan los presupuestos públicos. Incluso, se habla de que muchas empresas de contratistas han infiltrado al interior de la administración pública, a través de los políticos amigos, funcionarios para que cumplan ese papel, a la manera de las mafias del narcotráfico y la delincuencia del crimen organizado.

Los filtros que se colocan para garantizar la idoneidad de las empresas contratistas en relación con las obras que se pretendan contratar y que tienen que ver con el hecho de que acrediten experiencia y los indicadores de liquidez que le den seguridad al Estado, son burlados permanentemente falseando experiencias y certificados de solidez financiera y cupos de endeudamiento, o a través de uniones temporales, con otras firmas para sumar esfuerzos y llenar requisitos. Así como los concursos públicos de meritos se hacen sobre pliegos con nombre “propio”, muchas licitaciones se hacen a “empresas preadjudicadas” y se llena la farsa del requisito de la licitación pública en la que por lo general otros aspirantes al no poder llenar los requisitos, encuentran anormalidades para impugnar o demandar las licitaciones. Entre las más comunes la presentación extra-temporal de documentos y de nuevos requisitos procedimentales.

Toda la institucionalidad de la que puedan echar mano para alcanzar el propósito de asaltar los presupuestos entra en la mira de los carteles de la contratación que va descomponiendo la institucionalidad a atrás prebendas, coimas y comisiones que es el mecanismo mediante el cual se alimenta la corrupción. Las contralorías, las personerías, el zar anticorrupción, los interventores, toda la maquinaria institucional se ve envuelta en las lógicas criminales de un proceso que se fija como propósito, mas que hacer empresa y ser eficiente y eficaz en la realización de las obras, es  asaltar los presupuestos públicos, generando sobrecostos, extendiendo los tiempos de ejecución, solicitando adiciones presupuestales, o haciendo abandono de obras a través de la figura de la quiebra empresarial.

La corrupción no es un fenómeno que nació en Bogotá en las administraciones del Polo, es una enfermedad que sufre la administración publica desde muchos antes que la presidente Julio Cesar Turbay Ayala se le ocurriera esa maravillosa frase de  reducir la corrupción a sus justas proporciones. Es una enfermedad heredada de las prácticas clientelares de los partidos tradicionales que contagio a la izquierda.

Existe una delincuencia organizada del más alto nivel que ha puesto sus ojos en los presupuestos públicos municipales, departamentales y nacionales. Son responsables del incremento de la pobreza, de la indigencia, del desempleo, de la violencia, hacen mucho mas daño que el terrorismo y el narcotráfico; viven en las grandes ciudades del mundo, hacen los que se les dan la gana, cuentan con prestigiosos abogados y destacados defensores de “oficio”. Mantienen sus capitales en cuentas secretas de difícil rastreo en los principales bancos del mundo, en las islas Caiman, en los paraísos fiscales de la delincuencia organizada del capitalismo Criminal. Como las mafias, funcionan en familia, como los Nule, cuentan con políticos como los Olano, Moreno, Gaviria, Uribe…  funcionarios como los Rojas Birry y lo Moralesrussi  y abogados como los Dávila y Lombana.

No se sabe el monto exacto del desangre del presupuesto publico generado por la corrupción. Algunos hacen estimativos de billones de pesos, suma suficiente para inundar de bienestar a los damnificados de las inundaciones, que son antes que nada damnificados de la corrupción de las mafias de la contratación en el país. Cuando comenzaran a destaparse a grito entero los actos de corrupción del refundador de la patria y su gabinete,  de sus hijos, su clon y su caballero de la Virgen Maria… ¿Cuando se destapara la olla grande de la corrupción que compromete a las más prestigiosas e insignes instituciones de la patria?... ¿Cuándo llegara la decencia al país?... seguramente ese día se disminuirá notablemente la pobreza, los diques no se romperán y el rió de la dignidad nacional retomara su cauce.   





 


                       

Justicia para la paz
Una reflexión desde los imaginarios de las FARC-EP
-Notas para un conversatorio-

CARLOS MEDINA GALLEGO
Docente-Investigador
Universidad Nacional de Colombia
Centro de Pensamiento y Seguimiento a Proceso de Paz -CPSPP-


Las conversaciones de paz de la Habana entre el gobierno Nacional y las FARC-EP han llegado al desarrollo de un tema que resulta de la mayor importancia para la solución política del conflicto armado: Victimas y Justicia.  Seguramente, el tema de la verdad y los Derechos Humanos de las víctimas, tendrán curso en la discusión y alcanzaran acuerdos que han de resultar  fundamentales para los procesos de reparación integral y no repetición.

No obstante, el tema de las victimas convoca la reflexión sobre el problema  de la  justicia el que está atravesado por la declaración conjunta de que no se intercambiaran impunidades. Para la mayoría de los opositores al proceso de paz el tema de la justicia es fundamental y lo han hecho explícito en afirmaciones tales como paz sin impunidad o no puede haber paz sino no hay justicia y se sancionan los crímenes de lesa humanidad cometidos por las FARC, atreves de la privación de la libertad y el pago de penas, independientemente de los beneficios que se puedan recibir en el proceso y de la forma en que se haga.

En el debate nacional la lucha contra la impunidad está unida a la privación de la libertad de los victimarios, esto es al castigo y no, como debería ser, a la reparación integral de las víctimas. No hay impunidad si se castiga a los responsables de los crímenes así no se repare integralmente los derechos de las víctimas. Para algunos el tema de la justicia y la lucha contra la impunidad en primera instancia tienen que contemplar la reparación integral de las víctimas.  No hay impunidad si se repara integralmente a las víctimas y no hay repetición. Esto no implica que no deba existir sanción para todos los responsables. Pero en primera instancia la lucha contra la impunidad se construye en la demanda de justicia de las víctimas y la reparación integral de las mismas.

Existen dos grandes posturas frente al tema de justicia; la primera la que plantea como opción la aplicación de la justicia transicional, en la que está de por medio la privación de la libertad, independientemente de los beneficios que se concedan y, la segunda, la que reclama una justicia para la paz que sea el resultado del reconocimiento de responsabilidades y del consenso entre las partes.

Desde donde se para las FARC-EP frente a la justicia.

El tema de la justicia es preocupación especial de las FARC-EP y al respecto del mismo en distintos documentos ha sentado posiciones que giran en lo fundamental en torno a seis ideas:

Primera. La responsabilidad múltiple de los procesos de victimización del conflicto armado.

Segunda. El Estado es el primero y más importante responsable de la violación de los derechos Humanos y de infracciones al Derecho Internacional Humanitario, no puede ser la fuente de emanación de la justicia.

Tercera. No aceptan la inculpación de la ejecución de crímenes de lesa humanidad, ni de crímenes de Guerra, consideran que sus prácticas políticas militares están resguardadas en el ejercicio del legítimo derecho a la rebelión y que sus comportamientos han respetado la declaración universal de los DH y el DIH.

Cuarta. Consideran que la justicia debe construirse sobre la caracterización y reconocimiento del delito político y sus conexos.

Quinta. Las Farc no aceptan como única posibilidad de la justicia en la lucha contra la impunidad la privación de la libertad y,

Sexta. Consideran que debe formularse un marco jurídico para la paz resultante de las conversaciones de la Habana que involucre todas las responsabilidades.     

1.   La responsabilidad múltiple de los procesos de victimización del conflicto armado. Una justicia para todos.

Para las FARC-EP el modelo de justicia que se construya para alcanzar la paz debe partir del reconocimiento de que no existe un único responsable de los crímenes cometidos contra la población y los combatientes. Que en el conflicto han estado involucrados distintos actores y que de ellos se derivan distintas responsabilidades.

 La organización considera que los protagonistas del conflicto no solo fueron el Estado colombiano a través de las fuerza pública en los  distintos gobiernos a lo largo de más de sesenta años y la insurgencia, sino, que también participaron del lado del Estado terceros actores y actores indirectos, con responsabilidades en el escalamiento y la degradación del conflicto, entre ellos,  la alianza narco-paramilitar-estatal; la presencia norteamericana en la definición de la doctrina militar, la financiación y el acompañamiento de las acciones de guerra; las empresas trasnacionales que financiaron y patrocinaron la formación y las acciones de grupos criminales para favorecer sus negocios y, los actores gremiales (empresarios, ganaderos, agricultores, comerciantes) que propiciaron y financiaron, el desarrollo de la guerra con contribuciones tributarias y aportes a la consolidación de la presencia y acción de los grupos paramilitares, beneficiándose de los procesos de desplazamiento y despojo.

Todas estas responsabilidades colectivas unidas a las responsabilidades individuales de gobernantes y funcionarios públicos en los ordenes nacional, departamental y local deben ser objeto de tratamiento por parte de la justicia.

Las FARC-EP han manifestando que “(...)así como demandan el reconocimiento de responsabilidades por parte de los múltiples actores, con todas las medidas y acciones que de ellas se deriven, tienen la voluntad de asumir las propias, atendiendo al carácter político-militar de la organización, sus propósitos y definiciones programáticas, sus planes militares para la toma del poder, sus normas internas y de relacionamiento con la población civil y, las leyes de la guerra y las normas del Derecho Internacional Humanitario.

Desde esa condición de actor político-militar se colocan frente a la justicia. 
   
2.   El Estado es el primero y más importante responsable de la violación de los derechos Humanos y de infracciones al Derecho Internacional Humanitario.  No puede ser la fuente de emanación de la justicia.

Las FARC-EP consideran que el primer responsable en materia de violación de DH e infracciones al DIH es el Estado colombiano que implemento una política de seguridad y defensa en la que se involucro de manera directa a la población civil y se opero de manera degrada contra la misma.

Para esta organización la población civil que habita las zonas donde se ha desarrollado el conflicto armado ha sido blanco de las fuerzas del Estado, en estricta aplicación de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que señala a la población civil como enemigo interno a combatir, ya sea por su cercanía y simpatía con las fuerzas insurgentes, o simplemente por pretender permanecer al margen del conflicto sin dar expreso apoyo a ninguna de las partes enfrentadas.

El enunciado, hecho principio,  de que las guerrillas necesitan el apoyo de la población civil como el pez necesita del agua, generó en las fuerzas del Estado una política planificada y permanente dirigida a “quitar el agua al pez”, mediante la perpetración de crímenes y ataques sistemáticos a la población.

Para justificar la responsabilidad del Estado y de sus alianzas con el paramilitarismo recurren a los informes oficiales del Centro Nacional de Memoria Histórica, en donde se hace referencia que a la responsabilidad conjunta de paramilitares y fuerza pública se adjudica al menos el 74,3% de las víctimas de asesinatos selectivos, el 80% de las víctimas de masacres perpetradas y al menos el 83,9% de los casos de desaparición forzada.

La organización considera que en su condición de victimario el Estado colombiano está impedido moralmente de ser fuente de emanación de justicia, más aun cuando la rama judicial y su institucionalidad se ha involucrado de manera directa en el conflicto haciendo uso político de su poder en el ámbito de la aplicación de un modelo de justicia articulada en torno a la concepción del derecho penal del enemigo.

En esta circunstancia, la organización demanda de la construcción concertada de un modelo de justicia para la paz que tome en consideración todas las responsabilidades.   

3.   No aceptan la inculpación de la ejecución de crímenes de lesa humanidad, ni de crímenes de Guerra.

Las FARC-EP, han venido saliendo al paso al señalamiento de colocarlas como una organización que habría venido cometiendo crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra durante el desarrollo del conflicto armado.

Consideran que sus prácticas políticas militares están resguardadas en el ejercicio del legítimo derecho a la rebelión y que sus comportamientos han respetado la declaración universal de los DH y el DIH.

Señalan que el surgimiento de las FARC-EP como organización en resistencia contra la injusticia y la represión fue consecuencia de los sucesivos incumplimientos del Estado de sus compromisos adquiridos para poner fin a la era de la Violencia y a la exclusión política y económica del campesinado, así como respuesta a una agresión planificada y sistemática contra el campesinado, planificada y ejecutada por el establecimiento y los EE.UU. Que en esas condiciones se vieron obligados a ejercer el derecho a la rebelión, reconocido en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776, en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793, y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Señalan que sus responsabilidades no son en ningún caso por la comisión de crímenes de guerra o de lesa humanidad, y que ello se acredita atendiendo a que cuando en algunas de sus acciones militares realizadas durante el conflicto se han causado víctimas no combatientes, ello nunca se ha debido a la perpetración de ataques intencionados contra la población civil, sino debido a situaciones imprevisibles, en unos casos y a errores desafortunados en otros, ocasionados siempre por un accionar armado en situación de tremenda desventaja militar.

Señalan que a un ejército irregular campesino y popular no pueden exigírsele las mismas obligaciones que al inmenso ejército regular del Estado. Nunca ha existido simetría entre ambos, correspondiendo al Estado una especial obligación de vigilancia respecto al comportamiento de la fuerza pública, cuya legitimidad no es otra que la defensa de los derechos fundamentales de toda la población. Señalan que la vulneración de esos derechos fundamentales de la población por parte del Estado, de sus políticas y de sus agentes, justifican el ejercicio de su derecho a la rebelión.

La organización considera que las acusaciones que se le imputan de haber cometido crímenes sistemáticos contra la población civil, es difícilmente conciliable con el hecho de que hayan resistido por más de medio siglo a la mayor maquinaria militar de América Latina y al poderío militar de la potencia hegemónica de los EE.UU. Su existencia,  resistencia, y avances a lo largo del territorio nacional, no serían una realidad si hubieran desarrollado las estrategias criminales de las que se les acusa.

Para las FARC-EP, el DIH se construyó como herramienta de regulación de los conflictos armados internacionales, siendo escasa y poco concreta la regulación aplicable a los conflictos no internacionales, situación que obliga aplicar con carácter general en estos últimos el articulo 3 común de las Convenciones así como la denominada “Clausula Martens”, todo ello interpretado conforme al derecho consuetudinario y la doctrina científica.

Para la organización la falta de precisión en la regulación internacional se traslada a la regulación internacional de los denominados crímenes de guerra, siendo lo cierto que el Estatuto de la Corte Penal Internacional y los denominados “Elementos del Crimen” a los que el primero hace referencia, no consideran crimen de guerra en los conflictos no internacionales los mismos hechos que si son considerados crímenes en caso de realizarse en un conflicto armado internacional.

Frente a esto señalan que una determinada actuación no puede ser considerada crimen, si previamente no hay  ley expresa que lo determine con exactitud y precisión. Y que en materia penal, no cabe la analogía. Que por esta razón, no puede darse tratamiento igual a actores que son diferentes, y si el DIH no otorga el mismo tratamiento para aquello que pudiera beneficiar a las fuerzas rebeldes insurgentes, -como es el caso de no reconocimiento de la beligerancia de los rebeldes atendiendo a hechos objetivos- no resulta aceptable que se les pretenda exigir responsabilidades que, estrictamente, en un conflicto no internacional son exigibles únicamente al Estado. Ello es debido a la desproporción entre los medios de combate de que disponen, respectivamente, Estado e insurgencia, así como debido a las muy disimiles estructuras de un ejército regular y una organización guerrillera.

Para las FARC-EP resulta carente de cualquier fundamento jurídico e incompatible con el sentido común, acusar a la insurgencia de cometer crímenes, por ejemplo, por utilizar artefactos explosivos artesanales en sus operaciones contra unas fuerzas del Estado que vienen utilizando sistemática e indiscriminadamente aviación ofensiva y bombas de media tonelada contra la guerrilla, lo que sin duda supone un uso abusivo y desproporcionado de la fuerza, proscrito por las leyes de la guerra.

Las FARC-EP entienden por "crimen de lesa humanidad" cualquier acto  de asesinato, exterminio, esclavitud, deportación o traslado forzoso de población, encarcelación u otra privación grave de la libertad física en violación de normas del derecho internacional, tortura, violencia sexual, persecución de un grupo o colectividad, desaparición forzada de personas, u otros actos inhumanos de carácter similar, cuando se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque.

Frente a esta definición aseguran que política y jurídicamente que nunca han diseñado ni ejecutado estrategias de ataque generalizado contra la población civil, ni aun contra los sectores de la oligarquía y el establecimiento que combaten en ejercicio del derecho a la rebelión por lo que no procede entrar en el debate de si dichos ataques, que consideran inexistentes, se han realizado o no con conocimiento del mismo.

Señalan que su comportamiento político y militar está regido por sus  normas internas y los documentos que concretan sus objetivos y estrategias políticas para la toma del poder, y que esto se evidencia en el comportamiento en la guerra y la forma de relacionarse con la población civil en los territorios donde tienen influencia y arraigo histórico y popular.

No aceptan que se pretenda mostrar como crímenes de lesa humanidad las pérdidas de vida y los daños sufridos por sus adversarios, con daños que consideran son intrínsecos a cualquier guerra por más limpia que se pretenda que esta sea.

En caso de conflicto armado interno se encuentran prohibidas por la ley internacional las violaciones graves del artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra de 1949, esto es, cualquier acto cometido contra personas que no participen directamente en las hostilidades, incluidos los miembros de las fuerzas armadas que hayan quedado fuera de combate, tales como actos de violencia contra la vida y la persona, perpetrados como parte de un ataque militar contra la población civil o contra personas que no participen directamente en las hostilidades.

Las FARC EP,  por los mismos motivos políticos antes explicitados, señalan que nunca han llevado a cabo ataques militares intencionados contra la población civil o contra personas que no hayan participado en el conflicto armado interno, independientemente de que las acciones de la guerra hayan afectado necesariamente a la población de los territorios donde se ha desarrollado el conflicto, incluso aunque no hayan participado en las hostilidades, algo inevitable en cualquier confrontación armada generalizada.


4.   Consideran que la justicia debe construirse sobre la caracterización y reconocimiento del delito político y sus conexos.
Para las FARC-EP una discusión que esta por darse en materia de justicia es el reconocimiento del delito político y sus conexos. Para ellos la tradición del delito político, hace parte de las definiciones jurídico-políticas más progresistas en el orden penal y constitucional para apuntar a la solución civilizada de los conflictos y las disidencias.

Consideran que es lo que formalmente explica ese recurso y es por esa formulación que ha estado tanto en la Carta Política de la que se ha dotado la institucionalidad de su adversario, como su Código Penal.
Sin embargo, consideran que esa figura ha sido severamente recortada y desvirtuada con la reconfiguración del orden de sentido que los desprende de todo reconocimiento de actor político y los ubica bajo la designación de terroristas. 

La aplicación de la justicia contra el derecho de rebelión se ha ido endureciendo y cerrándose a la consideración del delito político hasta llegar a la afirmación que el mismo ha desaparecido con los correspondientes beneficios que constituían parte esencial de sus atributos atenuantes. Consideran quela justicia ha actuado de manera sistemática y arbitraria contra la insurgencia y el conjunto de las organizaciones que luchan por superar las condiciones de sometimiento colectivo.

Para la organización los sucesivos gobiernos en décadas recientes, al comprobar cómo ascendían los movimientos de oposición radical y no de simple desavenencias entre partidos, sino que se agudizaba la inconformidad, la protesta y la lucha guerrillera, decidieron no sólo juzgar mediante tribunales militares a sus enemigos de clase, sino generalizar la tortura, el asesinato y la desaparición forzada, aplicando en juicios sumarios y desprovistos de defensa y garantías, con jueces especializados, de orden público y sucesivas legislaciones, en el marco del sofisma de que en Colombia no podía legitimarse el delito político al estar asistiendo todos al destino de una “democracia”.

Se procedió entonces en normas y en la jurisprudencia a abandonar el reconocimiento de la conexidad entre típicos delitos políticos y los conexos, esto es la amplia gama de conductas necesarias en la lucha guerrillera para avanzar hacia una Colombia social, con justicia y en democracia.

La organización considera que si bien la Constitución de 1991, como en el pasado, plasma normas sobre el delito político reconociendo la posibilidad de un trato favorable al prever amnistías o indultos para los rebeldes, el producto confeccionado a lo largo de estos veinte años es el de una orquestación entre Gobierno, Congreso, Fiscalía y gran parte de la Judicatura, para negarles la condición de alzados en armas y por lo tanto para negarles ser acreedores de esas medidas que en muchas experiencias de otros países y en Colombia en algún grado, se han advertido como medios eficaces para encaminar procesos de reconciliación nacional.

Esta situación condujo a que de los más de 2.000 rebeldes encarcelados en nuestro país únicamente 125 lo hayan sido por el delito de Rebelión, siendo la mayoría de las condenas por otros delitos obviamente conexos a esta.

Las FARC-Ep consideran que es necesario volver a darle un sitio al delito político y a sus conexos para que las posibilidades de la aplicación de justicia se revistan de las garantías y legitimidades que debe concederse a la insurgencia y a la oposición.

5.   Las Farc no aceptan como única posibilidad de la justicia en la lucha contra la impunidad la privación de la libertad.

Tal vez uno de los puntos más difíciles para tratar el problema de la justicia es el reclamo que se escucha desde distintas vertientes políticas e institucionales en el sentido de que los dirigentes de las FARC-EP deben pasar por los tribunales del Estado y someterse a la justicia a través de la privación de la libertad y el pago de condenas por los delitos cometidos durante el desarrollo del conflicto, independientemente de los beneficios que puedan otorgarse a través de un modelo de justicia transicional y o de justicia para la paz.

La postura que las FARC-EP han sostenido en distintos momentos es que no se hace un proceso de paz para pasar de las armas a las cárceles. A este respecto afirman que condicionar irremediablemente el fin exitoso del proceso de paz a un obligado encarcelamiento de la dirigencia guerrillera, además de conculcar el principio de presunción de inocencia, es un supuesto no conocido ni puesto sobre la mesa con anterioridad en ningún proceso de paz de los habidos en el mundo.

6.   Consideran que debe formularse un marco jurídico para la paz resultante de las conversaciones de la Habana que involucre todas las responsabilidades.     

Las FARC-EP en relación con el Marco Jurídico para la Paz, consideran que este debe ser el resultado de la discusión entre las partes y no puede ser impuesto de manera arbitraria por el Estado en el marco de un modelo de justicia que sea asimétrica y desconozca la concepción que de la justicia tenga la contraparte. Señalan que para construir la   paz con reformas profundas, no hay otro camino que abrir paso a una reforma política y jurídica surgida de los avances en La Habana que frente a los compromisos de las FARC-EP, haga valer lo propio del Gobierno y devuelva el Estado, al país, la identidad del delito político que fue quebrada.

La organización considera que el Estado colombiano se ha caracterizado por adelantar una persecución penal implacable contra sus militantes y simpatizantes, así como contra cualquier militante de causas populares, en contraste con un escandaloso abandono de la obligación de perseguir los crímenes perpetrados por el Estado y sus agentes y, por los grupos paramilitares que han actuado en connivencia con la fuerza pública y con servidores públicos, cometiendo gravísimos crímenes que en su mayoría permanecen en la impunidad.

El cuestionamiento que la organización hace a la institución de la justicia, o al modelo de justicia que se pueda aplicar para las paz va en dos sentidos: primero, sobre la autoridad moral y  legítima del Estado para hacer justicia cuando este es parte del conflicto y la justica se ha colocado al servicio de la guerra y, la segunda, es que el modelo de justicia no debe ser impuesto unilateralmente, sino que debe ser el resultado del proceso de solución política y debe contemplar la totalidad de los actores en un universo amplio de responsabilidades.

En esta dirección, la organización es del criterio que se debe construir en el desarrollo de las conversaciones de La Habana, un Marco Jurídico para la Paz que sea el resultado del reconocimiento múltiple y diferenciado de responsabilidades y de un consenso y acuerdo entre las partes.

Igualmente reclaman sea tomado en consideración su propio ordenamiento jurídico en cuanto durante muchos años ellos cumplieron al función Estado donde el Estado estuvo ausente. A este respecto afirman que  Las FARC EP, ha venido desarrollando un sólido cuerpo institucional imprescindible para su funcionamiento interno y sus relaciones con la población de los territorios donde históricamente ha mantenido presencia. Para la población, la guerrilla y sus líderes son la autoridad natural en los territorios donde ha operado durante larga data ocupando el lugar de una institucionalidad estatal siempre inexistente: Asambleas informativas, normas de convivencia, gestión de servicios sociales, comunitarios y obras públicas, oficinas de quejas y reclamos, mecanismos de resolución de conflictos e impartición ciudadana de justicia, son garantizados por la guerrilla como fuerza política... y, que estos son elementos de una institucionalidad guerrillera que el Estado no debería ignorar.  

Para las FARC-EP los Estatutos, el Reglamento Interno, las Normas de Comando y las Normas de comportamiento con las masas de la CGSB, componen el cuerpo jurídico guerrillero, una normatividad orientada al respeto estricto a los Derechos Humanos y el DIH el que entienden como un derecho incompleto y en constante construcción respecto a la regulación de los conflictos armados no internacionales.
Para ellos sus normas internas están orientadas a procurar el respeto de la población civil, y están dotadas de un estricto sistema disciplinario que obliga a todos los miembros de las FARC-EP a su cumplimiento íntegro, y en caso de incumplimiento a comparecer ante tribunales de justicia guerrillera, de base democrática y participativa, donde se juzga al infractor y en caso de ser hallado culpable se le aplica la correspondiente sanción, estas, incluso, en muchos casos más estrictas y apegadas a la justicia, que las aplicadas por el Estado en igualdad de supuestos.

Las FARC señalan que han aplicado las sanciones correspondientes a aquellos miembros que, tras el correspondiente y debido proceso, han sido hallados responsables del incumplimiento de sus normas, especialmente respecto a comportamientos reprochables con la población y que, estas sanciones que no pueden ser ignoradas por terceros atendiendo al imperativo efecto de cosa juzgada y a la prohibición estricta de no juzgar dos veces a ninguna persona por la misma infracción, máxime cuando ya ha sido sancionada por ese hecho. Las FARC reclaman para el proceso el reconocimiento de la juridicidad guerrillera.

A manera de conclusión

El reconocimiento de responsabilidades múltiples de los procesos de victimización del conflicto armado; el Estado como importante responsable de la violación de los derechos Humanos y de infracciones al Derecho Internacional Humanitario, la no aceptación de la inculpación de la ejecución de crímenes de lesa humanidad, ni de crímenes de Guerra; la consideración que sus prácticas políticas militares están resguardadas en el ejercicio del legítimo derecho a la rebelión y que sus comportamientos han respetado la declaración universal de los DH y el DIH; la demanda que la justicia debe construirse sobre la caracterización y reconocimiento del delito político y sus conexos. La negación de que la única posibilidad de la justicia en la lucha contra la impunidad es la privación de la libertad y, la necesidad de que en el desarrollo del proceso de paz y de las conversaciones de La Habana se formule entre las partes un marco jurídico para la paz que involucre todas las responsabilidades, son materia de discusión sobre el tema de la justicia.      

El eje esencial de argumentación de las FARC en materia de justicia se erige desde el reclamo del reconocimiento del delito político y de los atributos que en materia de beneficios amnistías e indultos tiene el mismo.  Desde allí consideran que no es por fuera de la voluntad política ni por fuera de los medios con que cuenta el Estado actualmente, como se puede y debe hacer valer por ley el reconocimiento del delito político y de los demás delitos que forman parte de su amplia conexidad, como igualmente por ley debe definirse el alcance de las amnistías o indultos.

Desde esta perspectiva no aceptan  las decisiones sobre el proceso de Paz tomadas por el Estado colombiano mediante actos unilaterales no consultados en la Mesa de Conversaciones, actos que consideran  han levantado una inmensa enredadera o maleza jurídica que reduce el fin del conflicto armado interno a una mera cuestión judicial.

Las Farc  no eluden sus responsabilidades y las enfrentan ética y políticamente. Las responsabilidades, derivadas de cualquier hipotética  infracción jurídica no amnistiable de las que se les acuse, están dispuestos a enfrentarlas cuando así se acredite solventemente y únicamente ante las correspondientes instancias independientes y garantistas que entre todos y para todos -partidos políticos, empresarios, agentes de potencias extranjeras, representantes de instituciones involucradas en el conflicto, paramilitares y agentes del Estado- acuerden, siempre respetando el principio de presunción de inocencia.

Desde allí señalan que les resulta irreal y asimétrica la posibilidad de condicionar un acuerdo de paz al irremediable encarcelamiento a priori  de los guerrilleros, mientras pervive la impunidad de la oligarquía, la clase política y las fuerzas militares colombianas, todos ellos directamente responsables de los crímenes cometidos durante el desarrollo del conflicto.

Consideran que los actuales Diálogos de Paz de La Habana deben generar un Nuevo Derecho que, atendiendo a las especificidades del conflicto armado colombiano y en aras de su finalización, encuentre nuevos equilibrios entre paz, justicia y reparación, anteponiendo las necesarias  garantías para una paz estable, duradera y con justicia social y la no repetición y fin de la impunidad a cualquier otra consideración. Señalan que es esta la mayor aportación que este proceso puede realizar no solo al pueblo colombiano sino a toda la humanidad, elevando la paz alcanzada a la categoría de Derecho Síntesis, garantizando plenamente y a todas las personas la totalidad de sus derechos humanos fundamentales para siempre.




          
Gramsci y la guerra de posiciones
Notas para un conversatorio a propósito de la situación de Colombia

CARLOS MEDINA GALLEGO
Docente – Investigador
Universidad Nacional de Colombia
Centro de Pensamiento y Seguimiento al Proceso de Paz

Una lectura juiciosa de Gramsci, en el actual momento que atraviesa el país resulta útil y provechosa, para quienes no han renunciado a viajar por distintas rutas a hacer posible la utopía de una sociedad, más humana y justa. Pero esa lectura no debe ser ortodoxa, ni dogmática, ni descontextualizada. Gramsci, como Marx, Hegel, Kant y todo pensador serio construye sus imaginarios para explicar y resolver los problemas de su tiempo en las circunstancias específicas de los mismos y resultantes de las contradicciones y conflictos que le son propios.
No existe un solo pensador cuya primera preocupación no sea su presente,  en perspectiva de posibilidades de un futuro, que se construya en imaginarios posibles desde sus propias explicaciones del mundo articuladas por lo general a su proyecto ético y político.
De ahí que, leer a Gramsci es útil si se hace desde una perspectiva hermenéutica que nos lo describa y explique en un presente que no es el suyo y nos permita llenarlo de posibilidades hermenéuticas y heurísticas para resolver los problemas de la sociedad desde la que se analiza.
La Colombia de hoy está tratando de poner fin a un conflicto que bien podría caracterizarse, desde el pensamiento de Gramsci,  como de “guerra de movimientos”, para llevarlo en lo posible a lo que podría llegar a denominarse como de “guerra de posiciones”, si se mira el pensamiento gramsciano de manera no dogmática y más política y, si cometemos el atrevimiento de leerlo a nuestro acomodo.
 Si ustedes me permiten la afirmación un poco sencilla, lo que no significa simplista, llevar la guerra de la confrontación militar por el asalto al poder – guerra de Movimientos (guerra insurreccional, guerra popular prolongada, guerra de guerrillas, Teoría del foco, guerra civil irregular)- a la confrontación política por la construcción y el ejercicio de un poder legítimo al servicio del  bienestar general de la sociedad y la construcción de una nueva hegemonía –guerra de posiciones-.
 Gramsci tiene la particularidad de haber vivido cerca de procesos supremamente importantes que dieron a su pensamiento mayores posibilidades para construirse, a pesar de sus múltiples y conocidas dificultades de la persecución y la cárcel, en un universo rico en experiencias históricas: la primera guerra mundial, la revolución Bolchevique, el ascenso del fascismo, la resistencia comunista y anarquista, la Gran Depresión y los albores de la segunda guerra mundial.
Gramsci, representa la posibilidad de un marxismo más ágil, menos mecanicista y más complejo para responder a los cambios políticos, por eso su lectura es tan útil para el actual y difícil momento por el que atraviesa el país, en el transito que se quiere hacer de la guerra a una autentica democracia que tome en consideración y proyecte en la sociedad política a las clases subalternas.
 Gramsci nos ayuda a adelantar un debate con la política y las prácticas de la izquierda tradicional, que aun no se ha dado y que resulta urgente y necesario. Nos ayuda a pensarnos en la necesidad de subvertir la izquierda para poder avanzar en la construcción de los cambios, a entender el momento actual y a fijar las tareas  que se deben desarrollar para trasformar las formas de dominación y hegemonía de las clases dominantes. Gramsci nos ayuda a responder preguntas transcendentes como: ¿Por qué si nosotros tenemos la razón, ellos tienen el poder?;¿por qué, si nosotros producimos socialmente la riqueza, vivimos en la pobreza generalizada?; ¿Por qué si nosotros padecemos el hambre, ellos limitan el pan?...
Gramsci nos aporta elementos para pasar de la lucha armada a la lucha política sin renunciar a las formas de la resistencia, las que se transforman en construcción de nuevas democracias, nuevos consensos, nuevas hegemonías, nuevas formas de dominación que se reconfiguran con la participación social amplia y que requieren de nuevas formas de organización y de un largo trabajo con la sociedad en concreto.
 Gramsci es un pensador rico en imaginarios inacabados que pueden adquirir la dimensión de significado y de sentido que podamos darle para desarrollar la lucha social y política en la perspectiva de la creación urgente de una gran frente de unidad de las clases subalternas, de las clases populares y de sectores democráticos de las demás clases y sectores sociales.


DOS TIPOS DE SOCIEDADES, DOSTIPOS DE GUERRA

La posibilidad de ver el mundo desde la perspectiva Gramsciana, nos coloca frente a la idea de lo “occidental” y lo “oriental” en relación con el desarrollo de la sociedad. Oriente y occidente, no tienen en Gramsci una connotación geográfica, sino, económica y política,  demarcada por el nivel de desarrollo y de progreso alcanzado por las sociedad en relación con el capitalismo.
La sociedad “occidental” como aquella en la existe un Estado fuerte, un amplio debate político, una sociedad civil desarrollada, unos medios de comunicación vigorosos, una escuela funcional  y si se me permite un aparato militar consolidado que le permite al Estado desempeñar su papel coercitivo con éxito.  En estas sociedades Gramsci nos plantea que la modalidad en la confrontación que debe prevalecer es la  “guerra de posiciones”.
La sociedad “oriental”, carece de todo lo anterior, el estado es débil y fragmentado, la sociedad civil tiene escaso desarrollo, el debate político es precario, la opinión publica critica es reducida, los sindicatos y las organizaciones sociales y económicas, carecen de  vitalidad determinante, los partidos de oposición no representan riesgo al alguno. En esta realidad social y política suelen darse con frecuencia lo que Gramsci denomina “guerra de movimientos” y que si ustedes me permiten voy a equiparar desde una revisión pragmática, a los modelos de las guerras militares revolucionarias, llámense estas guerra de guerrillas, guerra popular prolongada, guerra insurreccional, guerra civil irregular, guerra sin nombre, o cualquier otra denominación.
La guerra de movimientos, en la perspectiva Gramsciana,  es propia de las sociedades “orientales”, es una guerra de maniobras militares y políticas, de lucha insurreccional contra el Estado, luchas que se considera pueden destruir más o menos rápido el poder político y reemplazarlo por otro. Es el modelo de guerra en la que un grupo armado o un partido político por la vía de la guerra civil, la guerra popular, la guerra irregular… o de la insurrección popular se toma el poder. Es el asalto revolucionario al Estado.  
  Este modelo de guerra en las sociedades “occidentales” ya no es posible que tenga éxito, puede subsistir como amenaza pero sin perspectiva de victoria, menos aún en el orden de las relaciones internacionales y las nuevas configuraciones del poder en el mundo global.  Para Gramsci, en las sociedades occidentales, el sistema de dominación tiene hegemonía; el Estado tiene más posibilidades de defenderse, tiene fortalezas y ejércitos construidos en torno a los intereses del poder económico, el que ya no es solamente nativo, sino, trasnacional.
La guerra de posiciones, es la que caracteriza a las sociedades occidentales, es una guerra por la construcción de una nueva hegemonía, requiere de la participación de las más amplias masas, no es el resultado de un golpe de mano dado por el imperio de la voluntad de grupo o de partido, requiere del desarrollo de un trabajo social y político largo y difícil, de procesos de acumulación táctica y política de poder, de avances y retrocesos, de largos aprendizajes, de la construcción de nuevos lenguajes persuasivos que comprometan una revolución en el universo de la cultura política de la sociedad civil. Es una guerra que se construye en el ejercicio legitimo de los poderes locales por las comunidades en los territorios y que se articulan en propósitos de carácter y alcance más amplios en lo nacional, regional y global.   
Hoy en América Latina el escenario no es el de la guerra de movimientos, sino,  de la guerra de posiciones, déjenme hacer un énfasis acentuado, así esta expresión parezca un pleonasmo, guerra política, hay un crecimiento de la sociedad civil, de los movimientos populares, de la opinión publica critica, de la participación de los partidos en alianzas y coaliciones político-sociales, de importantes y legítimos empoderamientos de las poblaciones en los territorios, si se me permite de construcción de nuevas formas de resistencia unidas a  nuevas hegemonías… (Bolivia, Ecuador…).
Para Gramsci, la revolución, la transformación social, es un proceso complejo y contradictorio, requiere de disputar el consenso, las voluntades ciudanías, el sentido común del conjunto de la población y de las amplias masas. Tal vez, el mayor esfuerzo hay que hacerlo en el camino de recuperar para la causa del bien el sentido común, no puede seguir siendo cierto que nadie crea en la utopía de la felicidad humana y se le siga apostando a las formas de dominación, exclusión y marginalidad global.  
Nosotros nos movemos en un universo confuso de sociedad occidental “democrático-autoritaria”, en la que la sociedad política ejerce hegemonía y fuerte influencia sobre las masas, una sociedad que está dispuesta a aceptar todos los cambios que no tengan que ver con reemplazar el modelo de la economía de mercado y el sistema político que la sostiene. Esto es que está dispuesta a vivir en la pobreza generalizada y en la opresión política. 
  En el espíritu Gramsciano las necesidades de hoy giran en torno a la construcción de un vigoroso movimiento de voluntad colectiva y popular, que surge en la iniciativa de las clases subalternas que cuestionan el modelo de democracia y la economía de mercado y están dispuestos a emprender el camino de una guerra de posiciones que ha de estructurar en el orden de las relaciones históricas una nueva hegemonía. Se trata de lograr que quienes tienen el consenso de la población para desarrollar, reproducir y defender su poder lo pierdan a favor de otro bloque histórico de poder.
El concepto de lo orgánico en Gramsci, resulta de la mayor utilidad hoy cuando se referencia con el tipo de militancia que se construye colectivamente en el universo de cambios reales y en perspectivas holísticas de la transformación política de la sociedad.
 La guerra de posiciones es la búsqueda de hegemonía por parte del movimiento social y político de las clases subalternas, a través de una dirección intelectual y moral, en momentos en los cuales no existe la fuerza suficiente para quebrar la hegemonía y  dominación de clase a través de una guerra de movimientos. Es la confrontación en el escenario de la lucha política que se reviste de las legitimidades que le concede su capacidad para mover las fuerzas sociales hacia propósitos de transformaciones estructurales de la sociedad y el Estado, en el ámbito político del poder hegemónico dominante.
 Aun hoy amplios sectores de la izquierda se mueven en profundas contradicciones en relación con la participación decidida en el sistema de partidos y el sistema electoral hegemónico, dejando estos escenarios a sus contradictores y adversarios, para que se fortalezcan en el ejercicio del poder político. Es una lucha inútil entre reformistas y radicales. Ni los unos ni los otros se ven fortalecidos en sus posturas excluyentes. Tampoco resulta útil la diferenciación entre Institucionales y no institucionales, no se puede renunciar por insignificante que sean los espacios de la burocracia estatal.
La lucha electoral, en la actualidad lo que permite es construcción de hegemonía, acumulación de fuerzas, es ocupar la atención de la sociedad burguesa y politica, es asechar al adversario político en el lugar que legaliza el ejercicio de su poder. La lucha política electoral,  se transforma, en uno de los más importantes frentes  para ir conquistando posiciones, así se considere que no es el único.
Por esto,  la estrecha vinculación que tiene la guerra de posiciones “gramsciana” con las elecciones, está dada por ser una útil  estrategia que si se adecúa perfectamente a nuestro contexto permite acumular en la construcción de nuevas hegemonías. Pero es prerrequisito de este modelo de confrontación la construcción de un movimiento unitario amplio y democrático en el que tengan cavidad todos los actores sociales y políticos dispuestos a apuntarle a la trasnformacion humanista de la sociedad
En definitiva, lo que debe tener claro todo dirigente social y político es que la estrategia no es sólo poder – aunque este sea decisivo— sino una mezcla entre poder y hegemonía y, que esta debe entenderse de manera sencilla como la particular forma en que se suman los esfuerzos y identidades de los distintos grupos sociales, clases populares y subalternas, para sobre propósitos comunes construirse en el marco de las relaciones del poder en cambios estructurales y significativos que benefician a la totalidad de la sociedad.
 En ese sentido, las elecciones no son bajo ninguna circunstancia el espacio mediante el cual los movimientos sociales y políticos conquistan el  poder, sino sólo el espacio mediante el cual puede construir su particular forma de hegemonía…
La construcción de una nueva hegemonía implica la construcción de una nueva institucionalidad, de una nueva legitimidad, de un nuevo bloque histórico y eso implica desarrollar en el ámbito de la política lo que Gramsci ha denominado la guerra de posiciones. La guerra de movimientos puede conceder el gobierno sin la posibilidad de ser Estado, permitir el acceso a lo legal sin revestirlo de lo legítimo.
La guerra de posiciones se construye desde lo legítimo, subvierte la forma de existir, de participar, y de consistir de los movimientos sociales y políticos, del pueblo como ciudadanos activos, de la sociedad civil, si esta se libera de las ataduras con la fue construida por Gramsci, para no hablar de los otros referentes, para pensarse en otra perspectiva como el espacio de ejercicio de la lucha política de las clase subalternas.
Un concepto de Sociedad Civil y resistencia
  Voy a desprenderme del concepto tradicional de la sociedad civil que da cavidad a todas las formas de organización privada que cumplen de una u otra manera con el mantenimiento del poder dominante como poder hegemónico, para construirla desde los imaginarios de las clases subalternas y populares.
Entiendo por sociedad civil todas las formas organizadas de la población civil que se encuentran al margen del poder económico y político en condiciones de oposición política y resistencia social, al sociedad política (Estado) y la sociedad burguesa, articuladas en torno al propósito común de la lucha por el ejercicio del poder construyéndose en realidades que se transforman y transforman la sociedad y el Estado.
 La sociedad civil constituida por los movimientos sociales y políticos, de izquierda y democráticos que se construyen en procesos de unidad en torno a un gran frente político. La sociedad civil como el espacio en el que adquiere forma la hegemonía de las clases subalternas y populares.
  Este noción de sociedad civil establece un lugar para el ejercicio de su práctica política en las luchas de resistencia, pero esta no se circunscribe ya, únicamente,  al escenario de la movilización y la protesta, sino, que esta más allá, en la construcción de nueva territorialidades de poder en torno a la defensa de los territorios, sus recursos y los derechos de las poblaciones. Esto significa que la sociedad civil se construye en nuevas formas de organización para la gobernabilidad y la gobernanza de los territorios, estructura nuevas institucionalidades, modifica la finalidad en sus distintas instituciones sociales, elabora y desarrolla proyectos concretos de organización y funcionamientos económicos, participativos y solidarios.
 La resistencia se constituye en la forma Estado y disputa las voluntades al poder hegemónico a la vez que se construye como nueva hegemonía  de tipo contra-hegemónico. Esto obliga a la sociedad civil en los territorios a generar una dinámica interna de funcionamiento, que se preocupa por autorregularse, disciplinarse y construirse en el ámbito de la seguridad humana para su propia conservación. Pero igualmente a transformar en la práctica las relaciones sociales de produccion y dominación existentes en el ámbito en el que ejercer el poder se hace posible y se reviste de las legitimidades del acompañamiento  y la defensa social de las transformaciones que se emprenden.
 Tal vez, hoy el campo de combate más urgente de desarrollar es el de la cultura política de la sociedad civil, su desalienación y desenajenación, constituyen la base esencial de los empoderamientos de la misma en la construcción de la nueva hegemonía. Este proceso esta precedido de obligados desaprendizajes de viejas e inútiles practicas, de imaginarios dogmaticos y sectarios, de equivocados procesos de unidad, sobre todo, de una lucha interior colectiva contra las formas del sometimiento cultural de la ideología dominante y de su ordenamiento hegemónico.
Gramsci ha dado un lugar privilegiado a los intelectuales orgánicos, que desde luego no son los académicos, a las nuevas dirigencias dotas un proyecto ético y político renovador y de una moral pública que se prueba en la práctica social y políticas.
Este país requiere de una urgente transformación de imaginarios y prácticas, para construirse en un proceso en el que los acuerdos de la Habana, apenas llegarían a ser, un aporte importante pero insuficiente,  en el camino de las transformaciones por realizarse.